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Hay dos tipos de personas en el gimnasio. Los que llegan cuando aún no ha amanecido, con el café en la mano y la determinación intacta. Y los que aparecen al caer la tarde, cuando el cuerpo parece por fin haber despertado del todo. Y ambos creen tener razón.
Durante años, Silicon Valley se ha amparado en la ley que establece que las compañías no son responsables del contenido generado por sus usuarios y ha defendido que la tecnología es neutra y que los algoritmos solo persiguen mejorar la experiencia de navegación. Esta semana, sin embargo, un jurado de Los Ángeles ha dictaminado que las aplicaciones de dos de las grandes tecnológicas, Meta y Google, son adictivas, que han sido diseñadas expresamente para mantener a los usuarios enganchados y que sus propietarios han sido negligentes en la protección de los niños y adolescentes que las utilizan. En otro caso en Nuevo México, un jurado ha condenado a Meta —matriz de Facebook, WhatsApp e Instagram— por no haber prevenido la explotación sexual infantil en sus plataformas.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha revelado esta semana su nuevo consejo asesor en ciencia y tecnología (PCAST, por President’s Council of Advisors on Science and Technology) y, como tal vez cabía esperar de este millonario por nacimiento e indocto por formación, parece haber elegido a sus miembros en la lista Forbes. Si tiene tanta pasta será que es muy listo, habrá pensado Trump en un alarde de sofisticación intelectual, y allá que nos ha metido a medio Silicon Valley en uno de los pocos organismos que podría haberle desasnado en una serie de materias que quedan mucho más allá del radio de su ingenio.
Parece que mis abuelos invadieron la Argentina. No estoy segura, pero intento averiguarlo desde que el presidente Javier Milei le dijo a Orbán, el primer ministro húngaro: “Cuando la inmigración no se adapta culturalmente al lugar donde va, deja de ser inmigración para convertirse en invasión”. Orbán quedó contento porque considera que la inmigración es “un veneno”.
El milagro puede estar ocurriendo. En los últimos años, la ultraderecha olió sangre y dominó el discurso hablando directamente a las vísceras y agitando el miedo a la inmigración y a la pérdida de identidad en un mundo cambiante donde las decisiones económicas se nos escapan. Lo saben bien Trump y una ultraderecha europea que utilizaron los recelos contra el orden legal, contra el feminismo, las nuevas libertades y el wokismo.
Se acercan las elecciones en Hungría -previstas para el 12 de abril-, una cita de importancia incalculable para el futuro de Europa. Viktor Orbán es desde hace tiempo un agente político cuyos objetivos son indistinguibles de los de Putin y Trump. Su entierro político no supondría la eliminación completa de los obstáculos para que la UE avance en el proceso de adaptación a un nuevo tiempo especialmente hostil, pero sin duda sería un extraordinario alivio que allanaría el camino reformista al menos durante un año, hasta las presidenciales de Francia. Observar el carrusel electoral en Budapest es un sano ejercicio de análisis de los enemigos del proyecto europeo. Son muchos y poderosos.
Una silla del salón, de la cocina o de la terraza bien puede servir de trinchera en el barrio de Santa María de Cádiz. Lo fue en la década de los 80, cuando Lola Delfín descubrió que bajar una silla de su partidito a la puerta de su finca cortaba “el tejemaneje” de los camellos que inundaban de droga a un barrio abandonado entonces a su suerte. Y lo es ahora cuando, la víspera de cada Jueves Santo, agarra con una cuerda el mueble venido de su piso a un busto que está enfrente del portal para que sus tres hijos, que hace ya años tuvieron que mudarse fuera de Cádiz, puedan ver salir al Nazareno. Pero este año la tradición se ha adelantado tanto que ha obligado a la Policía Local a intervenir.

Sonita Kamara está de parto, pero surge una complicación que puede ser mortal. El bebé no puede atravesar el canal del parto a pesar de las fuertes contracciones. La trasladan de urgencia al gran hospital materno-infantil de Sierra Leona. “Si no operamos en 30 minutos, el bebé podría morir”, sentencia la Dra. Rosetta Cole, la jefa de ginecología, mientras se prepara para realizar una cesárea de urgencia. Pero la operación no puede comenzar. El hospital se ha quedado sin material quirúrgico básico: suturas, anestésicos y líquidos intravenosos. La familia de Kamara corre a la ciudad para buscarlos en farmacias.
Las olas de calor ya forman parte de una nueva realidad en Alemania: los veranos son más largos, calurosos y secos. Para hacer frente al calentamiento del planeta, Berlín va a plantar miles de árboles hasta el año 2040 para tener de media un árbol cada 15 metros en las calles, siempre que sea posible, y desarrollará proyectos para transformarse en una ciudad esponja para recoger y almacenar el agua de lluvia.