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Llevo toda mi vida reclamando que los sistemas políticos superen su fijación obsesiva en lo inmediato, que atiendan más al largo plazo, y no vi venir la posibilidad de que la apelación al futuro pudiera tener una componente ideológica muy inquietante. En vez de corregir estas disfunciones, buena parte de las élites tecnológicas dan por descontado el colapso y se limitan a fantasear acerca del modo como pueden salvarse unos pocos.
Brasil corre el riesgo de que la extrema derecha vuelva al poder en las elecciones de octubre. No como la primera vez, en 2018, cuando Jair Bolsonaro resultó elegido. El retorno —si no se logra impedir mediante el voto— será mucho más devastador, porque el actual Congreso ha conseguido destruir gran parte del marco de protección de derechos, con una voracidad aún mayor en el área medioambiental. La cuestión es que, para frenar a la extrema derecha, encarnada en este momento por Flávio Bolsonaro, el primogénito de Jair, solo se puede contar con el actual presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, que se presentará a la reelección con 80 años. Y el problema es que Lula entusiasma mucho menos que en el pasado. Muchos de los que votan a Lula, en el ámbito progresista, parecen hacerlo “a pesar de”. Y quien está indeciso no tiene motivos para votar “a pesar de esto o aquello”. Quien vota quiere que su vida cambie o, al menos, quiere tener la ilusión de que su vida puede cambiar. Y eso es algo que Lula no ha logrado dar desde que terminó su segundo mandato, en 2010, con el índice de popularidad más alto de un presidente desde la redemocratización del país.
Hace unos días se hizo pública una imagen que corrió por los móviles de todo aficionado al fútbol: un tipo con apariencia fofisana (sólo apariencia, a saber lo que hay ahí si tocas), camiseta de asas, barba dejada y media melena de calvo, tan demodé y por tanto tan romántica. Era Gonzalo Higuaín, el Pipita, exdelantero de River, Madrid, Nápoles y Juventus, internacional argentino. La foto resultó falsa. La verdadera lo mostraba sin melena y sin barba. Daba igual: se le hizo pronto la consabida comparación con Cristiano marcando músculos. Varios patrones a tener en cuenta, el primero de ellos: “Yo si tuviese ese dinero…”. Tú con ese dinero nada, milhomes, porque no lo tienes: te pasas medio día en el gimnasio y el otro medio mirando la Bolsa no porque quieras hacerte rico, que no puedes, sino porque no te aguanta nadie. Y se te ocurre levantar el discurso del dinero asociado a los abdominales, el buen pelo y la buena ropa. La maldición de que lo tenga otro que no lo sabe usar tan bien como tú lo usarías: qué sabrás de usarlo. Pero Higuaín llegó a la final de la Copa del Mundo y tú no llegaste a la pantalla final de Street Fighter 2: perdías con Vega, tardaste dos semanas en saber que llevaba cuchillas dañinas en los guantes, creías que eran para podar setos. 38 años, Higuaín, estado extraordinario. Y si no lo tuviese, mejor. La vida se explota, se exprime, muchas veces se seca y hay que abrir los embalses. El discurso de escarnio contra exdeportistas de élite con cuerpos perfectos que ahora han decidido festejar lo conseguido y tener su tiempito sabático para comer helados es el discurso del verdadero derrotado, el del tipo que come pollo hervido con la espalda muy tiesa y ha acostumbrado su cuerpo a la tiranía de su ego. Pipita, engorda. Un poco, tampoco te pongas en peligro. Sal a la calle como te dé la gana, sigue haciéndote fotos con los fans. Tú ya ganaste, por eso te señalan: te exigen estética de ganador quienes no saben lo que es la victoria, ni la estética, ni la exigencia.
Es difícil, porque es contradictorio. Te dirán que el éxito no se mide con la nota de un examen ni con balances o con hojas de resultados. Te dirán que el éxito está en la satisfacción de dormir a pierna suelta, sin que te desvele ni un reproche ni un prejuicio. Sin que te importe el qué dirán. Lo que son las cosas: lo que más te dirán es que no te importe lo que digan los demás. A la vez, querrán saber de ti a través de tus números, como si ahí estuviera nuestra mayor intimidad. Como si, en el fondo, fuéramos todos medibles.
Durante años, no tuvo nombre ni rostro, solo un número, un número temible, eso sí. El inspector de policía 81.067 llegaba a la Audiencia Nacional con el traje gris y el maletín negro de los juicios, seguido de unos cuantos hombres y mujeres jóvenes, los agentes de su unidad especializada en delitos económicos, y cuando el juez o la jueza de turno reclamaban su testimonio, se acercaba tranquilamente, colocaba sus folios y su ordenador portátil sobre la mesa y en el banquillo de los acusados alguien creía escuchar la banda sonora de La muerte tenía un precio.
El referente de Aitor Ruibal (1996, Sallent de Llobregat) es su abuelo, Rodrigo. Era quien le pelaba la fruta de la merienda, le daba 20 euros cuando los necesitaba y lo llevaba todos los días a entrenar a 120 kilómetros, hasta Cornellá, el primer equipo importante de este futbolista. “Mis padres trabajaban. Si él no hubiese estado… No sé qué hubiese sido de mí”, reflexiona. Gracias a los esfuerzos de su yayo hoy Aitor puede presumir de haber ganado una Copa del Rey, disputado una final de la Conference League y lucir el brazalete de capitán del Real Betis Balompié.

La inédita reserva acumulada en los embalses de España tras el tren de borrascas del último invierno es un espejismo porque, como advierte Pedro Parias, secretario general de la asociación de comunidades de regantes de Andalucía Feragua, “queda un día menos para la próxima sequía”. El uso del agua regenerada (residuales tratadas de forma óptima) puede ser un salvavidas más para los náufragos del cambio climático, además de evitar otra denuncia de Bruselas a España, como la presentada el pasado miércoles.

El testigo protegido 215, aún con la voz distorsionada, lo dijo claro y varias veces ante el juez y los miembros del jurado: “Fuimos a robar 1.500 kilos de droga —1.000 kilos de hachís y 500 de cocaína— pero nos estaban esperando". La noche del 25 de abril de 2009, lo que supuestamente iba a ser un “vuelco [robo de droga] seguro" porque “la información la habían facilitado varios agentes corruptos de la Guardia Civil”, resultó una suerte de emboscada, “una balacera”, describió. En la refriega, murieron dos de sus compinches y compatriotas colombianos: Derian José Morales Feria, de 36 años, y Eduard Andrés Gómez Tabares, de 25 años. Han pasado 17 años de aquellos hechos y en estos días en la Audiencia Provincial de Málaga se celebra el juicio por el conocido como el “crimen de los colombianos”.

Joan Subirats (Barcelona, 74 años) aúna medio siglo de academia —es catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Barcelona— y una corta pero intensa experiencia política: fue teniente de alcalde en el Ayuntamiento de Barcelona con Ada Colau y llegó, durante dos años, a ministro de Universidades. Una vida dedicada al estudio de las políticas públicas, con interés en otros asuntos como la desigualdad o el municipalismo. Ahora publica el ensayo La brecha entre el saber y el hacer (Anagrama), donde explora las relaciones entre el conocimiento científico y las decisiones políticas.

