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El semanario Lecturas anuncia que Aitana Sánchez-Gijón y Maxi Iglesias están “enamorados”. Una no sabe hasta qué punto este titular es atrevimiento, siendo el amor un sentimiento tan profundo, o estamos ante otro de esos casos en los que dos personas adultas se atraen y dicen “adelante con los faroles” y a la cama, pero la revista sabrá. Su director, Luis Pliego, contó en Telecinco que la diferencia de edad entre los dos actores es algo que no le importa, así que no consideró oportuno destacar esto en la portada. Pero no pasa nada, ya están el resto de los colegas para hacerle una analítica completa a uno de los asuntos que más alegrías nos ha traído esta semana. Aitana vive, la lucha sigue.

Hace años que, en varias universidades, se optó por reducir el número de alumnos por aula, de manera que, en lugar de acoger a no menos de 100 estudiantes en cada clase, se pasó a tener unos 40, que a veces no son más de 20 y, en el mejor de los casos, unos 70, dependiendo de la asistencia. Se dijo, en su momento, que la docencia era más eficiente cuando se impartía a menos estudiantes, pudiendo tener un trato más personalizado por parte del profesorado.
El reciente cambio en el Gobierno de Pedro Sánchez —con el nombramiento del ministro de Economía, Carlos Cuerpo, como vicepresidente primero, y de Arcadi España como titular de Hacienda— ha provocado un efecto paralelo en el Partido Popular. Hasta ahora, durante las sesiones de control en el Congreso, Ester Muñoz acostumbraba a preguntar a María Jesús Montero. La portavoz parlamentaria del PP tenía en la anterior número dos del Ejecutivo su principal diana tanto por su cargo como por el mensaje, con el foco puesto en los casos de corrupción que rodean a los socialistas y en sus férreas críticas a La Moncloa por la presión fiscal. En adelante, sin embargo, Muñoz protagonizará sus cara a cara de los miércoles con Cuerpo. Un antagonista muy distinto: sin carné del PSOE, de tono calmado y a quien hasta ahora el PP había interpelado con preguntas orales solo tres veces en lo que va de legislatura en la Cámara baja.

Los grandes camiones eléctricos ya son una realidad en España. Las matriculaciones de vehículos de más de 3,5 toneladas se han multiplicado por 22 en cinco años (de 17 a 378), aunque todavía son minoría (1,6% de los nuevos), según datos de la DGT. El crecimiento del sector sigue lastrado por retos como la autonomía de los vehículos —que hace que la mayoría se empleen en trayectos urbanos o de menos de 250 kilómetros—, los puntos de recarga ultrarrápidos adaptados o la falta de ayudas públicas para compensar su mayor coste de compra. Algunos transportistas pioneros, como Transbernal, comienzan a usarlos para rutas de hasta 1.000 kilómetros diarios. “Si las empresas hacen sus números y ponen puntos de recarga en sus instalaciones, verán que a la larga salen más baratos. Con lo que ha subido el gasoil, ahorras mucho dinero”, explica su propietario, Gabriel Bernal.

Dar una entrevista es como hacer cualquier otra cosa; por ejemplo, algo que no se parezca en nada a dar una entrevista, como gritarle a un desconocido al otro lado de la calle o jugar al tenis sin un oponente. De a ratos, es como el largo martirio de ser “pisoteado hasta la muerte por los gansos” del que habló Søren Kierkegaard. Una agonía insostenible en la que —a menudo— alguien que no sabe preguntar interroga a una persona que no puede responder y sólo piensa en la salida de emergencia. Y sin embargo, seguimos dando entrevistas, y haciéndolas, y Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003) concedió muchas a lo largo de su vida; en especial, durante los algo menos de diez años que van de La literatura nazi en América (1996) hasta su muerte.

El presidente de Estados Unidos pronunció el miércoles por la noche un discurso a la nación ante la incertidumbre sobre el curso de la guerra que él mismo inició contra Irán hace seis semanas. Sus palabras consiguieron crear aún más intranquilidad mundial, como se demostró con la caída de los mercados financieros y la nueva subida del petróleo apenas horas después. Donald Trump afirma que la guerra puede durar dos o tres semanas más, que reabrir el estrecho de Ormuz para solucionar el bloqueo energético no es asunto suyo, que Irán quiere negociar, pero también que puede enviarlo “a la Edad de Piedra”. Quien estuviera esperando algo de claridad sobre el plan a seguir se dio cuenta de que no hay plan. Unas horas antes, había dicho que está pensando sacar a su país de la OTAN.
1. Es difícil leer la política internacional cuando el primer plano, donde viene figurando Estados Unidos, lo ocupa un personaje delirante como Donald Trump, incapaz de sostener un argumento o definir una estrategia, de modo que nunca se sabe hasta dónde quiere llegar y menos todavía el modo de conseguirlo. La puesta en escena es conocida: el despliegue sin límites de una personalidad que transmite un ego desbordado por la necesidad de reconocimiento del que vive a distancia de la realidad, instalado en la autocomplacencia e incapaz de leer los límites: hasta dónde se puede llegar, hasta dónde pueden estar dispuestos a ceder los adversarios.
Hay informaciones a las que basta con darles la vuelta para que aparezcan los hilos, los remiendos, las puntadas apresuradas con las que alguien ha querido ajustar la realidad a un patrón previo. Son noticias que, al tiempo de informar, insinúan, orientan, empujan. Noticias, en fin, trufadas de opinión. Las lees del derecho y parecen limpias. Del revés, en cambio, brotan las valoraciones escondidas, las pequeñas o grandes trampas del lenguaje, los adjetivos que, más que describir, juzgan. Noticias partidistas, prendas confeccionadas a medida para que le sienten bien a una idea o a una formación política.

Los racistas siempre son esos descerebrados que gritan cánticos idiotas desde las gradas, esos que no ven en el espejo que son más moros que rubios noruegos. Ocho siglos de presencia musulmana en España bien que debieron dejar algún que otro rastro genético, pero el que se cree distinto del musulmán que no bote también vive en la fantasía de la pureza racial. “El problema no es que vinieran; es que luego se quedaron”, me soltó una vez un escritor justo antes de entrar a compartir mesa en un festival literario de enorme prestigio. Con el pelo más oscuro que el de todos mis abuelos juntos y la tez aceitunada, se expresó así en una catedral del debate intelectual. Y se quedó tan ancho. El clasismo dice que los racistas son siempre los pobres porque es ignorancia y no ideología. Qué más quisiera.