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La Gerencia Municipal de Urbanismo (GMU) de Málaga tiene casi 13.000 expedientes de infracción pendientes. Muchos de ellos abiertos en los años noventa y aún con la primera inspección sin realizar. El dato, facilitado por la oposición municipal a raíz de una pregunta al Ayuntamiento de Málaga, no es ninguna sorpresa para el Colegio Oficial de Arquitectos de la ciudad. “Hay poco personal y el que hay hace lo que puede”, dice la decana, Susana Gómez de Lara. Tampoco es inesperado para la media docena de profesionales consultados por EL PAÍS. “La escasez de medios es abrumadora”, añade el arquitecto Antonio Díaz. “Es un caos, es la ciudad sin ley. Las denuncias se quedan en un cajón y las multas rara vez llegan”, certifica otro colegiado, que prefiere no ser nombrado para evitar consecuencias. La cifra fue hecha pública por Toni Morillas, portavoz de Con Málaga, que dijo que el sistema de disciplina “está absolutamente colapsado”. La concejal de Urbanismo, Carmen Casero, sin embargo, aseguró que es “falso” que exista un tapón.
Días antes de que saltara la polémica de la Gerencia Municipal de Urbanismo, el Colegio Oficial de Arquitectos de Málaga denunció el “colapso en la Delegación Territorial de Cultura” que provoca el retraso de dos años para emitir los informes necesarios para la tramitación de licencias urbanísticas en inmuebles con protección patrimonial en la provincia, cuando en el resto del territorio andaluz no ocurre igual. “Estos tiempos son a todas luces inasumibles y se sitúan muy lejos de los objetivos de agilización establecidos en los decretos de simplificación de la propia Junta de Andalucía”, decía el colegio en el comunicado, donde también se indicaba que, entre otros factores, se debía a una plantilla “infradimensionada” y la “excesiva rotación de técnicos” además de la ausencia de “un criterio unificado” de los especialistas. La administración andaluza asegura que lleva un año trabajando en el refuerzo y justo el pasado 30 de marzo aprobó un incremento de plazas en toda Andalucía, cinco de ellas para Málaga. Todavía, eso sí, no se han incorporado porque dichos técnicos deben primero cumplir una formación.

“Que ibas para titiritero ya lo sabíamos, pero cúbrete las espaldas, que tienes la cabeza llena de pájaros”, le dijeron sus padres a Mariano Peña (Manzanilla, Huelva, 66 años), cuando les dijo que quería ser actor. “Les hice caso y también les engañé. Les dije que iba estudiar Bellas Artes pero no para ser profesor, sino para formarme como artista”, cuenta entre risas y engolando la voz. Peña, tímido confeso, cree en el humor como arma. “Hay un refrán que he oído en mi tierra y en Cuba que dice: “Cantada la pena, la pena se olvida”. Hay que quitar hierro a las cosas, aunque lo tengan de por sí”, cuenta. Podemos verle en Barrio esperanza, una serie emitida en TVE.

El aviso fue a las 4.04: incendio en vivienda con cuatro personas dentro. Era 1 de enero y los siete bomberos del parque de Villaverde acababan de pasar tres horas sofocando un fuego en unas naves industriales, junto a compañeros de otras estaciones. No tenían relevo. Ese día, deberían haber sido casi el doble de guardia, pero tres estaban de baja, y no se cubrieron sus puestos, y a tres los movieron a otra zona por falta de personal. Acudieron al siniestro con un solo camión, el de agua. El de rescate en altura llegó siete minutos después desde otro parque, a ocho kilómetros. Salvaron a toda la familia, aunque la madre falleció en el hospital días después. Comisiones Obreras (CC OO), sindicato mayoritario del cuerpo, denuncia que, pese a ser una noche previsiblemente crítica, el servicio volvió a operar bajo mínimos. “Los medios resultaron totalmente adecuados para la intervención en el siniestro [...] Prueba de ello es que todas esas cuatro personas, gracias a Dios, hoy siguen viviendo”, defendió el coordinador general de Seguridad y Emergencias del Ayuntamiento, Jesús Gil Martín, en febrero. La mujer había fallecido mes y medio antes.

