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Escribo (en el ordenador, como en las grandes ocasiones) en Baños del Carmen, el lugar en el que leí Retorno a Tipasa, las diez páginas en las que Albert Camus describe el tiempo pasado sobre las ruinas que inspiraron su Bodas en Tipasa. Había celebrado Camus, cuando tenía poco más de veinte años, el azul del Mediterráneo en el que se sumergían él y sus amigos rodeados de ruinas romanas, la gracia y belleza de la juventud que todo lo disculpa, la felicidad espontánea e imprudente, y dejaba una lección principal que luego serviría para mover su mundo y el de sus lectores: hay que vivir sin trascendencia, pero con intensidad.
En una interpelación digna de un repetidor de sexto de primaria, Santiago Abascal ha llamado Juanma Moruno al candidato popular a presidir la Junta de Andalucía. Hay que alabar la madurez del aludido, que no se ha dado por tal, a diferencia de su partido, que ha corrido a las faldas voxeras para demostrar que, a ellos, lo moruno no les gusta ni en pinchitos. De ahí los pactos en los que cierran el grifo a Cáritas (aunque luego lo medio abran), que se hagan la picha un lío exigiendo no sé qué arraigos a los extranjeros y boicoteen el proceso de regularización en las administraciones que controlan.
Viniendo hacia el hospital para cubrir el turno de cuidado a mi madre veo cómo un furgón policial se lleva a unos 10 o 12 hinchas de un equipo de fútbol. En otra ocasión, cruzando la Alameda, frontera entre mi casa y la de mi madre, me vi envuelta en una carrera sanferminera improvisada entre hooligans exaltados. Cuando mis amigos queden en la feria esta semana, no podrán andar para ir de una caseta a otra por la masificación. Y la pregunta que siempre me deja estas situaciones es: ¿los desperfectos urbanos, la limpieza, la seguridad... quién los paga? ¿Nuestros impuestos; los de sevillanos curritos que trabajamos cada mañana, también las de feria, para que en El Real ―como ahora dicen los foráneos entendidos― puedan disfrutar los privilegiados? ¿Para cuándo las tasas a los equipos de fútbol que dejan sueltos a sus hinchas en el centro histórico (y no fan zone) a beber alcohol y tirar sillas de los bares? Definitivamente, los que resistimos en el centro de Sevilla y no nos queremos dejar echar, lo tenemos cada vez más complicado. Nuestros dirigentes han decidido que esta cuidad nuestra está destinada a ser el bareto de España y de Europa... ¡Viva Sevilla y olé!
Los límites entre la pedofilia (atracción sexual recurrente hacia niños o adolescentes) y la pederastia (el acto cometido por un adulto sobre un menor) son claros, pero en ocasiones esa frontera se rompe y los efectos son devastadores. La psicóloga Laia Calabuig trabaja a diario para evitarlo. Atiende mensajes y llamadas de personas que en algún momento se han sentido atraídas por menores de edad desde PrevenSI, una asociación con sede en Barcelona que ofrece un servicio de prevención del abuso sexual infantil centrado en individuos que sufren esa fascinación. “Tengo miedo de ser un pedófilo”, dicen quienes piden ayuda, conscientes de que algo falla. El año pasado llegaron a la organización, desde España y de países latinoamericanos (el país con más visitas a la web es México), 885 consultas.
El día 12 de julio de 2012, una mujer decidió limpiar su finca de El Vellón, en la sierra de Madrid, de rastrojos y malas hierbas. La señora, que en ese momento tenía 69 años, se puso a cortar el pasto y recoger los restos a una hora de máximo calor, las dos y media de la tarde. Después, arrojó todo a un bidón y le prendió fuego. Unas horas después, las llamas habían consumido 430 hectáreas de monte (cuatro veces el parque del Retiro), afectó a diversos hábitats protegidos y tuvo un alto impacto en el acuífero de Torrelaguna, el término municipal colindante con El Vellón. 14 años después, la señora ha sido condenada a un año y medio de prisión y al pago de casi 1,4 millones de euros, después de que la causa anduviera perdida en el juzgado durante varios años.

Sus lenguas maternas son el euskera y el farsi. El castellano lo aprendió más tarde, pero lo domina. La actriz Fariba Sheikhan nació en 1988 en el hospital de Cruces de Barakaldo de madre vasca y padre iraní: “A esta edad empiezo a preguntarme cosas, de dónde vengo, a dónde voy…”. Viene de muchos sitios y ha pasado por otros tantos. Se crio en Gernika, a los 19 años se fue a estudiar en Sevilla, ha vivido en Málaga o Londres y sus proyectos le han hecho recorrer mundo. Series como Salvador, Teherán, La unidad o películas como The covenant, de Guy Ritchie. En otoño estrenará Disforia, primera obra de Christopher Cartagena, con un papel protagonista, y prepara un largo en euskera y otra serie de comedia. Lleva tres años afincada en Madrid, donde atiende a la entrevista en una cafetería del Rastro.

Una mañana enciendes el ordenador en casa y no logras acceder a la plataforma de trabajo. El último mensaje de WhatsApp es de la noche anterior. Tampoco funciona el portal de la administración electrónica. Está claro claro: tienes internet bloqueado por las autoridades. En teoría, solo es necesario reiniciar la VPN —la red privada virtual, un programa que sirve de túnel para eludir la censura y puede cifrar las comunicaciones—, pero la VPN de siempre, de pronto, no funciona: ha sido deshabilitada. Pruebas otra. Tampoco. Empiezan los nervios, una prueba tras otra. Pierdes una hora —otros días ha sido más tiempo—, pero por fin arranca. Entre las decenas de wasaps que se descargan de golpe, hay uno con un aviso importante de tu familia.
No hay nada de normal en lo que rodea a los residentes de Tiro. La mayor ciudad del sur de Líbano, amada por los visitantes locales e internacionales como un paraíso mediterráneo entre plataneros y restos de ciudades antiguas, procesa estos días el temor de ser a partir de ahora uno de los mayores objetivos del ejército israelí. Aunque Líbano se encuentra en una supuesta tregua temporal, Israel dejó el mensaje escrito en cuatro edificios residenciales que hundió en el centro de la ciudad en el último minuto previo al cese. Ahora, los escombros de aquellos ataques —uno de los cuales, descrito por los locales como un terremoto, fue una masacre, con una veintena de muertos mientras todavía se buscan dos cuerpos más— instalan entre los residentes el miedo a que Israel retome la guerra con la misma fuerza con la que la pausó.


La refugiada sudanesa Nermeen (nombre ficticio) aún recuerda la infausta llamada que recibió el 14 de febrero: su marido acababa de ser arrestado cuando se dirigía a una cita con el médico en Faisal, uno de los barrios de El Cairo donde se concentran más desplazados de la guerra civil de Sudán. “Es un hombre mayor, de 60 años, con un solo riñón y un corsé ortopédico. Somos una familia de 10 y estamos luchando por sobrevivir”, describe Nermeen, que huyó de Kordofán y llegó a Egipto en mayo de 2023. Asegura que su esposo dispone de un pasaporte en vigor, de una tarjeta válida de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) y de un permiso de residencia en regla. Pero nada de esto le salvó de ser arrestado y trasladado a una comisaría a las afueras de la capital egipcia, como ha ocurrido con otros miles de migrantes y refugiados de Sudán y Siria este año.