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Cuando Carmen Grau recuerda el 11 de marzo de 2011 en Japón —el día del terremoto, el tsunami y la crisis nuclear de Fukushima, uno de los mayores desastres de la historia reciente—, no habla primero de la catástrofe. Habla de sí misma. De lo que hizo mal. De lo que no supo hacer. De cómo, en medio del caos, los japoneses que tenía alrededor le indicaban qué hacer, por dónde ir, qué evitar. “Ahí me di cuenta de lo poco preparada que estaba”, resume. Aquella experiencia —el llamado “triple desastre”— no solo la marcó como investigadora. Le reveló algo más incómodo: que no se trataba de un problema individual.

Un camión de reparto de Coca-Cola descarga decenas de cajas de refrescos en la fachada este del mercado de los Mostenses a las 10 de la mañana. El destinatario de la mercancía no es el mercado municipal, sino una marisquería situada en la Gran Vía de Madrid, a poco más de 200 metros. “Hemos tenido que parar aquí porque en la Gran Vía es imposible”, se justifica un trabajador, en alusión al tráfico constante de la zona. El vehículo del gigante de las bebidas no es el único: varias furgonetas permanecen estacionadas a ambos lados de la plaza, mientras taxis y vehículos particulares circulan con dificultad entre ellos. En el pavimento no hay señal alguna que delimite una zona de carga y descarga, porque la plaza de los Mostenses es un espacio peatonal desde 2023, cuando el Ayuntamiento de Madrid invirtió tres millones de euros en reformar el recinto para ampliar el espacio de los peatones y vetar el acceso al tráfico rodado. Al menos ese era el objetivo, en la práctica este espacio de la capital se ha convertido en un scalextric en el que los coches ignoran la prohibición de circulación, a pesar de las llamadas y las quejas constantes de los residentes a agentes de movilidad.

Ingenuidad. Bonhomía. Error de cálculo. La respuesta de cuántas fuentes socialistas consultadas insiste en la teoría que los dos concejales del PSC en Ripoll, Enric Pérez y Anna Belén Avilés, tomaron en solitario la decisión de abstenerse en la votación de los presupuestos, votos que permitieron a Sílvia Orriols aprobar las cuentas y allanar el camino hasta 2027. No aparece una versión alternativa que cristalice tres semanas después, aunque el desconocimiento jerárquico también debería ser motivo de preocupación en el partido. La voluntad de evitar otro episodio de victimización de la alcaldesa de Aliança Catalana derivó en una crisis doméstica del PSC, torpemente gestionada, que deja un socavón en plena cuenta atrás hacia las elecciones municipales. En Ripoll, zona cero del combate democrático a la extrema derecha, el PSC no tiene un proyecto con categoría de alternativa pragmática a Orriols.
Han pasado cuatro meses desde que Chiedza (nombre ficticio), de 33 años, regresó a Zimbabue desde Myanmar, donde fue víctima de trata de personas, pero su trauma sigue muy vivo. Como miles de zimbabuenses obligados por las dificultades económicas, esta madre soltera de dos hijos migró al sudeste asiático en noviembre de 2024, creyendo que había encontrado un empleo en Tailandia, pero acabó en manos de una red criminal en Myanmar. Le quitaron el pasaporte para evitar que huyera y la obligaron a realizar estafas por internet en Shwe Kokko, una ciudad conocida por la concentración de este tipo de crímenes.
El bloqueo del estrecho de Ormuz dura ya casi dos meses y está privando al conjunto del planeta de un suministro de energía que ha disparado el precio del petróleo y el gas, y aún más de sus productos derivados. La escasez es real en las economías asiáticas, las más dependientes de las importaciones de Oriente Próximo, región que hasta marzo surtía al mundo el 29% del gas natural licuado de petróleo y el 19% de productos petrolíferos refinados (gasolina, diesel, combustible para aviones...). Mientras pasan los días, crece la amenaza de falta de fuel para los aviones en Europa, donde ya se dan las primeras cancelaciones de vuelos para los próximos meses.

Cuando la escritora y filóloga aragonesa Irene Vallejo (Zaragoza, 47 años) echó a cabalgar por los caminos de Grecia a misteriosos grupos de hombres en busca de libros para la Biblioteca de Alejandría en las primeras líneas de El infinito en un junco, poco imaginaba que unos años después ella misma presentaría su obra en la moderna heredera de aquel mítico enclave de la Antigüedad clásica. “Para mí es la culminación de más de seis años de ruta literaria por el mundo”, desliza, “y tengo la sensación de cerrar un hermoso círculo allí donde todo empezó”.


Han pasado más de cuatro décadas desde que la fotógrafa estadounidense Donna Ferrato (Waltham, Massachussets, 76 años) fuera testigo por primera vez de cómo un marido abofeteaba a su esposa. Su primer instinto fue apretar el obturador de su cámara Leica; el segundo, abalanzarse sobre él y pedirle que parara. Fue un punto de inflexión en su carrera, el instante en que comprendió que su trabajo como fotógrafa necesitaba dar un paso más, servir de contrapeso a una realidad que acababa de noquearla. Aquel día Ferrato comprendió que no podría seguir tomando fotos sin implicarse en la lucha contra la violencia de género.




En la planta 22 de uno de los rascacielos construidos en torno al Brooklyn Academy of Music, en Fort Greene, se encuentra el apartamento con vistas al que se ha mudado el escritor Hal Ebbott (Boston, 38 años) con su perra. Cuenta que es vecino de este barrio neoyorquino desde hace años y que hoy ha escondido las cajas que aún le quedaban por vaciar. Sobre la mesa hay un poemario de Sharon Olds (“me gusta leer poesía por la mañana, y me encanta Olds”) y los frontales de los armarios de su cocina, incorporada al salón, parecen hacer las veces de cuaderno improvisado con frases anotadas. Elegante, amable y escueto, como el espacio que habita, el autor de Entre amigos trata de esquivar con educación cualquier referencia a los detalles de su biografía, francamente sucinta en la contracubierta de su libro. “El trabajo es independiente. Ese tipo de detalles puede interferir con la idea que un lector se haga de la novela”, zanja y añade que aunque de niño pensó en ser abogado y ha dado clases en algún instituto, ha sido en la escritura donde ha encontrado su pasión y vocación algo tardía.


Le ha costado, pero Vito Sanz (Huesca, 43 años) ha acabado por conquistar un hueco en el cine español sin hacer mucho ruido. Actor fetiche de Jonás Trueba, con una presencia que oscila entre nervio, comicidad y melancolía, estrena este jueves Los justos, una comedia negra sobre la corrupción, inspirada en la sentencia de la Gürtel. En ella comparte reparto con Carmen Machi y exhibe más vis cómica que de costumbre. Además, protagoniza la serie Por cien millones en Movistar Plus+, donde interpreta a uno de los secuestradores de Quini, y tiene a punto Millennial Mal para Filmin, mientras ensaya una nueva obra con su compañía teatral, Club Caníbal. La cita fue el viernes pasado en una terraza del viejo Madrid, donde suele sentarse a tomar una caña al salir de su clase semanal con el pintor Joaquín Risueño.
