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Estimado señor Feijóo, nos dirigimos a usted públicamente como supervivientes de abusos sexuales en la Iglesia católica. Aunque nuestros agresores fueron depredadores sexuales que abusaron de multitud de menores durante décadas, no se les pudo juzgar porque, cuando tuvimos la fortaleza de denunciar los hechos, estos habían prescrito.
El Desafío Semanal es un reto con diez preguntas sobre informaciones publicadas durante los últimos siete días en los distintos canales de EL PAÍS. Anímate a resolverlo cada viernes y déjanos tus observaciones en los comentarios o escribiendo a juegos@elpais.es. También puedes sugerirnos alguna pregunta (con sus opciones) y valoraremos publicarla.

El Museo Egipcio de Barcelona es un verdadero hogar para los que sueñan con el viejo país del Nilo. Exhibe una bonita colección de antigüedades faraónicas, ofrece exposiciones y cursos y organiza actividades tan simpáticas como Momificación en familia, siempre en sábado. Dirige el centro, dependiente de la Fundación Arqueológica Clos, la egiptóloga Maixaixa Taulé (Barcelona, 57 años), que es también miembro de la misión que excava el yacimiento de Sharuna (el-Kom el-Ahmar Sawaris), antigua Hut-nesut, en el Egipto Medio, en la orilla oriental del Nilo. Taulé, que recibe en su despacho ante una imagen de un beduino besando a un camello, cree que ella es poco fotogénica pero su rostro no desentonaría entre los retratos de El Fayum.


Sentir hambre puede modular nuestro estado de ánimo. Diversas investigaciones han demostrado que el hambre puede volvernos más negativos, más irritables e, incluso, más agresivos. El impacto emocional del hambre puede tener, incluso, un efecto sobre nuestras decisiones. Así lo demostró un estudio israelí de 2011 que dio nombre al conocido como “efecto del juez hambriento”. Lo que vieron los autores del estudio es que la severidad de las sentencias dictadas por los jueces se endurecía a medida que se acercaba la hora del almuerzo, para luego volverse significativamente más indulgentes después de la pausa para la comida y el descanso. Esta relación tan estrecha llevó incluso a la invención de un término en inglés para hacer referencia a este fenómeno, hangry —una combinación de hungry (hambriento) y angry (enfadado) —, que se coló en enero de 2018 en el Diccionario de Oxford.
“Te seguiría como un perro hasta el fin del mundo” es una de las frases que ha puesto el nombre de Heathcliff en boca de adolescentes y jóvenes de todo el mundo cuando, realmente, la primera vez que se mencionó a este personaje fue en 1847. De hecho, en la novela en la que concibe originariamente a este personaje, esta frase no tiene lugar, del mismo modo que Drácula nunca dijo en la obra de Bram Stoker “he cruzado océanos de tiempo para encontrarte”. Quizás, parte de las personas que acuden ansiosas al cine para ver a dos de los actores del momento —Jacob Elordi y Margot Robbie—, viviendo “la mayor historia de amor jamás contada”, no habían leído el libro de Emily Brönte. Sin embargo, a juzgar por las múltiples teorías y análisis sobre el tráiler de la película que inundaron las redes sociales antes de que se estrenase, parece que muchos jóvenes no solamente son perfectamente conscientes de la existencia de la obra original, sino que además la han leído e incluso la admiran profundamente.
La violencia machista sigue acabando con la vida de las mujeres a pesar de décadas de leyes, políticas y compromisos institucionales. Este martes fueron asesinadas tres en Miranda de Ebro (Burgos) y resultaron heridos dos niños por un incendio provocado supuestamente por la expareja de una de ellas, un hombre con graves antecedentes de violencia de género.
Mientras pitaba la cafetera, aludieron en la radio a alguien que había enfermado gravemente al sumergirse en las aguas del Támesis, contaminadas por los orines altamente tóxicos de las ratas británicas. Si las ratas existen, pensé, tienen que mear en algún sitio, pobres (procuro hacerme cargo de las necesidades de todos los seres vivos), pero habrían podido elegir otro. Nada más antiliterario para comenzar el día que hacerse cargo de las miserias fisiológicas de ese mamífero, que, por otra parte, no son muy diferentes de las nuestras. Bajé el volumen por si se les ocurría decir algo parecido del Danubio o del Sena o del Rin, ríos a los que uno se ha asomado con una sumisión romántica que quizá no se merecían. Ríos, incluso, en los que uno se ha suicidado imaginariamente. Virginia Woolf, que se suicidó de verdad, eligió sin embargo el Ouse, un río doméstico y apacible, lejos de la monumentalidad de los ya mencionados. Esa modestia paisajística y rural contrasta con el peso simbólico que terminó adquiriendo su muerte en la historia de la literatura. No sabe uno cómo acertar.
Ha muerto António Lobo Antunes. La noticia me devuelve a un tiempo pasado que parece de otro siglo. Trabajaba en el ayuntamiento de Granollers en lo que hasta la fecha había sido mi mejor empleo y un sueldo que me permitía mantenerme a mí y a mi hijo. Cubría todos los gastos de techo, alimento y educación y de vez en cuando algún capricho, pero siendo una microfamilia monoparental sin pensión de alimentos, no podía comprar el periódico. Aspiraba entonces a cosas así: a poder llegar a ser una de esas personas que los sábados y domingos por la mañana se hacían con EL PAÍS (está mal que lo diga aquí pero era mi diario de referencia entonces) y disfrutaban de la lectura sosegada. El dueño de la cafetería a la que íbamos a desayunar, que había estudiado historia y era de familia trabajadora y gran lector, me guardaba ejemplares del diario, cuando siempre había uno en cada bar y cada café. De todo lo que leía entonces me quedaron grabados unos relatos largos que publicaba Lobo Antunes. No sabía quién era, si importante o no. Yo lo conocía por sus textos, por el ritmo que tenían, una prosodia particular. No recuerdo nada en concreto. Al cerrar los ojos toco el papel, huelo el aroma del café, veo las letras impresas y todo mi cuerpo revive ese instante. Casi todo lo que he leído y me ha calado de algún modo ha dejado en mí una huella física.

Hace unos días murió António Lobo Antunes. Fue un escritor, lo es, que trataba con las palabras con tanta familiaridad y cercanía y complicidad que las hacía recorrer caminos muy extraños, asomarse al precipicio, tirar por senderos estrechos que discurren al lado del abismo; daba a ratos miedo mirar desde tan arriba a las sombras. Sus personajes eran muy próximos, hechos de la misma pasta de la que estamos hechos cada uno de nosotros, por eso imponía respeto darse cuenta de que puede pasar cualquier cosa, que por ahí dentro conviven entrelazados lo peor y lo mejor, y que luego están las circunstancias y la suerte. No hizo ninguna concesión para expresar y dar forma a lo que quería contar, así que su literatura está llena de invenciones, de desafíos. Y fue también una literatura que salió en los periódicos, como crónicas, como iluminaciones. Sorprende darse cuenta de que en los papeles donde se publican las noticias —en las pantallas, habría que decir ahora— también se cuele lo que tiene más duración, lo que sobrevive a la actualidad, las heridas incurables, la derrota. De eso trataba con frecuencia Lobo Antunes. De las cosas que se tuercen.