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Esa sesentena larga de trabajadores, la mayoría periodistas, que se reunieron para celebrar el primer medio siglo de EL PAÍS, casi todos jubilados, muchos ya sin pelo o blanco el que les queda, fueron los que iniciaron aquella incierta aventura y los que proporcionaron “alma” al periódico, un alma que tantos han querido seguir. Entonces, la Redacción estaba a la izquierda ideológica de la dirección y de la propiedad. Bastantes de esos redactores no eran demócratas a no ser que al concepto de democracia se le añadiera algún apellido, por ejemplo el de popular (“democracia popular”). Y coqueteaban con el titular de aquel librito de Daniel Cohn-Bendit, uno de los héroes de Mayo del 68, “la revolución y nosotros, que la quisimos tanto”. Luego llovió mucho, cayeron el muro de Berlín y las Torres Gemelas de Nueva York, y casi todos sustituyeron la revolución por otra noción aparentemente más modesta: “La democracia y nosotros, que la quisimos tanto”.

“Este no es el final, sino el principio”, decía la ministra colombiana de Ambiente, Irene Vélez (Bogotá, 43 años), en el plenario de cierre de la conferencia sobre la transición para dejar atrás los combustibles fósiles que se ha celebrado esta semana en la ciudad caribeña de Santa Marta. No ha sido una cumbre del clima como las que convoca anualmente la ONU, ni por las formas (no se ha discutido a cara de perro ni cada palabra ni cada coma), ni por sus dimensiones (57 países representados por pequeñas delegaciones), ni por el contenido: aquí se ha tratado, mucho más abiertamente, de intercambiar fórmulas, propuestas y problemas de esa transición para abandonar los combustibles fósiles, principales responsables del calentamiento global. Hablar a las claras de eso se ha convertido en un tabú en las cumbres clásicas del clima. Por eso lo que ha ocurrido en Santa Marta ha sido diferente.



Al otro lado de la pantalla del ordenador se conecta Rosalía (Sant Esteve Sesrovires, 33 años). Volcada en los preparativos de su Lux Tour, reflexiona sobre el “privilegio” de ser la imagen del nuevo perfume Euphoria de Calvin Klein. La marca lanzó su icónica fragancia por primera vez en 2005. Entonces, Natalia Vodianova fotografiada por Steven Meisel, el gran artífice del inconfundible sello visual ‘Calvin’, fue la estrella elegida para promocionarla. Ahora Rosalía toma el relevo y lo hace a su manera: baila sensualmente en el spot, al ritmo de su tema Dios es un stalker.
Recientemente, el Tribunal Superior de Justicia (TSJ) de Canarias declaró procedente el despido de una empleada que dedicó parte de su jornada al uso privado de sus redes sociales. Para fundamentar el cese, la empresa aportó registros de actividad y publicaciones en la web de la infractora. Este no es un caso aislado. En otro litigio, el TSJ de Castilla y León validó el empleo de un software de control para motivar el cese de un teleoperador que prestaba servicios desde su domicilio. Del mismo modo, el tribunal autonómico madrileño refrendó el despido de otra teletrabajadora: la empresa, una importante aseguradora, aportó un certificado sobre tiempos de desconexión.
¿Cómo conseguir pruebas sobre la inactividad de un teletrabajador sin vulnerar su intimidad? Para Òscar Jiménez, titular del despacho Òscar Jiménez Digital Forensics, un peritaje riguroso no implica un acceso indiscriminado a la información de un dispositivo. En sala, el especialista aplica metodologías de minimización, como “búsquedas selectivas por palabras clave” vinculadas al objeto investigado. El objetivo es limitar el examen a los datos potencialmente relevantes. En un reciente juicio por despido, este tipo de análisis fue clave para que el tribunal calificara la metodología empleada por Jiménez como “respetuosa con los derechos fundamentales”. En materia de evidencia digital, “no solo importa qué información se obtiene, sino también cómo se accede a la misma”, defiende el perito.

