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Hace unos días se hizo pública una imagen que corrió por los móviles de todo aficionado al fútbol: un tipo con apariencia fofisana (sólo apariencia, a saber lo que hay ahí si tocas), camiseta de asas, barba dejada y media melena de calvo, tan demodé y por tanto tan romántica. Era Gonzalo Higuaín, el Pipita, exdelantero de River, Madrid, Nápoles y Juventus, internacional argentino. La foto resultó falsa. La verdadera lo mostraba sin melena y sin barba. Daba igual: se le hizo pronto la consabida comparación con Cristiano marcando músculos. Varios patrones a tener en cuenta, el primero de ellos: “Yo si tuviese ese dinero…”. Tú con ese dinero nada, milhomes, porque no lo tienes: te pasas medio día en el gimnasio y el otro medio mirando la Bolsa no porque quieras hacerte rico, que no puedes, sino porque no te aguanta nadie. Y se te ocurre levantar el discurso del dinero asociado a los abdominales, el buen pelo y la buena ropa. La maldición de que lo tenga otro que no lo sabe usar tan bien como tú lo usarías: qué sabrás de usarlo. Pero Higuaín llegó a la final de la Copa del Mundo y tú no llegaste a la pantalla final de Street Fighter 2: perdías con Vega, tardaste dos semanas en saber que llevaba cuchillas dañinas en los guantes, creías que eran para podar setos. 38 años, Higuaín, estado extraordinario. Y si no lo tuviese, mejor. La vida se explota, se exprime, muchas veces se seca y hay que abrir los embalses. El discurso de escarnio contra exdeportistas de élite con cuerpos perfectos que ahora han decidido festejar lo conseguido y tener su tiempito sabático para comer helados es el discurso del verdadero derrotado, el del tipo que come pollo hervido con la espalda muy tiesa y ha acostumbrado su cuerpo a la tiranía de su ego. Pipita, engorda. Un poco, tampoco te pongas en peligro. Sal a la calle como te dé la gana, sigue haciéndote fotos con los fans. Tú ya ganaste, por eso te señalan: te exigen estética de ganador quienes no saben lo que es la victoria, ni la estética, ni la exigencia.
Es difícil, porque es contradictorio. Te dirán que el éxito no se mide con la nota de un examen ni con balances o con hojas de resultados. Te dirán que el éxito está en la satisfacción de dormir a pierna suelta, sin que te desvele ni un reproche ni un prejuicio. Sin que te importe el qué dirán. Lo que son las cosas: lo que más te dirán es que no te importe lo que digan los demás. A la vez, querrán saber de ti a través de tus números, como si ahí estuviera nuestra mayor intimidad. Como si, en el fondo, fuéramos todos medibles.
Durante años, no tuvo nombre ni rostro, solo un número, un número temible, eso sí. El inspector de policía 81.067 llegaba a la Audiencia Nacional con el traje gris y el maletín negro de los juicios, seguido de unos cuantos hombres y mujeres jóvenes, los agentes de su unidad especializada en delitos económicos, y cuando el juez o la jueza de turno reclamaban su testimonio, se acercaba tranquilamente, colocaba sus folios y su ordenador portátil sobre la mesa y en el banquillo de los acusados alguien creía escuchar la banda sonora de La muerte tenía un precio.
El referente de Aitor Ruibal (1996, Sallent de Llobregat) es su abuelo, Rodrigo. Era quien le pelaba la fruta de la merienda, le daba 20 euros cuando los necesitaba y lo llevaba todos los días a entrenar a 120 kilómetros, hasta Cornellá, el primer equipo importante de este futbolista. “Mis padres trabajaban. Si él no hubiese estado… No sé qué hubiese sido de mí”, reflexiona. Gracias a los esfuerzos de su yayo hoy Aitor puede presumir de haber ganado una Copa del Rey, disputado una final de la Conference League y lucir el brazalete de capitán del Real Betis Balompié.

