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La acusación de complicidad con el narcotráfico formulada esta semana por la justicia de Estados Unidos contra el gobernador de Sinaloa, un senador y otros ocho políticos mexicanos asesta un golpe a la relación entre ambos países. Por su alcance político y por el momento en que se produce, supone un ataque directo a la credibilidad institucional de México y una señal inequívoca de que Washington está dispuesto a elevar el tono de su estrategia frente al crimen organizado que percibe en el país vecino.

Uno de los grandes poemas de amor de García Lorca estremece desde su mismo título: El poeta dice la verdad. Suena como un axioma general —no hay poesía que de un modo u otro no diga la verdad— y todavía más como un aviso, como la declaración personal de alguien que ha decidido prescindir de cualquier simulacro. Otro de los mejores, Percy Bysshe Shelley, escribió que los poetas son los legisladores secretos de la humanidad. Aunque parezca una afirmación excesiva, se vuelve más sobria y precisa si la conectamos con esa determinación insobornable de verdad de García Lorca, y de tantos y tantas poetas en ese trance máximo que Emily Dickinson llamó “a soul in white heat”, un alma al rojo vivo. Cuando Jorge Manrique dice “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar / que es el morir” está enunciando una verdad tan lapidaria como una fórmula química, igual que Miguel Hernández resume un sombrío diagnóstico mental en cuatro versos de un soneto: “Sobre la pena duermo, solo y uno; / pena es mi paz y pena mi batalla, / perro que ni me deja ni se calla / siempre a su dueño fiel, pero importuno”.

Hay una serie fabulosa que estos días no solo nos entretiene, sino que nos da una hermosísima lección. Se llama Empatía y aborda la vida de una psiquiatra, su equipo y sus pacientes en un pabellón cargado de enfermedades mentales, pero sobre todo de personas con heridas, sin recursos para abordarlas, cada uno con sus ternuras y sus barbaridades. Y lo que impresiona es que no hay gran línea divisoria entre los pacientes y sus cuidadores porque todos, tanto los internos —delincuentes en muchos casos— o los profesionales que se ocupan de ellos, tienen fracturas vitales, fantasmas interiores y vulnerabilidades que les acercan. La serie lo aborda con tanto humor y respeto que llama aún más la atención en estos tiempos en que las pantallas nos devuelven salvajadas e injusticias a juego con la actualidad. Y no es en absoluto una serie ñoña, es simplemente única y extraña en este tiempo feroz.
Irene Moreno vive de alquiler en Chamberí, aunque por poco tiempo: un fondo buitre ha comprado su edificio y lo convertirá en un bloque de lujo. Está a pocas paradas de metro del Congreso, donde el martes se decidía sobre la prórroga de los alquileres con la presencia de algunos invitados, entre los que estaba Irene.
Cambiando el arranque de Hijos de la ira, del poeta Dámaso Alonso, Madrid es una ciudad de miles de toneladas de granito. No existen, desde luego, últimas estadísticas. Basta la contemplación diaria. Plazas, aceras, muros, edificios, rotondas, bancos, bordillos. Casi todos los elementos que construyen el “lego” de una urbe. En los tiempos de Felipe II y Felipe IV la lógica residía en que era la piedra que se extraía de las cercanas canteras de la Sierra del Guadarrama, y El Monasterio de El Escorial fue el modelo arquitectónico de un imperio.

“Pero aquí está el molesto duendecillo de las cavernas” o “una dinámica de lo más brutal, digna de un duende” son dos respuestas que ChatGPT dio a un usuario de Reddit en febrero. “Desde las versiones 5.3 y 5.4, ha empezado a comparar cualquier cosa negativa con un duende”, añadía.
No estaría mal haber sido Filippo Brunelleschi. Hijo de un notario florentino del siglo XIV, entrenado como escultor y arquitecto de la cúpula de la catedral de Santa María del Fiore, el tipo vivió rodeado de belleza, parte de ella de producción propia, y eso debe resultar agradable, ¿no te parece? Pero lo que yo más le envidio es haber hallado una fórmula mágica —la ley de la perspectiva cónica— capaz de convertir la superficie de un papel en un objeto tridimensional con un realismo asombroso e hipnótico. Todos los estudiantes de dibujo conocen esa fórmula. Nos dice que las líneas paralelas que se alejan de nosotros (en la realidad) convergen en un punto de fuga (en el papel).
Los sublevados franquistas del año 36 del siglo pasado vivieron un momento de sangrienta efervescencia en el verano y principios del otoño de aquel año. No perseguían crímenes o delitos concretos; perseguían a personas e ideologías. Y así mataron a miles de individuos. En el Barranco de Víznar, en Granada, han aparecido ya 194 personas arrojadas a 29 fosas comunes. Solo 11 han sido identificadas por ahora. El rasgo común de todas era ser sindicalistas, socialistas o republicanos. Y por ello fueron fusilados sin juicio ni condena. 90 años después, sus familiares se empeñan en que tengan el juicio que nunca tuvieron. Algunas de esas 11 familias han declarado ante la Fiscalía de Memoria Democrática de Granada. Han contado la verdadera historia de sus abuelos o bisabuelos, no para buscar culpables, sino para dar a conocer la verdad sobre la vida y muerte de sus antecesores.

A las ocho de la mañana empieza el día sobre ruedas. Un equipo de especialistas en salud mental se reparte por la ciudad en taxis y coches. El destino no es un hospital, sino varios colegios e institutos. Agendas abiertas, portátiles encendidos y toda la jornada por delante. No hay batas blancas ni salas de espera. Hay pasillos, patios, aulas y despachos prestados. Hay familias esperando un diagnóstico, profesores pidiendo orientación y niños que, sin saberlo, están a punto de ser escuchados en el único lugar donde se sienten seguros: su centro educativo. A veces el día cabe en un solo colegio. Otras, se fragmenta en trayectos, llamadas desde el coche y reuniones improvisadas entre clases. Las psicólogas clínicas y las psiquiatras sostienen agendas más estables; el trabajador social y las enfermeras se mueven con la urgencia de lo que surge. La misión es la misma: llevar la consulta allí donde los menores están. Muchos no llegan a los ambulatorios, pero todos pasan por las aulas.