Quien quiera saber si se puede hablar de normalidad en un contexto de terrorismo, que le pregunte a un ciudadano de Bamako. Una normalidad como nacer, casarse de blanco o, simplemente, hacer la compra. Malí ha sufrido este fin de semana la ofensiva más grave desde el año 2012 con unos atentados coordinados entre insurgencias yihadistas y tuaregs en varios puntos del centro y norte del país, así como en la capital. No ha sido un episodio menor: el ataque ha acabado con la vida del ministro de Defensa, ha herido de gravedad a otros dos altos cargos del Gobierno y ha supuesto la pérdida de Kidal, bastión del norte que había sido recuperado por las Fuerzas Armadas malienses (FAMA) y sus aliados rusos del grupo Wagner —ahora Africa Corps— hace apenas un par de años.


El reloj biológico y el reloj económico han dejado de estar sincronizados. El aumento de la esperanza de vida está reescribiendo las leyes de la prosperidad familiar en España. Durante décadas, el traspaso de bienes de una generación a otra a través de las herencias servía como impulso vital para los más jóvenes. Pero la mejora de la longevidad gracias a los avances sanitarios y a la mayor calidad de vida ha transformado ese motor, lastrando el patrimonio de quienes tienen la espalda menos cubierta.

La retirada de los escenarios de Edwyn Collins (Edimburgo, 66 años) se ha producido dos décadas después de lo imaginable. En 2005, el músico escocés logró salvar la vida tras dos derrames cerebrales. Quedó condicionado por una afasia, trastorno que afectaba a sus capacidades comunicativas, tanto a la hora de expresarse como de entender la información. También sufrió una parálisis en el lado derecho del cuerpo, que le inhabilitó un brazo, aunque pudo volver a andar con ayuda de un bastón. Las expectativas de mejora de sus secuelas, según los médicos, eran escasas. Fundador de Orange Juice, banda emblema del pospunk más influyente que popular (su trayectoria, iniciada a finales de los setenta, apenas abarcó un lustro), Collins había tenido una digna carrera como solista, que tocó techo en 1994 con el éxito de su canción A Girl Like You.

Cherien Dabis nació en Omaha (Nebraska) hace 49 años, y creció en un pequeño pueblo de Ohio llamado Celina. “Lo que me diferenciaba era que mi padre nació en Cisjordania, emigrado por culpa de la diáspora a un país cuyos habitantes ni sabían dónde estaba Palestina, y mi madre, de Jordania”, asegura. Solía pasar los veranos en Jordania, y en uno de esos viajes, cuando la ahora cineasta tenía ocho años, quisieron entrar en Palestina a visitar a la familia paterna. “El ejército israelí nos retuvo 12 horas en la frontera. Miraban a mi padre, tan solo un médico, como un terrorista peligroso, aunque en el coche fuéramos sus hijas, incluida mis hermanas de tres y un años. Vi a mi padre humillado en aquel puesto fronterizo. Eso se me quedó grabado: así era y es ser palestino. Ese es nuestro trauma como pueblo”, recordaba el lunes por la tarde Dabis en videollamada desde su casa en Nueva York.

Los artesonados mudéjares originales del convento de San Bernardino de Cuenca de Campos (Valladolid, 190 habitantes) están en un palacio del magnate mediático William Randolph Hearst en California (Estados Unidos). Los nuevos, madera de hace un siglo, descansan en el suelo del viejo monasterio, cubiertos de escombros, tras colapsar las bóvedas que sostenían con apuros. El reciente derrumbe, augurado por los vecinos y por la Fundación Rehabitar, que ha tratado de evitarlo con sus escasos fondos, refleja la desatención institucional hacia el patrimonio en zonas despobladas, con frecuentes episodios similares. José Luis Sainz, presidente de la asociación, lamenta el abandono y que nunca llegó el dinero que prometió la Junta de Castilla y León (PP). Además, apunta a la despoblación como gran amenaza para el legado histórico y cultural: “El problema central es la España vacía”.



La luz cálida y el suelo de madera del Centro Cultural MIRA acompañan la obra de María Jesús de Frutos (Segovia, 1949), que encuentra en este espacio de Pozuelo de Alarcón un entorno acorde con su pintura. Los colores vibrantes de la exposición Celebración destacan sobre las paredes crema y articulan un conjunto coherente, en el que conviven bodegones, paisajes, retratos de meninas y escenas de cabaret. Para la artista, sus cuadros son inseparables del trabajo que les ha dedicado: elegir uno resulta imposible, pero tampoco es necesario. Cada pieza refleja con nitidez una identidad vital, reflexiva y optimista, en una muestra que define como “un canto a la vida, a la mujer, a la amistad, a la belleza y al amor”.