La inédita reserva acumulada en los embalses de España tras el tren de borrascas del último invierno es un espejismo porque, como advierte Pedro Parias, secretario general de la asociación de comunidades de regantes de Andalucía Feragua, “queda un día menos para la próxima sequía”. El uso del agua regenerada (residuales tratadas de forma óptima) puede ser un salvavidas más para los náufragos del cambio climático, además de evitar otra denuncia de Bruselas a España, como la presentada el pasado miércoles.

El testigo protegido 215, aún con la voz distorsionada, lo dijo claro y varias veces ante el juez y los miembros del jurado: “Fuimos a robar 1.500 kilos de droga —1.000 kilos de hachís y 500 de cocaína— pero nos estaban esperando". La noche del 25 de abril de 2009, lo que supuestamente iba a ser un “vuelco [robo de droga] seguro" porque “la información la habían facilitado varios agentes corruptos de la Guardia Civil”, resultó una suerte de emboscada, “una balacera”, describió. En la refriega, murieron dos de sus compinches y compatriotas colombianos: Derian José Morales Feria, de 36 años, y Eduard Andrés Gómez Tabares, de 25 años. Han pasado 17 años de aquellos hechos y en estos días en la Audiencia Provincial de Málaga se celebra el juicio por el conocido como el “crimen de los colombianos”.

Joan Subirats (Barcelona, 74 años) aúna medio siglo de academia —es catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Barcelona— y una corta pero intensa experiencia política: fue teniente de alcalde en el Ayuntamiento de Barcelona con Ada Colau y llegó, durante dos años, a ministro de Universidades. Una vida dedicada al estudio de las políticas públicas, con interés en otros asuntos como la desigualdad o el municipalismo. Ahora publica el ensayo La brecha entre el saber y el hacer (Anagrama), donde explora las relaciones entre el conocimiento científico y las decisiones políticas.



Pedro Alonso (Vigo, 54 años) se levantó este lunes con energías renovadas. Había descansado bien. Salió a por un café a las calles de A Coruña, donde está grabando su nueva película, y caminó por la Ciudad Vieja. Entonces empezó a ser consciente de que esa no sería una semana cualquiera. A las 10 de la mañana estaba hablando por teléfono con EL PAÍS: “Hace un rato me decía una persona de prensa de Netflix que íbamos a tener un rato largo para charlar. Pero es que para esta conversación necesitaríamos cinco días”, adelanta. No es una entrevista más de promoción de Berlín y la dama del armiño, la nueva entrega de la serie de Netflix sobre las andanzas de su personaje antes de La casa de papel y que regresa el 15 de mayo. Pedro Alonso ha tomado una decisión: no volverá a encarnar a Berlín. Esta semana viajará a Madrid para conceder más entrevistas y seguirá el tour en Sevilla, donde están ambientados los nuevos episodios. Antes de todo eso, casi una hora de conversación pausada y en la que el actor meditará mucho sus palabras. “Siento que me va a golpear la emoción por sitios que no espero”, adelanta.



Todo es mentira. Un bulo. No hay ningún niño madrileño con discapacidad intelectual ingresado por falta de plazas en Ávila, lejos de sus padres, separado por horas de carretera, huérfano de abrazos y visitas frecuentes. Corre 2001, y esa es la respuesta que obtiene Eduardo Sánchez Gatell, diputado socialista, cuando recibe la queja de una familia y pide explicaciones al Gobierno. “Y yo me he sorprendido mucho cuando he leído en la prensa que 34 niños de nuestra Comunidad se han quedado en la calle por un problema estructural de la residencia (en Ávila)”, se lamenta Sánchez Gatell cuando se destapa la verdad, según el diario de la Asamblea, en el que se aclara que en el grupo hay una decena larga de adultos. Han pasado 25 años, y aquella decisión de cubrir la falta de plazas en otras provincias aún da coletazos. Madrid acaba de licitar dos contratos para mantener la atención en Ávila y Málaga de cuatro mayores, ya que sacarlos de su rutina e integrarlos ahora en el sistema madrileño sería perjudicial. El programa, dice un portavoz gubernamental, terminará cuando se mueran.