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Aminu Issa es uno de los vendedores de refrescos más conocidos del mercado de Sabon Gari, en el Estado de Kano, al norte de Nigeria. Cuando puso en marcha su negocio, compró dos frigoríficos de segunda mano a un comerciante de aparatos electrónicos usados en el bullicioso mercado donde trabaja. La inflación y sus escasos ingresos le impedían comprar electrodomésticos nuevos, por lo que recurrió a los de segunda mano que se venden en Sabon Gari, uno de los principales centros de comercio electrónico usado del norte de Nigeria. Issa pagó 100.000 nairas (unos 67 euros) por los dos frigoríficos, un precio que en aquel momento casi le habría permitido comprar uno nuevo de tamaño similar.
Los Ortiz dormían vestidos por si la casa ardía esa noche. Los Ortiz, o los Brennan, o los Washington, da igual, podría ser cualquier apellido, podría ser un apellido como el tuyo, exactamente igual que el tuyo. Vivían en South Bronx, en edificios de casi cien años, de fachadas de ladrillo con cuatro o cinco o seis plantas y ningún ascensor, y se acostaban con la ropa del día siguiente puesta, con los zapatos puestos, los niños sobre todo, porque bajar tres pisos en calcetines por una escalera en llamas podía suponer la diferencia entre vivir o morir. Las madres dejaban una bolsa junto a la puerta con documentos, una foto de la familia, el dinero en metálico que tuviesen disponible, siempre la misma bolsa, lista, como la gente que vive cerca de un frente de guerra. Porque, de algún modo, la década del fuego de Nueva York fue un frente de guerra.
El magnate Elon Musk ha reconocido por primera vez que estudia la fusión de las dos empresas en las que participa: SpaceX y Tesla. Una integración que, de llegar a concretarse, crearía un gigante tecnológico con capitalización de 3,5 billones de dólares con intereses en la inteligencia artificial, la conectividad, el negocio aeroespacial y automoción que se colocaría entre las cinco empresas más valiosas del mundo.
Paco Rabal (Águilas, Murcia, 1926-Burdeos, Francia, 2001) podía llenar una pantalla con la voz y la presencia física. Fue uno de los grandes actores españoles del siglo XX, capaz de trabajar con algunos de los cineastas más importantes de su tiempo sin olvidar sus orígenes. Detrás de aquella figura rotunda había un hombre que entendía la interpretación como un oficio y mantuvo hasta el final la curiosidad de quien todavía tiene algo que aprender. Esa es la imagen que reconstruye 200 vidas. Paco Rabal, el documental dirigido por Vanesa Benítez (Osuna, Sevilla, 46 años), que llega a los cines este viernes, en el año del centenario de su nacimiento.


Como una hidra de tres cabezas dispuesta a cuestionar las innumerables certidumbres que tientan cada mañana a las sociedades contemporáneas se ha colado en el Centro de Arte Moderno y Contemporáneo de Castilla-La Mancha de Toledo un tal Andrés Rábago. Entiéndase por esto la triple presencia, en el renovado museo ubicado en el convento de Santa Fe y en forma de una generosa donación de 301 obras, de los heterónimos puestos en pie por el artista a lo largo del tiempo: el propio Andrés Rábago (Madrid, 1947), pintor simbolista y metafísico de la soledad; OPS, aquel autor de viñetas oscuras, surreales e inquietantes que removieron las oscuras aguas del franquismo en su última fase y también las de la Transición; y El Roto, dibujante y escritor satírico, incansable bisturí cotidiano hurgando en las verdades y mentiras de lo político, lo social y lo cultural en las páginas de Opinión del diario EL PAÍS.


Una fotografía de pasaporte está hecha para identificar a una persona, no para contar quién es. Diminuta y sobre un fondo blanco, verifica y aspira a eliminar cualquier ambigüedad. Sin embargo, es precisamente de esa paradoja, la distancia entre lo que muestra una imagen y lo que puede llegar a narrar, de donde parte Passports, el último libro de Keisha Scarville, (Nueva York, 1975) en el que el retrato de su padre, tomado a los dieciséis años, da pie a una exploración que desborda los límites de la fotografía original.
Mientras París arde, el mundo del arte contemporáneo se refugia en su caja de cristal. Estos días, la metáfora resulta tan literal que roza la humorada, aunque todo vaya muy en serio: los coleccionistas más poderosos y buena parte de los principales profesionales mundiales del sector se reúnen en el Grand Palais, el monumento de vidrio y acero de finales del siglo XIX de los Campos Elíseos, para asistir a Art Basel Paris, la gran feria de arte contemporáneo del otoño, llevando en sus móviles un correo electrónico que les informa de las férreas medidas de seguridad desplegadas por la organización ante los disturbios generados por las protestas sociales.
El actor y presentador Antonio Garrido visitó Santiago de Compostela con sus hijos y tuvo una mala experiencia con la comida: según su propia versión, las alitas de pollo que le sirvieron en una famosa multinacional de comida rápida “sabían a podrido”, algo que difícilmente habría ocurrido en A Noiesa, O Sendeiro o Casa Marcelo, por poner solo tres ejemplos de la siempre valorada gastronomía gallega. Salvando todas las distancias, algo parecido ocurre con el Barça de Flick, a quien muchos aficionados siguen reclamando una versión más industrial con la que asaltar los grandes mercados europeos, a costa, claro está, de vender su alma expresionista al diablo.
Con un par de asesinatos truculentos comienza Una tumba en Al Ándalus (Tusquets), la tercera entrega del escritor que, con el seudónimo de Lorenzo G. Acebedo, novela al poeta medieval Gonzalo de Berceo como investigador de crímenes y dotado de un humor sarcástico. Aparentemente, se trata de muertes perpetradas por gente de baja estofa, pero en realidad orbitan sobre ellas los más altos poderes de la época. Así sucedió ya en los títulos precedentes de esta serie, La taberna de Silos (2023) —un éxito de crítica y ventas—, y La Santa Compaña (2024). Dos thrillers que cuentan con el atractivo de retratar la vida de los monjes medievales peninsulares e ilustrar sobre el arte románico.


Camino Alto de San Isidro es una calle peatonal de Carabanchel con alma de corrala. Por las tardes, los adultos se asoman a los balcones y se sientan en sillas plegables a ver pasar a los niños en edades de primaria volando a 25 kilómetros por hora en patinetes eléctricos. Otros pequeños juegan al fútbol cerca de una pared de ladrillo donde alguien pegó hace tiempo una foto de Jenni Hermoso, la estrella del fútbol femenino que dio aquí sus primeras patadas al balón. Los vecinos hablan de chismes y asuntos serios, entre otros un tema que les duele: el problema de los pisos vacíos, cerrados con puertas de acero. Todo el mundo los ha visto en esta colonia de 28 bloques, una de las principales reservas de vivienda pública de la región, donde no es raro que diez o doce personas compartan un mismo hogar. EL PAÍS ha recorrido los edificios uno a uno y ha contado 18 pisos cerrados.



