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El gimnasio se ha convertido en el nuevo bar, la nueva plaza del pueblo y el nuevo Tinder, todo en uno. Según la última Encuesta de Hábitos Deportivos del Consejo Superior de Deportes, un tercio de los españoles mayores de 15 años está inscrito en uno de estos centros deportivos, una cifra que crece año a año y que muestra un cambio social que se filtra en otros aspectos de la vida diaria, desde los hábitos de nutrición hasta la moda.
Después de las 14 sesiones y los testimonios prestados por más de 70 personas, el miércoles quedó visto para sentencia en el Tribunal Supremo el primero de los juicios del llamado caso Koldo, la supuesta trama de corrupción que operó en el corazón del Ministerio de Transportes cuando estaba a su frente José Luis Ábalos. El exministro y exsecretario de Organización del PSOE y su entonces hombre de la máxima confianza, Koldo García, están acusados de seis delitos por lucrarse con contratos amañados de compra de mascarillas por el citado ministerio en el peor momento de la pandemia. Afrontan peticiones de pena de hasta 30 años, que se reducen a siete años por cinco delitos para el empresario Víctor de Aldama, el “elemento corruptor”, según la Fiscalía Anticorrupción, pero que decidió colaborar con la Justicia a finales de 2024 cuando se encontraba en prisión provisional por otro fraude multimillonario.

El 11 de abril de 1963 vino cargado de éxitos: los Beatles publicaron From me to you y Juan XXIII proclamó la Pacem in terris. Si todo el mundo iba a escuchar la canción, la encíclica tendría un público bien cualificado. Kennedy la leyó y la alabó. El New York Times la incluyó, cosa hoy impensable, en su paginado. Los diarios comunistas europeos —L’Unità, L’Humanité— la cubrieron de incienso, y hasta George Kennan, el pensador geopolítico de la época, asistió a seminarios en su honor. Por supuesto, es difícil que un documento pontificio pueda competir en popularidad mundana con un single: tampoco una encíclica que —por obra de Darius Milhaud— llegó a convertirse en sinfonía. Pero, si no en las discotecas, el viejo del Vaticano sí iba a ganar a los muchachos de Liverpool en valor profético: lejos aún del pacifismo y la contracultura, Lennon y McCartney seguían cantando dulces naderías, mientras que Roncalli ya hablaba de raza e inmigración, de “familia humana” y de “paz en el mundo”.
Se escuchan ecos de los primeros meses de 2020, cuando el coronavirus SARS-CoV-2 saltó de China y comenzó a expandirse por todo el mundo hasta que se declaró la pandemia de covid-19 que, en el caso de España, nos tuvo encerrados en casa durante tres meses. Ahora es otro tipo de virus el que abre periódicos: la Organización Mundial de la Salud confirmó este miércoles que el virus que tiene en vilo al mundo por un brote en un crucero antártico es el virus de los Andes, un tipo de hantavirus con una tasa de mortalidad elevada y que se puede transmitir de persona a persona.
Hay vínculos que se forman en la distancia, sin que medie relación presencial alguna. Yo veía a esa mujer portentosa que hablaba tan rápido y sabía quién era, lo que había conseguido en el periodismo de este país, una figura casi histórica a pesar de que parecía rehuir las cámaras y los focos. Brillo de oficio, de pasión profunda era lo que me llegaba de ella cuando no la conocía y formaba parte de esa constelación de referentes que una se va tejiendo a medida que crece y busca modelos que sirvan de guía para entrar en la vida adulta. No hay más que repasar las fotografías de Soledad Gallego-Díaz a lo largo de las décadas en el periódico para darse cuenta de que fue una pionera pisando un terreno que parecía patrimonio exclusivo de los hombres: en muchas de esas reuniones ejecutivas ella era siempre la única mujer. Yo tuve noticia directa de la jefa cuando conocí a Lola Hierro en una mesa redonda en Málaga y me habló de la que era entonces la primera directora de EL PAÍS. En la descripción que hacía de Sol había admiración y afecto, un orgullo de formar parte del mismo equipo que ella. Envidié a Lola como envidio a todos los compañeros que han vivido y viven la experiencia de formar parte de una redacción, de pensar y escribir al lado de otros y no en la soledad de una habitación propia. Con el texto una siempre está a solas, claro está, pero la soledad no lo es tanto cuando está contigua a otras soledades.
Desde el mes de marzo se sabe perfectamente el planteamiento de la campaña del candidato del PP a la reelección, Juan Manuel Moreno. Su equipo ha compuesto una letra que se repite tanto como la de una sevillana en la que une conceptos como “estabilidad”, “confianza”, “seguridad”, “certidumbre” y “crecimiento”. El estribillo lo remata con dos disyuntivas. La primera: “Aquí sólo (tilde justificadísima) hay dos opciones: o solo o acompañado”. La segunda: “Hay que elegir entre estabilidad o lío”. Este miércoles ha introducido una tercera: ‘O yo o el caos’, una variante de las anteriores un tanto sobrada. Tan seguro está Moreno de su victoria que ya sabe dónde la va a celebrar: “A alguna de las playas de Andalucía. Estaré feliz en cualquier playa andaluza escuchando las olas. Eso va a ser sanador y será mi mejor celebración”, dijo en una entrevista en Abc.
Si hay un debate central que marca la campaña de las elecciones andaluzas del 17-M, ese es la “privatización”. La izquierda en bloque acusa al Gobierno del popular Juan Manuel Moreno Bonilla de un deterioro intencionado de servicios públicos como la educación y la sanidad para favorecer la actividad privada en estos ámbitos. No se trata de privatización en el sentido estricto, entendida esta como el traspaso de la titularidad de un ente público, como sucedió con Argentaria a finales del pasado siglo, sino el peso creciente de entidades con ánimo de lucro para la prestación, por concierto (caso de la sanidad) o como negocio (universidades privadas o formación profesional), de servicios que eran predominantes o casi exclusivos del sector público. El PP rechaza que éste sea el caso de Andalucía.
La violencia deja un rastro de preguntas y apenas ninguna respuesta. En No sé hablar del mar (Demipage), Javier Correa Román (Madrid, 1995) busca en el lenguaje maneras de contar una infancia robada por el maltrato.
Este texto es un extracto del nuevo boletín ‘Documentalmente’, de EL PAÍS. Para recibir la newsletter, puedes apuntarte aquí.