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Hay una conversación que se repite desde hace años en foros como Reddit o Forocoches. Alguien tiene ganas de hacer algo —acudir a un concierto, empezar a practicar determinado deporte o probar la comida libanesa— pero no se decide porque no tiene quien lo acompañe. Entonces cuelga un post en el que pide consejo, porque teme acabar como un usuario que fue a una fiesta donde pinchaban su música favorita y terminó agobiado. Es un mensaje real: “Me siento fuera de lugar porque estoy solo y todo el mundo está con amigos. ¿Qué hago? No quiero parecer un bicho raro o dar mala espina. Creo que todo el mundo me está mirando”.
Al proceso judicial contra la familia Pujol le han faltado testimonios que tirasen de la manta (si es que hay manta de la que tirar) y le ha sobrado tiempo. A diferencia de otros casos de presunta corrupción política, nadie ha alzado la voz para reconocer, aunque sea a destiempo y para rebajar su pena, pagos indebidos a cambio de adjudicaciones públicas que, por cierto, ni están ni se las espera ya en el juicio. Las dilaciones en el proceso —23 años desde que Jordi Pujol dejó la presidencia de la Generalitat, 14 desde que empezaron a investigarse los negocios de su primogénito— tampoco han ayudado a esclarecer la supuesta red de influencias tejida por la familia al abrigo del expresident. La tesis de máximos de la Fiscalía Anticorrupción (que el dinero oculto en Andorra procede de la corrupción) permanece sin pruebas sólidas, circunstancia a la que se ha sumado ahora, en la recta final, la desaparición del juicio del propio Pujol, incapacitado para hacer frente a un proceso penal y exento ya de cualquier responsabilidad.
Un saber ancestral heredado de las señoras andaluzas hace que cualquier nacido en esta tierra medio sepa aviárselas para estirar hasta tres platos de un puchero: el consabido caldo, la ropa vieja y unas croquetas. Un foodie diría que eso es cocina de aprovechamiento resiliente, pero es simplemente quitar la hambre (en femenino coloquial andaluz) con mucho ingenio. Pues José Ignacio García (Jerez de la Frontera, 38 años), líder de Adelante Andalucía, se ha pasado los últimos cuatro años a puchero diario en el Parlamento autonómico: estirando un presupuesto mínimo y dos diputados frente a la mayoría absoluta del popular Juan Manuel Moreno. “Pero cuando no hay dinero, surge el ingenio, la gente se exprime la cabeza”, asegura. Y parece que la fórmula está funcionando con creces.

La imagen de Sabastian Sawe levantando los brazos en el centro de Londres bajo una pancarta de meta en la que el reloj marca 1:59:30 es ya uno de los momentos estelares de la historia del deporte profesional y abre una época de marcas impensables en la prueba más épica del atletismo. El corredor keniano, de 31 años, es el primer hombre de la historia en correr los 42,195 kilómetros del maratón en menos de dos horas, un récord que los mejores de esta distancia, como Kipchoge o Gebreselassie, han perseguido sin éxito durante todo este siglo. Lo extraordinario es que el segundo en la carrera, Yomif Kejelcha, también bajó de las dos horas. La hazaña de Sawe, y la menos publicitada de Kejelcha, recuerda que hay límites humanos que parecen insuperables, y no lo son.
A través de la cultura popular global, accesible en redes, llegan tendencias que revelan la necesidad que tienen más y más adolescentes y jóvenes de replegarse de las exigencias de un mundo cada día más acelerado, ruidoso y violento y buscar una vida más auténtica en sus términos. Más allá del incipiente giro religioso que posiblemente se esté produciendo en Occidente, es posible observar una sensibilidad emergente en torno al recato, esa mezcla de cautela, reserva y modestia que define la RAE, entre parte de la juventud global.
En España ya no se puede pronunciar la palabra “vivienda” así aislada. Con la palabra vivienda ha pasado lo mismo que con expresiones compuestas que no se pueden disociar, tipo coche bomba, caja fuerte, hombre araña o pez espada. Ya no se puede hablar de la vivienda, sino del problema de la vivienda. Las dificultades de acceso a un alquiler o una compra razonable, que no implique un esfuerzo mensual inalcanzable para un salario medio, han convertido el asunto en un dolor de cabeza para los ciudadanos, que son los que afrontan sus necesidades básicas de manera heroica, y para los responsables políticos y sociales, que no dan con la tecla para atajar este disparate. Varias ciudades españolas han ascendido, o mejor sería decir descendido, a la categoría de centro urbano especulativo, algunas incluso localizadas en territorio vacacional, al modo en que sucedió en París, Londres y Nueva York hace décadas. Esto significa que el capital internacional apalanca en una propiedad su capital salvaguardado mientras machaca el mercado local. La segunda gran revelación es que España ha aumentado su población y nadie ha hecho nada para compensarlo. Basta utilizar el transporte público en Madrid para tomar conciencia de que muchas más personas se disputan el mismo espacio, la misma frecuencia de servicio y las mismas infraestructuras sin reinversión.

No se qué habría sido de mí sin las bibliotecas públicas. Crecí en un piso ruidoso y sin libros heredados. Mis primas vivían en el piso de abajo y nos pasábamos la vida gritándonos desde la galería. El silencio, menudo exotismo, cotizaba altísimo; así que cuando descubrí un lugar en el que poder estudiar sin que nadie me sobresaltase cada tres minutos, experimenté lo más cerca que voy a estar de una revelación mística. Pasó en 1999, cuando inauguraron la biblioteca de La Bòbila de L’Hospitalet, la primera del barrio. Aquel fue mi oasis de emancipación, mi refugio político adolescente. En sus salas de estudio nocturno me preparé la Selectividad y en sus escaleras mis amigas y yo no solo declinábamos en alto el rosa, rosae, rosam, sino que compartimos el desconcierto adolescente llorando y riendo por tíos idiotas.