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Brandy Rayana Norwood, conocida artísticamente como Brandy (Mississippi, 47 años), es una mujer polifacética. Y no muy modesta. “Cantante, actriz, creadora, icono”, se describe ella misma en su perfil de Instagram, donde le siguen 6,1 millones de personas. Autoproclamarse “icono” puede sonar pretencioso, pero Brandy puede hacerlo porque a finales del pasado enero la artista recibió el Black Music Icon Award, uno de los mayores galardones que el Colectivo de Música Negra de la Recording Academy de EE UU —la organización responsable de los premios Grammy— entrega en su gala anual. “Gracias a la Recording Academy por verme, apoyarme y honrar el viaje”, escribió en una publicación de redes sociales cuando supo del reconocimiento.
Si esta noche echan una mirada al cielo, verán la Luna casi totalmente iluminada. Prácticamente, luna llena.
El teléfono suena. Es el hospital. No hay tiempo para revisar el pasado. La vejez irrumpe sin preguntar cómo fueron los vínculos. De pronto, la biografía deja de ser recuerdo y se convierte en responsabilidad.
Solemos terminar sus libros con el cuerpo alterado y un veneno amargo en la garganta. Salimos de cada obra de Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) medio intoxicados, como si hubiéramos respirado durante horas un aire enrarecido. Desde los cuentos de Pájaros en la boca y Siete casas vacías hasta el relato familiar de Distancia de rescate y la parábola tecnológica de Kentukis, la autora ha levantado una de las obras más singulares de la literatura en español, volcada en explorar la extrañeza que reside en la supuesta normalidad, en nuestros vínculos y en nuestros cuerpos.





¿Se han fijado en que todos los centros de las grandes ciudades empiezan a parecerse peligrosamente entre sí? Da igual la latitud y la historia de cada lugar, incluso el idioma acaba resultando irrelevante. Toronto, Nueva York, Tokio, Londres, Madrid. En cuanto uno pisa el corazón comercial, todo se vuelve un gigantesco anuncio. Colosales videopantallas de LED que parpadean con la misma cadencia hipnótica. Fachadas que solo se miran a través del móvil. Paisajes urbanos que han aprendido a vender, y a hacerlo deprisa, con amabilidad furiosa.
Mattel, la propietaria de juguetes y marcas tan importantes como Barbie, He-Man o los Transformers, por solo mencionar a unos pocos, vale menos que una empresa británica, relativamente desconocida, cuyo producto principal son miniaturas de plástico de marines espaciales con puños más grandes que sus cabezas. La misma que crea estilizados elfos tecnológicos en posturas casi imposibles, orkos armados hasta los dientes u hordas de alienígenas insectoides que a veces se parecen demasiado al xenomorfo de la saga Alien. Enzarzados en una guerra eterna de todos contra todos, respaldada por una decena de ediciones de las reglas, en torno a 670 novelas, varios comics, videojuegos y en un futuro, series y películas producidas por Amazon.

Todo empieza frente a la pantalla, de la forma más inocente posible. Aceptando una solicitud de amistad en Facebook. Siguiendo a un influencer. Con la inscripción a un curso de técnicas de estudio, a uno sobre inversión y criptomonedas, entrando a un minijuego de Roblox. Es la puerta de entrada a un laberinto de manipulación psicológica que puede acabar, en cuestión de meses, con el inocente internauta atrapado en sociedades sectarias modernas. Aislado, arruinado, en un secuestro mental y físico que ocurre —esto es lo peor de todo— de forma voluntaria. Internet ha transformado el funcionamiento de las sectas. Los predicadores callejeros son hoy influencers o coaches de vida. Los líderes mesiánicos que profetizaban el fin del mundo han pasado a hablar de criptomonedas, coches de lujo, burpees y crecimiento personal. Han cambiado las formas, pero el fondo sigue siendo igual de turbio.
“Los hombres están posteando sus matojos… Y es genial”. Es el provocador título de un artículo de GQ que habla de lo habitual que comienza a ser que los hombres, lejos (o aparte) de presumir de pectorales o abdominales en sus redes sociales, muestren con cierto orgullo disfrazado de despiste el vello del pubis en sus redes sociales.
Eso pide Iván Espinosa de los Monteros en un vídeo que rula por redes sociales estos días. “Yo, a la izquierda que piensa que no hay que tener niños, les digo que sí, que no los tengan. Que es mucho mejor que ellos nos los tengan porque el mundo va a ser mejor con menos gente de izquierdas y con más gente sensata”, ha dicho. Nótese que al exdirigente de Vox debe de darle vergüenza ser de derechas, porque dice que si hubiera menos gente como yo, diablas de la izquierda reproductora, habría más peña sensata. Como si su idea de familia tuviera un ápice de sensatez.
Una selva tropical es un bosque tupido en el que se puede ver muy poco más allá de unos 15 metros a la redonda. En cambio, algunos sonidos producidos por humanos o animales se transmiten a cientos de metros de distancia sin obstáculos. Con esta idea de partida, la organización estadounidense Rainforest Connection (RFCx) utiliza micrófonos, conectividad e inteligencia artificial para ayudar a la conservación de bosques de 37 países. “Nosotros llamamos guardianes a unos dispositivos con micrófonos, software y una minicomputadora a bordo, que instalamos en el dosel [copa] de los árboles, con los que conseguimos escuchar un área de aproximadamente un kilómetro de radio”, explica en videoconferencia Jon Bruno, consejero delegado de esta organización conservacionista de Texas (EE UU).