Nigel Farage siempre ha amado el lujo, los trajes bien confeccionados y el buen vino. El dinero, en suma. Por eso no ha extrañado a nadie la revelación del diario The Guardian de que su decisión final de presentarse como candidato, una vez más, en las elecciones parlamentarias de julio de 2024, a pesar de que había anunciado su retirada de la política, tuvo que ver con el regalo de cinco millones de libras esterlinas (unos 5,8 millones de euros) que le hizo el multimillonario Christopher Harborne. Farage justificó esa entrega, sin mostrar demasiado remordimiento, como el vehículo para reforzar su seguridad y la de su familia, su mayor preocupación en ese momento.

Barrio rico, barrio pobre. Una sola calle, la Travessera de les Corts, separa un vecindario de alto poder adquisitivo, como es el de Les Corts de Barcelona y su imponente Camp Nou, con otro de perfil obrero y mucho más humilde, como Collblanc, en L’Hospitalet de Llobregat, la segunda ciudad catalana más poblada, con 282.000 habitantes. El parque de la Marquesa ofrece al visitante un momento de respiro antes de entrar en un entramado de calles estrechas, pobladas de altos y envejecidos edificios que ofrecen una postal de uno de esos típicos barrios de las grandes urbes catalanas levantados en los años cincuenta y sesenta para acoger a la inmigración del sur de España. “Son pisos antiguos, sin ascensor, así que la gente se marcha cuando puede, no vienen parejas jóvenes. Todo se va deteriorando porque no se ha hecho el trabajo que se tenía que hacer”, explica el hombre que regenta un quiosco.


Ibrahim Badr corre, ajeno a la miseria y la incertidumbre que le rodean, entre las tiendas de campaña de familias desplazadas instaladas en un patio de la Universidad islámica de Ciudad de Gaza. Tiene dos años y medio y un inconfundible acento egipcio que delata que aprendió a hablar en el país vecino, lejos de toda su familia y de Gaza.



Christine Lagarde, la presidenta del BCE, se presentó ante los medios este pasado jueves luciendo en la solapa el broche de un búho, el símbolo de la sabiduría con el que dijo identificarse al inicio de su mandato. “No soy una paloma, ni un halcón. Mi ambición es ser un búho”, declaró allá por diciembre de 2019. Fue la proclama con la que avanzó que su intención no sería inclinarse por las bajadas de tipos (con las que la jerga de la política monetaria identifica a las palomas) ni con las subidas del precio del dinero, la postura que defienden los halcones. Más de seis años después, Lagarde está justo en ese punto intermedio, en el de no reaccionar demasiado pronto con alzas de tipos a la subida de la inflación que ya está provocando un petróleo mucho más caro —y dañar de forma precipitada el crecimiento como le sucedió en 2011 a su antecesor Jean-Claude Trichet— ni subirlos cuando ya sea tarde y la inflación campe a sus anchas, como ocurrió en 2022, el año en que la guerra de Ucrania sumió a Europa en una crisis energética. La inacción sin embargo promete durar poco tiempo, a la vista de que el shock energético que está provocando la guerra en Oriente Próximo se prolonga.
“Mira, ahí lo pone: 1966”. El padre de Rafael Jódar, también Rafael, se acerca a la estatua conmemorativa y profundiza en los orígenes históricos del Club de Tenis Chamartín, fundado hace 60 años por un grupo de amigos que se reunían en la Ciudad Deportiva del Real Madrid y que decidieron comprar unos terrenos al norte de la ciudad, dentro de la almendra central de hoy. “Esto es nuestra casa, vivimos aquí”, dice el hombre, que una hora antes empujaba un carrito cargado de pelotas en la pista 13 mientras llovía a cántaros. Bajo la cubierta, un esquema básico: él, su hijo y un compañero. Nada más. Una escena absolutamente extraordinaria en el paisaje tenístico actual, donde los tenistas viven rodeados de satélites allá por donde van.
Un año después de haber estado en un buen hotel habrá olvidado casi todo menos el olor. Esa fragancia diseñada para hacerlo sentir por un tiempo un mortal levemente superior al resto habrá quedado almacenada en algún rincón de su hipocampo con un 65% de precisión, según apuntan algunos estudios. El día que regrese, reconocerá de inmediato la sensación: ha llegado a un sitio que huele a caro —olor a rico—, que se dice ahora en TikTok, así que alguien se hará cargo de usted por unos días siempre que su tarjeta de crédito también huela a rico, o al menos a persona solvente con disposición a gastar dinero.