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El lenguaje es un arma poderosa a la hora de criar y educar a los niños. Algunas palabras pueden tener un calado muy profundo en su cerebro, hasta el punto de dañar su autoconcepto. El modo en que los adultos se dirigen a ellos no solo moldea la forma en la que se perciben a sí mismos, sino que también puede influir en la manera de entender el mundo que los rodea. Una frase repetida como un mantra, ya sea negativa o positiva, puede anclarse profundamente en su pensamiento y acompañarlos hasta la edad adulta en forma de creencias. Todo ello, según los especialistas, erosiona su capacidad para reconocerse como alguien único.

A las ocho de la mañana empieza el día sobre ruedas. Un equipo de especialistas en salud mental se reparte por la ciudad en taxis y coches. El destino no es un hospital, sino varios colegios e institutos. Agendas abiertas, portátiles encendidos y toda la jornada por delante. No hay batas blancas ni salas de espera. Hay pasillos, patios, aulas y despachos prestados. Hay familias esperando un diagnóstico, profesores pidiendo orientación y niños que, sin saberlo, están a punto de ser escuchados en el único lugar donde se sienten seguros: su centro educativo. A veces el día cabe en un solo colegio. Otras, se fragmenta en trayectos, llamadas desde el coche y reuniones improvisadas entre clases. Las psicólogas clínicas y las psiquiatras sostienen agendas más estables; el trabajador social y las enfermeras se mueven con la urgencia de lo que surge. La misión es la misma: llevar la consulta allí donde los menores están. Muchos no llegan a los ambulatorios, pero todos pasan por las aulas.
En temps d’Ausiàs March (que va viure de 1397 a 1459) la paraula mesquí no volia dir avar, abjecte, deshonest sinó malaurat, trist, desventurat (que sembla que a les illes encara es fa servir en aquest sentit, a voltes amb tendresa, com quan al nadó li diuen mesquinet); i així, March, referint-se als antics que van morir per amor, els hi diu “vosaltres, pobrets” o, en paraules seves: “Oh, vós, mesquins, qui sots terra jaeu / del colp d’amor amb lo cos sangonent / e tots aquells qui amb cor molt ardent / han bé amat, prec-vos no us oblideu, / veniu plorant, amb cabells escampats, / oberts los pits per mostrar vostre cor / com fon plagat amb la sageta d’or / amb què amor plaga els enamorats” (on s’entén que fon vol dir fou i plagar és ferir); amb aquest exemple ja es veu que Ausiàs March escriu a pit obert. Fins i tot els estudiosos acadèmics, que aspiren a ser freds i objectius, diuen que March gasta, a moments, “un to desafiant” o un lèxic “d’extrema violència” i que, fins i tot, arriba més d’un cop a alguna “arriscada irreverència”.
Si hay un artista con el currículo necesario para hablar de libertad de expresión y censura, ese es Ai Weiwei. Y su respuesta ante cualquier tipo de restricción, al margen de contra quién vayan los intentos de silenciar una voz, es no. Este creador chino multidisciplinar, de 68 años, que sufrió la persecución y censura de su gobierno y que hoy vive exiliado en Portugal, también ha residido en Estados Unidos, Alemania y Reino Unido, donde en 2023 vio cómo su exposición en la Lisson Gallery de Londres era cancelada tras hacer unas declaraciones en redes sociales criticando a Israel por sus ataques contra Gaza. Por eso asegura que la censura no tiene fronteras y es parte de todos los sistemas políticos, incluidas las democracias occidentales.
El surrealismo ejerció, como ningún otro movimiento de vanguardia, una poderosa fascinación sobre un gran número de escritoras, pero sus historias se han contado a medias con nombres canónicos, cronologías limitantes y una presencia femenina reducida a los márgenes. La llama ebria (Bartebly Editores y La Torre Magnética, 2025) irrumpe en ese escenario con la intención de amplificar voces poco conocidas y, al mismo tiempo, cuestionar los marcos desde los que se lee a las de mayor resonancia.

Cuando hablan de los inicios del festival lo relatan como un tiempo lejano donde no había redes sociales y las informaciones se comunicaban a través de primitivos blogs o en la prensa escrita. Parece el siglo XIX, pero fue hace 20 años, porque ya han pasado 20 años desde 2006.
Varias series se despedirán para siempre en mayo. Primero lo hará Outlander, después The Boys. Hacks lo hará en la última semana. Y es muy posible que Euphoria también tenga aquí su adiós definitivo. Entre tanto final, habrá también hueco para estrenos. Habrá ficción británica como la adaptación de El señor de las moscas. También comedia con suspense en Satisfacción garantizada. Nicolas Cage será un Spider-Man mayor e investigador privado en la Nueva York de los años treinta, y la humorista Victoria Martín adapta su propia novela para debutar como creadora de televisión en Se tiene que morir mucha gente.

El Barcelona empieza a saborear la Liga. De hecho, este fin de semana ya puede proclamarse campeón si vence a Osasuna en Pamplona este sábado (21.00, Movistar) y el Real Madrid no derrota al Espanyol el domingo a la misma hora en el RCDE Stadium el domingo. Una Liga que podría llegar con una marca histórica: alcanzar los 100 puntos, un récord que comparten el Madrid de José Mourinho (2011-2012) y el Barcelona de Tito Vilanova (2012-2013).
El balón iba y venía y el resultado también hasta alcanzar la cima de un 5 a 4. El PSG y el Bayern honraron el fútbol en un partido memorable. Dos equipos de gran armonía colectiva, pero las costuras del orden las rompía una y otra vez el orgullo casi amateur de los jugadores: generosos hasta la imprudencia, valientes hasta lo temerario, honestos hasta la emoción.
¿Qué es más difícil, correr los 100 metros en 9,58s, saltar 6,31 metros con pértiga, saltar casi nueve metros en longitud o lanzar una jabalina más de 98 metros? ¿O, quizás, correr el maratón en menos de dos horas?