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No es una pregunta retórica. Después de hablar con varias personas, hombres y mujeres, de diferentes tendencias sexuales, ninguno supo responder para quién trabajan exactamente aquellos que se musculan hasta la hipertrofia en el gimnasio, o los que cuentan por cientos los ejercicios abdominales para sacar un six pack (o tableta de chocolate) debajo de los mínimos gramos de grasa que aún conserven en el abdomen.
Hay un tipo de foto que desarma incluso al más fotogénico: la foto de carnet. Ese retrato de unos 32x26 milímetros sin artificios iguala a todos, anónimos y famosos, ricos y pobres, guapos y feos. Todo el mundo necesita una en algún momento y se somete al mismo ritual de sentarse erguido frente al flash con un semblante tan neutro como el fondo de detrás. Hay quien sale bien parado y quien no se siente representado, pero en el caso de las celebridades sucede un fenómeno extraño. Acostumbrados a verlas siempre deslumbrantes y producidas, tener acceso a este pedacito de su intimidad es como conocerlas en su esencia más pura, más honesta, más real. “Hemos fotografiado a más de 800 famosos y ninguno vino acompañado de asistentes, maquilladores ni gente de relaciones públicas diciendo: ‘Haz esto, haz lo otro’. Simplemente, eran ellos mismos”, comenta por videollamada Philip Sharkey (Londres, 60 años), último dueño de Passport Photo Service, el estudio fotográfico londinense más frecuentado por las estrellas.
En el mundo jardinero, y con el paso de los años, el abanico de gustos de una persona se amplía a medida que se cultivan más y más plantas. Así le ocurrió a Jesús Hernández, cultivador madrileño, aunque informático de profesión: “Al principio no me gustaban los rosales, ni tampoco las especies que tenían flores muy grandes, prefería aquellas más sutiles y pequeñas, y descartaba los floripondios, me parecían excesivos”, puntualiza. Con el correr de los años, su terraza se fue transformando, al igual que sus preferencias. “Un día me regalaron un rosal sencillo, con flores de cinco pétalos, así que me empecé a interesar por ciertos rosales que tenían un aire más silvestre. Y lo mismo me ocurrió con el otro veto que tenía hacia las flores enormes una tarde que estaba navegando por internet, buscando viveros especializados. Cuando vi cómo uno de ellos comercializaba docenas de amarilis, caí enamorado y compré varios para mi jardín en macetas”, recuerda.

Es 2026 y parece increíble que a estas alturas se siga hablando de mitos obsoletos como los de buena madre o mala madre, “cuando son términos que hacen mucho daño, porque la mayoría de las mujeres intentan hacerlo lo mejor que pueden o lo mejor que saben”, explica a EL PAÍS Iria Marañón (Madrid, 49 años), periodista, filóloga y autora de cuatro libros sobre maternidad y feminismo. El último es Somos revolución, somos feminismo (La esfera de los libros, 2025), en el que invita al lector a descubrir qué es el feminismo, a identificar las desigualdades de género que siguen existiendo y a disfrutar aprendiendo de la historia de las mujeres y “cómo tanto chicas como chicos tenemos el poder de cambiarla”.
La guerra en Irán ha sacudido los mercados y sembrado incertidumbre sobre el suministro energético mundial desde marzo, pero no ha frenado la carrera por el liderazgo en la inteligencia artificial. Anthropic acaba de anunciar una de las mayores inversiones de los tres años de auge de la IA: un compromiso de 100.000 millones de dólares a diez años en centros de datos de Amazon. Menos de 24 horas después, SpaceX —la empresa espacial de Elon Musk reconvertida desde febrero en conglomerado tecnológico— compró una desarrolladora de IA por 60.000 millones. OpenAI tampoco se queda atrás. A principios de abril, en plenos bombardeos en el Golfo, cerró una ronda de financiación en la que recaudó 122.000 millones de dólares, una cifra sin precedentes en la historia del sector.
El año 2026 puede convertirse en el año de las grandes salidas a Bolsa si el conflicto en Oriente Próximo no dinamita la confianza de los inversores. La esperada llegada al parqué de compañías ligadas a la inteligencia artificial como SpaceX, OpenAI y Anthropic está despertando un gran interés entre inversores y gestores de activos y forzando a los proveedores de los grandes índices bursátiles mundiales a estudiar cambios en la composición de selectivos como el S&P 500, el Dow Jones o el Nasdaq 100 para facilitar su incorporación. Una pequeña revolución de carácter técnico que encierra un claro objetivo: atraer a estas grandes compañías a sus respectivos mercados y dar respuesta a la elevada expectación. Tras años de reinado de las siete magníficas —Nvidia, Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon, Meta y Tesla—, Wall Street se prepara para acoger nada menos que a diez magníficos.
Todo comenzó en 1935. Massachusets. La empresaria y cocinera Ruth Graves Wakefield regentaba una casa de huéspedes y restaurante llamado Toll House Inn. Se comía bien, se dormía mejor, pero, por encima de todo, se tomaban unos excelentes postres. Un día, sin más pretensión que hacer unas galletas diferentes, Wakefield añadió trozos de chocolate a la masa, la metió en el horno, pero... ¡los pedazos no se fundieron! Lo que a priori fue un error, se convirtió en una genialidad y una adicción. Así, nació la Toll House Chocolate Crunch Cookie, la primera galleta de chocolate crujiente de la historia.

Sus padres se dedicaban al cereal, a lo que él define, como se cataloga ahora, agricultura heroica, aquella en la que no entraban las máquinas sino el trabajo manual. Algo de lo que él hace ahora tiene también un cierto punto de heroicidad. Abel Buezo (Salinillas de Bureba, Burgos, 61 años) tenía 35 años cuando decidió —de esto hace 26— compatibilizar su actividad empresarial en una comercializadora de cereal con otra faceta, la de bodeguero. No tenía viñedo, pero sí sabía que en la comarca de Arlanza —en el oeste de la provincia de Burgos—, desde el siglo X —cuando los monasterios de la zona se encargaron de descubrir las virtudes de las uvas de la región—, había habido vides plantadas. Esa actividad se fue abandonando en los años cincuenta del pasado siglo debido al gran éxodo rural que se produjo con la expansión industrial, que requería abundante mano de obra. Además, la estructura de los viñedos —en su mayoría parcelas muy pequeñas, con variedades dispares de uva— tampoco favorecía el desarrollo de una zona vinícola, por lo que los agricultores acabaron pasándose al cultivo del cereal.



Los primeros cuatro meses del año se saldan con una avalancha de despidos en las grandes empresas. El sector tecnológico, parte de la banca y la consultoría están recortando personal. Entre los diferentes motivos esgrimidos por las firmas, la implementación de inteligencia artificial (IA), o la necesidad de reorganizar sus estructuras por el impacto de esta tecnología, destacan como los argumentos más repetidos. Los expertos dudan sobre si realmente la IA es capaz de aportar tanta productividad como para prescindir de tanta gente. Todavía hay quien alega que la IA no es lo suficientemente hábil como para sustituir su trabajo. La mala noticia es que, capaz de aportar productividad real o no, las empresas echan mano de ella para justificar unos despidos que ya se están produciendo.