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En los tiempos del procés, se instaló el concepto de paradiplomacia o diplomacia paralela para explicar la estrategia de la Generalitat de Cataluña que, a través de organismos culturales o económicos, promocionaba internacionalmente el plan de independencia de Cataluña. Es de suponer que Isabel Díaz Ayuso no quiere romper España porque eso equivaldría a romper Madrid (“Madrid es España dentro de España”, dejó dicho), pero la presidenta juega a dinamitar la política exterior del Estado. Lo suyo es la diplomacia de la provocación, al más puro estilo Trump.
Era primera hora de la tarde del pasado lunes, lunes de gala del Met. Las redacciones (y los famosos) estaban con los ojos puestos en trajes, flores, arte. Pocos esperaban un comunicado como el que saltaba sobre la una de latarde, hora de Nueva York, informando por sorpresa que Blake Lively y Justin Baldoni, actores, colegas en la película Romper el círculo y después archienemigos, habían llegado a un acuerdo para terminar su batalla legal, la que les enfrentaba desde diciembre de 2024 y les había costado muchos dólares y muchos disgustos, pero sobre todo una exposición pública altamente negativa que ha herido, quien sabe si de muerte, sus respectivas carreras. Han sido más de 16 meses de denuncias, declaraciones, acusaciones cruzadas y griterío online. Pero ¿para qué? ¿Quién pierde, y qué pierde? ¿O quién gana... si es que hay un ganador?
La guerra de Estados Unidos e Israel y el volátil alto el fuego no han frenado la violencia del régimen de Teherán contra su propia población. Al contrario. La frecuencia de las ejecuciones por ahorcamiento se ha intensificado, después de que durante las protestas de enero las fuerzas de seguridad masacraran a miles de opositores. Entre las víctimas del aparato represivo figura la premio Nobel de la Paz Narges Mohammadi, detenida desde hace seis meses y en un estado de salud grave. El caso de Mohammadi, símbolo de la valiente lucha por la democracia en un país sometido a una dictadura teocrática desde 1979, es una evidencia más de la crueldad de un poder impermeable a las presiones diplomáticas, y reforzado en sus posiciones tras la intervención bélica de Donald Trump.

Algunos días estás tan saturado de información, y al mismo tiempo desorientado, y te has vuelto tan suspicaz, pero a la vez tan incrédulo, que si alguien publica un artículo titulado Claves para afilar un lápiz, lo lees, por si acaso se vuelve viral y te quedas fuera de la conversación. No sé si es un gran ejemplo, porque a lo mejor encierra su misterio usar bien el sacapuntas. Te espanta la idea, en cualquier caso, de perderte algo y que justo sea lo que alumbre eso que hoy le pasa al mundo, incluso lo que al fin lo resuelva. Enfrentas semejante torrente de novedades, estímulos, declaraciones, versiones, enlaces, mensajes, stories, newsletters, substacks, que ya no sabes a qué merece la pena prestar atención y a qué no, qué es cierto y qué dudoso, qué una mamarrachada y qué un latigazo de lucidez, qué te va hacer malgastar el tiempo y qué ganarlo. No saber bien qué pasa, y menos aún cómo te sobrepones, es el peaje de todo presente.
A veces salen a la luz noticias tan aterradoras, tan inasumibles en su atroz significado y en su vastedad, que te sientes anonadada, sin fuerzas para reaccionar. Es un nivel de maldad enloquecedor. Estoy hablando de la última denuncia de violaciones múltiples publicada por la CNN. Pero ojo, que no son ataques en un callejón oscuro, sino en tu domicilio, en la intimidad y supuesta seguridad de tu dormitorio, cometidos por una persona muy querida y cercana, tu padre, tu hermano, la mayor parte de las veces tu pareja. Y lo peor es que las víctimas no lo saben, porque han sido drogadas. Como Pelicot, que fue violada durante años por más de 70 hombres, muchos de los cuales no pudieron ser localizados (se condenó a 51, incluido su marido).

El mayor centro de investigación sobre cáncer de España atraviesa la peor crisis de su historia. El último capítulo es la polémica que protagoniza su fundador, exdirector e investigador estrella, Mariano Barbacid. Este bioquímico es una de las caras más reconocibles de la ciencia del país, quien no ha dudado en enfrentarse a los gobiernos de turno en su empeño por aumentar la financiación e intentar sacar adelante nuevos tratamientos contra tumores de muy mal pronóstico. El origen de esta última crisis dentro del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) está en su intento de acelerar esa carrera mediante agresivas campañas de comunicación, recogida de fondos privados y el olvido de normas de conducta básicas en la práctica científica.

