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Mientras las interminables olas de misiles y drones iraníes se abatían impiadosamente sobre las bases americanas y las instalaciones energéticas en los países del Golfo (Bahréin, Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Omán y Arabia Saudí), una fuerte impresión de incredulidad e indignación se iba arraigando en los círculos políticos y populares acerca de la esencia misma de estas plataformas militares en una de las zonas más sensibles del mundo, donde confluyen ambiciones expansionistas e intereses dentro de una compleja y desequilibrada red de alianzas y estrategias.
Durante el primer año de su regreso al poder, Donald Trump logró cambiar la imagen de la Casa Blanca de su primer mandato como un lugar convulso, en el que el jefe, haciendo honor a su pasado de estrella de la telerrealidad que se hizo famoso al grito de “¡Estás despedido!“, podía echar a sus colaboradores en cualquier momento y de cualquier manera, a menudo, a golpe de tuit. Así se deshizo de un fiscal general, un secretario de Estado, un asesor de Seguridad Nacional, un director de comunicación y del jefe del FBI, lista que completaron las renuncias: 14 miembros de su Gobierno lo dejaron entre 2017 y 2021, así como cuatro jefes de Gabinete, y otros tantos portavoces de la Casa Blanca.
“Recibir este dinero es una cuestión de vida y supervivencia para Ucrania”. Más claro no lo pudo expresar Volodímir Zelenski este miércoles en una entrevista en la televisión CNN. El presidente ucranio se refería al préstamo de 90.000 millones de euros que el Consejo Europeo ha aprobado este jueves a favor de su país. El dinero llega tras meses de retrasos y cuando los economistas advertían de que al Gobierno solo le quedaba recursos en las arcas para llegar a verano.

La autora argentina Selva Almada es la invitada esta semana a Qué estás leyendo, el podcast de libros de EL PAÍS. Maestra de una literatura alejada de la gran ciudad, de territorios donde el paisaje se convierte en protagonista, esta vez firma Una casa sola (Random House), donde una vieja vivienda rural asume la voz narradora para dar testimonio de lo ocurrido. “Me hice lectora antes de aprender a leer”, cuenta a Berna González Harbour, con quien charla en la librería Alberti de Madrid. Le fascina la memoria que ocultan las casas y sitúa el secreto de la literatura argentina en el vigor de la educación pública. “Siempre me preguntaba qué se guardan las casas, cuánta memoria tienen entre sus paredes”.
Son las 12.30 de un domingo y los pasillos de la academia de flamenco Amor de Dios, en pleno centro de Madrid, se parecen bastante a esas hileras nerviosas donde las hormigas se cruzan a lo loco sin chocarse nunca. Siempre hay gente en Amor de Dios, pero hoy huele a muchedumbre y un poco también a fervor. Imparte clase Juan Manuel Fernández Montoya, Farruquito para los amigos… del duende. O lo que es igual, el bailaor que muchos de los que saben de esto sitúan en la estirpe de los dioses del zapato veloz: Faíco, Farruco, Gades y él. Y eso, a pesar de que el interesado se encarga de rebajar la épica en torno a su nombre: “Yo nunca he sentido o he creído que haya estado dotado para bailar. Dudé muchísimas veces en el camino de si lo hacía bien o no, y sigo dudando. Cada día me levanto como si fuera un principiante, y creo que es algo sano, porque he conocido a otros compañeros a los que les ha jugado malas pasadas el hecho de pensar que ya habían llegado a la cima. Creo que me aburriría y me hartaría de llorar si un día sintiera que ya ha llegado. Ese día me quitaría de bailar por respeto a mí mismo y al público, sobre todo”.
Galicia tiene un legado textil preindustrial en torno al lino que no todo el mundo conoce, ni siquiera gallegos que generacionalmente están bastante cerca. A su prestigio actual en el ámbito de la moda, le precede un pasado en el que durante siglos, y hasta algo más de la mitad del XX, existió una producción doméstica para autoconsumo llevada a cabo por mujeres en el medio rural, en la que unas se encargaban de sembrar el lino, procesarlo e hilarlo para que otras pudieran tejer ropa de vestir o de hogar, algunas de ellas piezas con un alto valor artístico y creativo.
El principio de “prioridad nacional” se ha incorporado a los pactos de gobierno de Vox y PP en Extremadura y Aragón a petición de la formación de Santiago Abascal. Ambos partidos asumen ya el concepto como propio, pero las direcciones nacionales discrepan en público sobre el alcance de las medidas condicionadas por ese principio, heredado de la extrema derecha francesa. Para los ultras de Abascal, supone priorizar a los españoles sobre los inmigrantes en el acceso a ayudas, prestaciones y servicios públicos. Para los populares, implica premiar el arraigo de un ciudadano a un territorio concreto sin importar la nacionalidad. Pero, ¿qué dicen realmente los pactos? ¿Hay discriminación?
Madrid ha decidido cambiar sus planes urbanísticos. Nuevo objetivo: multiplicar la construcción de vivienda para 2027. ¿Pero cómo hacerlo sin contar con mucho más espacio? Fácil, responden desde el Consistorio: hacia arriba. Frente a este giro, como un recordatorio de cuál ha sido el plan durante las últimas décadas, se alza al norte de Madrid el barrio de Valdebebas. Conocido por el gran público por albergar la ciudad deportiva del Real Madrid desde comienzos de los 2000, fue levantado precisamente hace dos décadas, en plena resaca de la burbuja inmobiliaria, para crecer en horizontal con edificios blancos de altura media, amplias avenidas con zonas verdes y parques infantiles, y un parque forestal de casi 500 hectáreas que actúa como pulmón urbano. Allí viven ya más de 30.000 vecinos en un desarrollo pensado para alcanzar unos 40.000, con 14.000 viviendas repartidas en más de diez millones de metros cuadrados.


Me acerco casi siempre con razonables prejuicios al género del biopic. Acostumbran invariablemente a redimir y a exaltar, hasta límites sublimes, al personaje que retratan, después de contar algún periodo de ruina en su historia. A veces, endulzando o falseando la realidad, aunque el arte que estos crearon permanezca como algo incontestable. Son escasas las películas mostrando a los genios de la música que alcancen la condición de obra maestra. Lo logró Clint Eastwood, con su visión de la corta y drogada existencia de un atormentado genio del saxo y del jazz llamado Charlie Parker en Bird. En los últimos tiempos me pareció tan creíble como complejo el retrato que han hecho del joven Dylan en Un completo desconocido. Y es misterioso y lírico el documental Let’s Get Lost, sobre las infinitas luces y sombras del maravilloso y trágico Chet Baker.
Dirección: Antoine Fuqua.
Intérpretes: Jaafar Jackson, Colman Domingo, Nia Long, Mike Teller, Juliano Valdi, KeiLyn Durrel Jones.
Género: 'biopic' musical. EE UU, 2026.
Duración: 116 minutos.
Estreno: 24 de abril.