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El Pacto Verde europeo, la ruta para dejar los combustibles fósiles y las emisiones de efecto invernadero, está en el punto de mira de la extrema derecha. Donald Trump lo llamó “nueva estafa verde” hace un mes en el Foro de Davos. Y la semana pasada Vox volvió a la carga con una proposición en el Congreso para su derogación. Aunque el partido se quedó solo en esa votación, en algunas comunidades la extrema derecha ha logrado el apoyo del PP para declaraciones similares. La comisaria europea de Medio Ambiente, Jessika Roswall (Vilhelmsson, Suecia, 53 años), sin embargo, cree que el Pacto Verde sigue vivo y es el camino. En su visita de la semana pasada a España, esta política del Partido Conservador sueco, de centroderecha, hizo un alto para esta entrevista en la que aboga por una simplificación de la aplicación de algunas normas medioambientales. Pero no por dar marcha atrás.


Sobre los problemas que acechan al mundo rural, las instituciones tienen una larga lista de tareas pendientes. El Gobierno vasco ha añadido una más: los perjuicios provocados por la población de las ciudades que se muda a los pueblos y que se queja de los inconvenientes de convivir con el trabajo de agricultores y ganaderos. “En muchas zonas rurales, la actividad agraria ha pasado a ser residual. Incluso molesta, y estamos empezando a tener problemas derivados de las expectativas que cada ciudadano pone cuando va a residir a la zona rural”, ha declarado Amaia Barredo, consejera de Desarrollo Rural y Agricultura del Gobierno vasco, en referencia a quienes proceden de las ciudades.
El pasado miércoles, la vicepresidenta primera del Gobierno, María Jesús Montero, mantenía en un despacho del Congreso una reunión con la portavoz parlamentaria de EH Bildu, Mertxe Aizpurua. Era un encuentro más de la dirigente política vasca con un miembro del Ejecutivo para abordar cuestiones pendientes. En el transcurso de la conversación, Aizpurua recordó a Montero que, una vez superada la mitad de la legislatura, seguía atascada la reforma de la Ley de Protección de la Seguridad Ciudadana del PP, la conocida por sus detractores como ley mordaza, a pesar del acuerdo firmado entre ambas formaciones en el otoño de 2024 para impulsarla. Fuentes del Gobierno aseguran que la vicepresidenta se limitó a tomar nota de la queja. Desde EH Bildu han declinado hacer declaraciones sobre lo tratado en aquel encuentro.
M. A., directivo egipcio de 40 años, ya camina libre después de que la Audiencia Nacional haya decidido rechazar su extradición a Arabia Saudí. A. era contable del Grupo Saudí Bin Laden, una multinacional de la construcción y la gestión de activos que fundó, en 1931, el padre de Osama Bin Laden, cerebro de los atentados del 11-S en Estados Unidos. Las autoridades de Riad le acusan de haber colaborado en una operación fraudulenta que hizo perder al grupo, que cuenta con más de 100.000 empleados, el equivalente a unos 68 millones de euros. Pero la documentación remitida a España sobre el caso es muy deficiente y por esa razón el tribunal ha frustrado la entrega.
Hacer realidad la mayor promesa electoral de Isabel Díaz Ayuso en materia de vivienda tiene un precio: concretamente, que los accionistas de las empresas seleccionadas para levantar con su dinero y sobre parcelas públicas los edificios del Plan Vive de alquiler accesible obtengan una rentabilidad financiera media calculada del 6,8%, lo que se traduce en 4.857 millones de euros de beneficio neto estimado entre todas las empresas y todas las parcelas licitadas (que no adjudicadas) al final de los entre 50 y 75 años que tendrán las compañías para explotar esos terrenos. Así consta en documentación pública consultada por EL PAÍS y recogida en el portal de contratación de la Comunidad de Madrid. La Administración regional defiende que el gobierno de España va a seguir ahora el mismo modelo y define como “moderado” el margen de las compañías, que corren con los costes de poner en el mercado 14.000 pisos, una cifra aún alejada de los 25.000 que Díaz Ayuso prometió en 2019, durante su primera campaña como candidata del PP, y también justo después de ser elegida presidenta de la Comunidad de Madrid. Ahora, con 83 parcelas adscritas al plan, y 53 incardinadas en concursos ya resueltos, según consta en el portal de contratación, la oposición considera el modelo un escándalo.
El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida (PP), lleva una legislatura y media insistiendo en una misma idea: la ciudad que él gobierna fue, es y será la capital mundial del deporte. Esto se ha materializado en la promoción de grandes eventos, como la Fórmula 1 o más partidos de la Liga de Fútbol Americano, la inauguración de cinco nuevos polideportivos ―todos menos uno de gestión privada― y en una cifra, anunciada la semana pasada: 410 millones de euros invertidos desde 2019. Este Madrid vibrante en lo deportivo choca con el que describen los usuarios y trabajadores de las instalaciones, y el que denuncian sindicatos y oposición. Techos que se caen, saunas que se incendian, humedades, grietas, cierres constantes, empresas de mantenimiento externalizadas centradas en reducir costes, inspecciones que no se realizan o que resultan desfavorables, ausencia de sanciones y una larga lista de desperfectos y deficiencias de mantenimiento que no para de crecer.


Walter El Rifle Pandiani (Montevideo; 49 años) se mueve calzado con botas de tacos entre dos decenas de futbolistas sobre el pasto artificial una fría mañana de invierno en la Tierra de Campos. “No quiero que corras así. Ya te lo dije el otro día. Eso no es fútbol”, le grita a un jugador que trotaba hacia atrás, y le muestra cómo hacerlo, perfilado hacia la pelota. Alrededor del antiguo delantero del Depor, Mallorca, Osasuna y Espanyol, ganador de tres Copas del Rey, semifinalista de la Champions, discurre un partidillo de entrenamiento del Palencia CF, el equipo al que dirige desde hace un mes. Abandonó el verano austral uruguayo para ocuparse de una plantilla que compite en 3ª RFEF, el quinto escalón en España. “Unos días antes estaba en la playa, en el río, con 40 amigos y la familia. Espectacular”, recuerda.

Robert Walser encontró la muerte en la nieve. Solo, tumbado boca arriba, con el sombrero separado unos palmos de su cabeza, las huellas de sus últimos pasos hundidas en la nieve. El escritor fetiche de Kafka o Walter Benjamin, el escritor que mejor enseña a escapar del rebaño y a sentir pasión por lo que uno hace y no por aquello que le reporta —“Sólo se quiere un futuro cuando no se tiene un presente”—, vivía en un sanatorio mental desde hacía veintitrés años. Aquella mañana de Navidad del año 56 había salido a dar un paseo. O a perder la vida congelado, quién sabe. En la fotografía de su cuerpo inerte todo es blanco, solitario, poético. Recordé esa estampa brutal cuando el esquiador noruego Atle Lie McGrath también se adentró solo en la nieve, también caminó dejando atrás sus huellas, también se quitó su sombrero en forma de casco de competición, y también rezumaba soledad, fatalismo y final cuando quiso desaparecer del mundo. ¿Por qué nos fascina ver perder?