Jueves a medio día en el juzgado de lo penal de Madrid. El vestíbulo está lleno de chicos y chicas muy jóvenes divididos en grupos que se miran los unos a los otros, se nota que están en un lugar ajeno a su normalidad, muchos van acompañados de sus padres. Según el juicio que se va a celebrar, son agresores y víctimas, las dos caras de las novatadas de una residencia estudiantil de Madrid. En la sala, casi todos los considerados como perjudicados, justifican todo: “Yo sabía a lo que iba, había sido avisada de que si hacía una cosa, esa era la consecuencia”, “yo nunca he sido obligado a nada, todo lo hacemos voluntariamente”, “son normas, no castigos”, “lo del pescado, lo sabíamos todos”.
La existencia del Museo del Prado es un milagro. En 1870, bajo el Gobierno de Juan Prim y, más tarde, el reinado de Amadeo de Saboya, el erario español vivía en la insolvencia absoluta. Y la miseria era una forma de vida. ¿Qué hacer? Vender aquello que no importa. O sea, las pinturas que perecían por ignorancia. Se ofreció a Otto von Bismarck (1815-1898), creador de la gran Alemania, la colección del Prado, con todas sus obras maestras, a cambio de la condonación de la deuda. Bismarck respondió que era incapaz –pese a su apodo de Canciller de Hierro– de dejar a España sin sus tesoros. “No había dinero, pero tampoco interés por algo que no interesaba conservar, que apenas nadie valoraba, y por los que se pagaban, a veces, cantidades que salvaban de la ruina a quienes los poseían: aristócratas, alta burguesía y la Iglesia”, aclara Manuela Mena, historiadora del arte y referencia mundial en Goya. Ni a quienes tenían fondos les importó el patrimonio artístico.

En agosto de 1977, siete diputados se pusieron a trabajar en un borrador de la Constitución. Fueron José Miguel Herrero de Miñón, José Pedro Pérez Llorca y Gabriel Cisneros (procedentes de la Unión de Centro Democrático); Gregorio Peces Barba (PSOE), Jordi Solé Turá (PSUC-PCE), Miquel Roca i Junyent (minoría catalana y vasca) y Manuel Fraga (Alianza Popular). El proceso se llevó a cabo con un secretismo que ya se cuestionaba entonces: ¿por qué se apartaba a los ciudadanos del debate sobre cómo iba a ser nuestro país, cuando el borrador ya circulaba entre sindicatos, partidos políticos, la Iglesia y la Corona?
Muchos periodistas y medios de la época intentaron y lograron avanzar parte de lo que proponía el texto constitucional, pero solo un medio logró publicar el texto íntegro: fue Cuadernos para el Diálogo, revista dirigida por Pedro Altares, en noviembre de 1977. Los tres periodistas que consiguieron la exclusiva fueron Federico Abascal, José Luis Martínez y Soledad Gallego-Díaz, fallecida en Madrid el martes pasado, 5 de mayo.
Cuadernos y sus periodistas fueron acusados de irresponsabilidad por poner en peligro el proyecto constitucional. Pero no pasó nada. De hecho, la filtración del borrador abrió un debate público sobre algunos aspectos cruciales del texto y propició mejoras en su versión final.
El 3 de diciembre de 1977, una semana después de la publicación del borrador, los tres periodistas firmaron un texto en la revista en el que explicaban cómo habían logrado hacerse con el documento. Con lenguaje directo y un punto de ironía, el artículo esboza una imagen del contexto político de la época —esperanzado, pero desconfiado— y abre el debate sobre la necesidad de transparencia en las decisiones que nos afectan a todos. También es una lección de ética periodística: no solo muestra cómo tratar a una fuente anónima, sino que también explica por qué vieron necesario compartir el hallazgo con otros medios.
Esta fue la primera gran exclusiva de Soledad Gallego-Díaz, que entraría a trabajar en EL PAÍS en 1978, diario que dirigió entre 2018 y 2020. Hemos tenido el privilegio de publicar sus columnas semanales en la contraportada de Ideas desde el primer número. En estas páginas se publicó su último artículo y, a modo de homenaje y agradecimiento, rescatamos este trabajo, que marcó su carrera de forma decisiva.


La frase la sacó de un libro —dijo cuál, pero se me ha olvidado— e inmediatamente la asumió como propia: “No hizo lo que quiso, pero jamás hizo lo que no quiso”. La aplicó a su vida, a su muerte y al oficio que la hizo tan feliz, el periodismo. Hay que ser muy fuerte para defenderla con coherencia en las más diversas circunstancias. Decía: lo mejor del periodismo es estar ahí, no esperar a que otros te lo cuenten. Si alguien había nacido, como ella, en pleno franquismo, era muy difícil fiarse de otra cosa que no fuese de lo que veía con sus propios ojos.