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El Puerto de Granadilla es el emplazamiento escogido por el Gobierno para que este domingo fondee el crucero antártico MV Hondius y, desde ahí, desembarcar el pasaje para llevarlo al aeropuerto de Tenerife Sur. Su nombre lleva varios días sonando en toda España; en Canarias, sin embargo, estas infraestructuras llevan décadas en el centro de la polémica: sobre ellas pesan las acusaciones de despilfarro (costó más de 200 millones de euros), destrozos medioambientales —a principios de la década, su construcción suscitó una de las mayores protestas ciudadanas de la historia de Tenerife— y un grave problema de infrautilización, que sus responsables achacan a que es una obra inacabada. Su uso actual es exclusivamente industrial, y sus responsables fían su desarrollo a la ampliación de uno de sus muelles, que costará 39,7 millones de euros.

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Huelva es una provincia completa: agrícola y ganadera, minera y turística, industrial y pesquera. El rincón suroeste de España tiene hitos que se repiten con satisfacción, como la primera protesta medioambiental por la mala calidad del aire, en 1888, y un año después, la fundación del primer equipo de fútbol de España, con nombre inglés. Su toponimia huele a jamón de pata negra y al cuero de las botas camperas más famosas, marcas internacionales, como Río Tinto, que sigue denominando a la minera más grande del mundo. Sobre todo ello sobresale Doñana, un tesoro natural vigilado por medio mundo. Naturaleza e industria se entrecruzan siempre peligrosamente en esta provincia que mira con un ojo la belleza de sus marismas y con el otro las balsas de residuos industriales y la sobreexplotación de los acuíferos. Un acuerdo entre administraciones de distinto signo político selló en 2024 la pax onubensis, con un plan de recuperación del espacio natural y atención al campo. Así se afrontarían las elecciones andaluzas del 17 de mayo si no fuera porque el 18 de enero, a Huelva le tocó la peor parte del accidente ferroviario de Adamuz, que sembró de víctimas las vías, 46 fallecidos y decenas de heridos, un duelo que está lejos de cicatrizar.


Juan Manuel Moreno Bonilla habló con una vaca hace ocho años. Fadi pesaba 800 kilos. Enorme, gigante, medía casi dos metros de alto. Sacaba 80 litros de leche al día. Una empresa de producción láctea en sí misma. Moreno Bonilla quería conocerla. El entonces candidato del PP a la Junta de Andalucía convocó a la prensa en la granja. Sin medias tintas, delante de los fotógrafos y las cámaras de televisión, se acerco al oído de Fadi con una cuestión no menor:
Pilar Manchón (Sevilla, 53 años) es directora de Estrategia de Investigación en Inteligencia Artificial (IA) de Google y desde este puesto ha colaborado con la administración central y con la Junta de Andalucía impulsando proyectos que optimicen recursos y faciliten tareas dentro de la administración. Describe el momento actual como “la metamorfosis más grande” que vamos a vivir como sociedad y aspira a que los partidos políticos se den cuenta cuanto antes de la necesidad de formarnos en IA desde el colegio.
“La sabandija filtradora tiene un interés: hacer daño”, afirmaba encolerizado un portavoz del Real Madrid este jueves, después de conocerse que Valverde había terminado en el hospital por su grave pelea con Tchouameni. “Por supuesto que tenemos sospechosos”, advertía indignado sobre un chivatazo que calificaba de “deslealtad máxima”. Al uruguayo, al que todo el mundo ha reconocido como el malo de la película pese a acabar con una brecha en la frente, también le preocupaba el topo. “Acá hay alguien que corre rápido con el cuento”, protestó en su vacilante justificación.
Dean Potter tuvo una pesadilla recurrente que le persiguió como su sombra: caía al vacío y despertaba justo antes de estrellarse. Murió miles de veces antes de fallecer realmente, y cuando lo hizo fue tal y como su sueño vaticinaba: chocó a 160 kilómetros por hora contra una roca durante un vuelo de proximidad de salto base. Potter, estadounidense, desapareció en 2015 a los 43 años consagrado como una estrella de la escalada sin cuerda y del slackline, así como del vuelo con traje de alas llevado a su extremo. El documental de HBO Max El Mago Oscuro recoge en cuatro episodios su recorrido vital y se trata de una producción tan impresionante que, en comparación, el oscarizado Free solo resulta un metraje aburrido. También se puede afirmar que nadie, salvo su reducidísimo grupo de fieles, llegó a conocer y entender su personalidad desdoblada entre la genialidad y la más profunda de las oscuridades.
Un inesperado advenimiento el pasado 31 de marzo sacudió a Francia, un país poco propenso a devociones superfluas por divinidades extranjeras. La canadiense Céline Dion salió de la cueva y anunció 10 conciertos en París después de un largo silencio, de la enfermedad, de un final descontado. Se desató la locura. En pocos días añadió seis actuaciones más. Y en escasas horas hubo nueve millones de peticiones en internet para hacerse con uno de los 500.000 tiques. Es decir, el 13% de los franceses -sin se omite la cuota internacional- se borró las yemas de los dedos pulsando el F5 de su ordenador durante horas para hacerse con una entrada. Una expectación, escribía The Spectator, solo comparable al revuelo que generó la dimisión del general Charles De Gaulle en 1969.
Hay grandes razones para sentir orgullo de un país con uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo, una clase médica de primera y enormes pruebas de consistencia a pesar de los embates de la pandemia y los recortes que han tensionado las costuras. Por ello la OMS señaló España como destino idóneo para desembarcar a los pasajeros del Hondius frente a la opción de Cabo Verde o sus vecinos africanos, que no tienen los recursos necesarios para atender esta pequeña crisis sanitaria. Pequeña porque afecta, recordémoslo, a unas decenas de personas.
Ver a los políticos discutir de cargas virales, confinamientos obligatorios y números de reproducción básica (R0) me llena de ternura. Incluso si un político insinúa que Pedro Sánchez es capaz de provocar una epidemia, está planteando una cuestión interesante, porque ¿cómo se hace eso? Que un brote de hantavirus se politice no es malo en sí mismo. Es solo que yo preferiría que la discusión política fuera otra: ¿cuántos recursos deberíamos dedicar al estudio de los virus potencialmente peligrosos? ¿Qué tipo de proyectos de investigación debemos apoyar? ¿Cómo atraer inversión privada a esos proyectos? Si los políticos están tan preocupados por el hantavirus como aparentan estos días, que empiecen a buscar la pasta.