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El PSOE, ala mayoritaria del Gobierno y batuta en cuestiones económicas, enfría la inclusión de medidas en materia de vivienda en el primer plan de respuesta a la guerra de Irán, que el Ejecutivo aprobará este viernes en un Consejo de Ministros extraordinario. El diseño del paquete, según trasladaron ayer tanto el ministro de Economía, Carlos Cuerpo, como fuentes del ala socialista, se reducirá a actuaciones “proporcionadas” al impacto macroeconómico observado hasta la fecha, con rebajas fiscales y ayudas focalizadas en los sectores más afectados. Ese diagnóstico inicial dejaría fuera, al menos en este momento, las demandas de Sumar y de socios parlamentarios habituales como Bildu o ERC, que reclaman una prórroga automática de los alquileres a punto de vencer y topes a la actualización de las rentas.
Su romance parece sacado del argumento de una comedia romántica con un ligero poso de drama. Contaría la historia de dos actores que, ya adultos, intentan abrirse camino en una industria que los recuerda sobre todo por el éxito descomunal que alcanzaron en la infancia. Dos antiguos niños prodigio que tratan de huir de un pasado tan profesionalmente glorioso como emocionalmente complejo y que terminan encontrando en el otro un espejo en el que reconocerse y, quizá, también curarse.
“Nunca me iría con chicas jóvenes. Cuando lo veo en otros amigos míos, me parece un poco ridículo. A mí me encantan las mujeres de mi edad”, dijo Ernesto Sevilla, de 47 años, en el podcast Moderneces. Raquel Córcoles, conocida como Moderna de Pueblo y conductora del programa, tildó de “increíbles” sus declaraciones. “Me parece motivo de orgullo que hombres de referencia digan que les parece ridículo salir con chicas mucho más jóvenes, porque deslegitima un poco algo que sigue siendo habitual (y más en hombres famosos)”, reflexionó después Córcoles.
El reconocimiento por parte del rey Felipe VI de que la Conquista de América estuvo marcada por “abusos y controversias”, y la respuesta positiva de la presidenta mexicana a esas palabras, marcan un punto de inflexión en una relación que en los últimos años ha estado tensionada por la gestión de ese pasado. No es un cierre, pero sí un cambio de tono que abre una vía más constructiva para abordar una historia compartida que sigue pesando en el presente.

Antes de que rodase Sirat y de que su pelo largo y sus posados en las alfombras rojas se hiciesen memes, comí torreznos con Oliver Laxe en una tasca del Collado de Soria. Digo bien: comí yo los torreznos, pues Laxe es (o lo era entonces) vegetariano. Participábamos en un coloquio sobre su película anterior, O que arde, y mientras se proyectaba, los anfitriones nos llevaron a picar algo. Me pareció que el cineasta miraba mi plato con cierta envidia, casi rendido a la seducción del frito.
Mientras libra su guerra contra Irán, haciendo estallar a personas, edificios y los precios del petróleo, Donald Trump sigue avanzando casillas en el tablero de Latinoamérica. No solo Venezuela —invadida y, según él, dominada—, Cuba o Colombia, sino también Brasil, pero con otro tipo de arma. Según el portal de noticias UOL, con amplia repercusión en la prensa brasileña, Estados Unidos ya habría decidido clasificar a los dos mayores grupos de crimen organizado del país como organizaciones terroristas. El Primer Comando de la Capital (PCC), surgido en el sistema penitenciario de São Paulo, y el Comando Vermelho, originado en una cárcel de Río de Janeiro, entrarían así en la lógica de la “guerra contra el terror”. En este momento resulta más difícil hacer en Brasil lo que hizo en Venezuela. Pero si puede afirmar que el país no consigue controlar el terrorismo en su territorio, Estados Unidos podría justificar una mayor injerencia en las políticas públicas brasileñas e incluso una intervención.
Desde hace ya unos cuantos años, cuando quiero decir “semáforo”, me suele salir la palabra “ascensor”. Las primeras veces me asusté un poco, pues lo creí signo irreversible de un cómico deterioro mental. Pero pasó el tiempo y todas las palabras, menos esas, seguían en su sitio. Así que lo dejé correr, como tantas absurdas peculiaridades que uno descubre sobre sí mismo para divertimento de los demás. Un día, sin embargo, le comenté el caso a una amiga, y me dijo que a ella también le pasaba. Así que busqué en Google: había hasta un grupo de Facebook de gente que confundía las palabras. Al poco, coincidí una noche con el periodista Antonio Martínez Ron. Y él escribió un extenso artículo en elDiario.es. Habló con dos neurocientíficos, con una experta en psicolingüística, con una psicóloga; menos mal que no me cobró la consulta. Así pude enterarme de que a veces nuestro cerebro sabe lo que quieres decir, pero activa una palabra cercana o disponible en su red. No es aleatorio: suele pasar con palabras que comparten algo. El fenómeno es curioso porque cuando una palabra se cuela en lugar de otra, tiende a repetirse: el cerebro ha creado una asociación temporal y lo vuelve a hacer durante un tiempo. Ese diccionario mental, el lexicón, es una red enorme donde están guardadas todas las palabras que conocemos y la información sobre ellas. A Martínez Ron le dijo el neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga que hay neuronas individuales que se activan ante un concepto concreto. Que puede asociar una neurona a Jennifer Aniston y establecer una relación de la actriz con la torre de Pisa, de tal forma que las neuronas se superpongan y se crucen las palabras. Uno estudia el discurso político triunfante, el que fundó Trump con aquella ironía suya (“podría disparar a alguien en la Quinta Avenida y no perdería votantes”) y puede pensar que, en lugar de humor negro, lo que había hecho es confundir “Quinta Avenida” con Irán y los que vengan, “alguien” con “miles”, y tener al mundo despistado con sus vaivenes geopolíticos cuando en realidad habría que descifrar su averiado lexicón.
El auge de la extrema derecha en España es un fenómeno relativamente nuevo en nuestra historia democrática y todavía estamos en busca de explicaciones. ¿Qué es lo que lleva a los votantes a preferir opciones ultraconservadoras o reaccionarias? Las explicaciones se dividen entre las condiciones materiales y las cuestiones identitarias.
Cuando Matthew Lieberman comenzó a estudiar el dolor social en los años 90, muy pocos de sus colegas compraban la idea de que la falta de habilidades sociales, el aislamiento, la soledad, en fin, pudieran provocar en quien lo sufre un dolor comparable con los achaques físicos. Tras una pandemia biológica, y otra de soledad que llegó después, las teorías de Lieberman (Atlantic City, EE UU, 56 años) le han convertido en uno de los investigadores más influyentes del mundo en su disciplina, con más de 58.000 citas académicas. Su libro Social, publicado en inglés en 2013, llega ahora al español (Capitán Swing) en un momento en que sus tesis resultan más relevantes que nunca: pocos dudan de que la soledad es uno de los grandes males de nuestro tiempo, aupada por la polarización, las redes y una inteligencia artificial que empieza a sustituir —con resultados inciertos— las conversaciones que antes teníamos con otros humanos. Lieberman habla con EL PAÍS por videoconferencia.