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Martin Baron se jubiló de su puesto como director de The Washington Post hace cinco años, pero sigue hablando de la profesión en primera persona del plural con frases como “debemos hacer nuestro trabajo” o “esto o aquello es nuestra responsabilidad”.



La presencia silenciosa de Sergio Ramírez (Masatepe, 83 años) aguarda tras el umbral de la puerta. El escritor nicaragüense vive en un apartamento, en el barrio madrileño de Chamberí, alargado como los vagones de un tren. Desde la ventana de la sala se ve florecer a los cedros que hasta hace poco, antes de que llegase la primavera a la capital española, parecían muertos. De las paredes cuelgan cuadros de artistas como el cubano René Portocarrero junto a otros de IKEA que venían con la casa cuando la alquiló. Los exiliados como él dejan parte de su corazón en el lugar que les fue arrancado, además de muchas de sus pertenencias.



Ahmed Tommouhi, que pasó 15 años en la cárcel por violaciones que no cometió, ha vuelto esta semana al quirófano del Hospital de Bellvitge para operarse, por segunda vez, del pie que le queda. Hace un par de años le amputaron la pierna izquierda por encima de la rodilla. “Antes de la cárcel no tenía ningún problema; después, me han operado varias veces”, contó el martes desde Sant Pere de Riudebitlles (Barcelona) donde vive. El año pasado, ya con la condena anulada, la justicia le denegó una indemnización por los 15 años de cárcel injusta. A juicio de la Audiencia Nacional, y del ponente de la sentencia, Francisco Díaz Fraile, la condena revocada no era un “error judicial craso o evidente”. Tommouhi recurrió al Supremo, que ha admitido el “interés objetivo” de su caso y ahora debe decidir si mantiene ese criterio que desde hace años provoca que ningún inocente condenado a prisión sea indemnizado en España. El alto tribunal afirma, en un auto al que ha accedido EL PAÍS, que su decisión podría “extenderse” a otros casos.
Los pasillos del Elíseo se han ido vaciando. Algunos teléfonos, cuentan quienes han paseado por el palacio presidencial estos días, suenan sin que nadie responda. La desbandada de colaboradores ha ido in crescendo en las últimas semanas. Desde principios de año, más de una decena ha saltado al sector público o privado. El más significativo, el todopoderoso secretario general del Elíseo, Alexis Kohler. “Es normal. Queda muy poco y nadie seguirá con el siguiente presidente. Todo el mundo piensa ya en 2027”, señala una persona que despacha con el jefe del Estado.
Las grandes celebraciones guardan en su placenta la discordia. En 2018 Mónica García acompañó a Emilio Delgado en el que debía ser uno de los momentos más felices de su vida: su boda. Eran buenos amigos, compañeros de partido, colegas que compartían los mismos ideales. Y les unía el mejor pegamento que existe: el del enemigo común. Ambos se oponían a Irene Montero y Pablo Iglesias, a los que culpaban de haber descarriado a Podemos. El matrimonio de Delgado no duró mucho y ahora la fractura con una de las invitadas, Mónica García, a la que ya no puede llamar amiga, ha quedado a la vista de todo el mundo.
En las cafeterías que rodean el lago de la Casa de Campo en Madrid, las mañanas de domingo reúnen a corredores y ciclistas que llenan las terrazas para reponer energía tras recorrer los caminos. Al llegar la hora de pagar, en las mesas la expresión se repite: “Pago yo y me hacéis un Bizum”. En los últimos años, se ha convertido en el lenguaje habitual para saldar deudas de bajo importe entre amigos y familiares, desplazando al efectivo en la vida cotidiana de millones de españoles. A partir de la tercera semana de mayo, hacer un Bizum dejará de ser solo la forma de pagar una cena a medias para convertirse también en un gesto en el supermercado, la farmacia o la tienda de ropa. Se trata del movimiento estratégico más ambicioso desde la creación de la propia plataforma en 2016 y que llevará a Bizum a convertirse en un medio de pago total para competir con los gigantes que dominan el sector: Visa, Mastercard, Apple Pay y Google Pay.

Elvis Crespo (Nueva York, 54 años) es igual de alegre que sus canciones. En una terraza de la Gran Vía madrileña, posa para las fotos con soltura, mientras ríe y bromea con su acento puertorriqueño, ya que a los seis años se fue a vivir a Guaynabo, cerca de San Juan. Es difícil estar a su lado sin esbozar una sonrisa. Su ropa es impecable, luce el pelo untado en gel que le deja unos rizos perfectos y su perfume se huele de lejos. “Yo vine a este mundo para poner a la gente a bailar”, anuncia. Y bien que ha cumplido su tarea, porque quién no ha bailado alguna vez en la vida Suavemente, Tu sonrisa o Píntame la carita en alguna boda, graduación o cumpleaños. Pero no todo en la vida es sazón, y la mala racha también tocó la puerta de Elvis Crespo.

Según la RAE, el poliamor es una “relación erótica y estable entre varias personas con el consentimiento de todas ellas”. Empezó siendo una cosa de gente queer y feminista que se debatía en espacios académicos y activistas. Pero hace una década que sale en los medios, así que es raro no haberse tomado una caña hablando del tema. Aunque sea para burlarse. Hay hasta quien asegura que se ha pasado de moda. Como si fueran los pantalones de campana.
El último choque entre Gabriel Rufián y Junts per Catalunya en el Congreso, la semana pasada, ha vuelto a evidenciar no solo la brecha en el bloque independentista, sino cómo la figura del líder parlamentario también polariza cada vez más entre las filas de Esquerra Republicana. “Esta es su bandera”, dijo Rufián a los diputados de Junts por el rechazo de estos al decreto de vivienda y mientras esgrimía un billete de 50 euros. Voces del partido alejadas de la dirección ven inadecuada la confrontación directa con Junts. La cúpula de Esquerra, en cambio, se mueve entre quienes critican el tono y los que piensan que, sencillamente, “Rufián hace de Rufián”. Otra cosa, añaden, es que esa manera de actuar se sobreponga con la tensión creada por la determinación del líder de ERC en Madrid para que su partido se involucre en la unidad de la izquierda alternativa a nivel estatal y que la dirección rechaza frontalmente.
Cuando la policía irrumpió en el domicilio familiar de Jordi Pujol y Marta Ferrusola en Barcelona, en la primavera de 2017, encontró, entre otros viejos papeles, una carta. Con una letra espigada, difícil de descifrar, Florenci Pujol advertía a su hijo de que no iba por buen camino. “Te doy un toque de atención muy serio, porque te conozco, Jordi, y sé que después de esta vendrá otra, y otra y otra…” Florenci había amasado una fortuna para los suyos. Primero, con el cambio ilegal de divisas desde Tánger (Marruecos) durante la autarquía franquista. Más tarde, haciéndose con el control de unos laboratorios que se hicieron de oro gracias a una pomada para las irritaciones de gran éxito. El hombre tenía miedo de que su hijo dilapidase el patrimonio en al altar de su proyecto político. La carta no está fechada, pero alude a las inversiones que el futuro presidente de la Generalitat estaba acometiendo en instituciones culturales ligadas al catalanismo a través de Banca Catalana.