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Un runner cuarentón con reloj inteligente y equipación profesional completa de una firma cuyo nombre significa victoria en griego; una dama de unos 70 con un cabello rubio cardado y una rebequita con botones lujosos que contrastaban con unas mallas juveniles (claramente acababa de salir de misa); un anciano más inclinado sobre su cacha que la Torre de Pisa; una pareja de mujer y hombre (sin duda un matrimonio) con cara de resaca junto a los que caminaba un nobilísimo Braco de Weimar; una pareja formada por dos hombres con pantalones cortos floreados que jugaban con un caniche blanco; una mujer negra (diría que unos 50) apretada en lycra sobre unas zapatillas baratas pero pintonas. En el sudor que le corría por la frente se le quedaban pegados copos de vilano, esa nieve fértil que nace de los chopos y contra la que también luchaban un padre y un hijo en bicicleta. Abajo, el cauce del Sil murmuraba y de pie en su lecho un chico joven con dilataciones en las orejas agitaba su caña de pescar, tratando de impedir que el anzuelo se le agarrase a la maleza. Justo cuando conseguía afinar la trayectoria pasó a su altura una señora muy arrugada vestida con una falda de franela. En los pies llevaba unas zapatillas negras como de Doña Rogelia, y le seguía de cerca, renqueante y con la boca abierta un muchacho torpe, también con camisa y pantalón de vestir, que protegía su cabeza con una gorra verde de Caja Rural. Todos ellos se cruzaron con una persona fascinada con la belleza de un espectáculo por el que no tuvo que pagar entrada. A ella no hace mucho alguien le comentó desde el anonimato: “Ay, Raquelina. Qué poco te queda de la pamplina woke. Entonces tendrás que volver a tu casa”. El domingo se acordó de él. Pensó: “Cuando ese día llegue, seguro que nos encontraremos paseando por el río que abraza a la ciudad”. Si ocurre, quizá hasta se saluden con amabilidad.

Tengo la nacionalidad en crisis. Mientras se escucha, se ensalza y se rebate “la prioridad nacional”, yo ya no sé si seré español. Tal vez sea porque mi tez se vuelve aceituna al tercer rayo de sol y avisa que ancestros andalusíes haberlos, haylos. La verdad, medir la “españolidad” me parece muy difícil. Si es por el idioma, tengo un compañero made in Zhejiang que tiene un C2 en castellano. Creo que si me tocara pasar esa prueba, aunque sea juntaletras, catearía. Tres cuartos de lo mismo me pasa si me asomo al patio de luces y escucho la videollamada de mi vecino con su hijo militar. A mí, eso de “garantizar la soberanía e independencia de España” no me ha llamado nunca. Al vástago de una familia de origen ecuatoriano, sí. Luego, bajo a la carnicería halal de la esquina de casa y el carnicero le ha traído tortas cenceñas para que haga gazpacho a una vecina de siempre. La vecina le promete un tupper, él le ha regalado un poco de kalinti. Mezclarse. Cuidarse. Esforzarse. Valores de una nacionalidad que se teje y se crea en lo cotidiano. Esa nacionalidad de la que no tengo dudas. Tal vez, al final, lo que esté en crisis no sea mi españolidad.

Un camión de reparto de Coca-Cola descarga decenas de cajas de refrescos en la fachada este del mercado de los Mostenses a las 10 de la mañana. El destinatario de la mercancía no es el mercado municipal, sino una marisquería situada en la Gran Vía de Madrid, a poco más de 200 metros. “Hemos tenido que parar aquí porque en la Gran Vía es imposible”, se justifica un trabajador, en alusión al tráfico constante de la zona. El vehículo del gigante de las bebidas no es el único: varias furgonetas permanecen estacionadas a ambos lados de la plaza, mientras taxis y vehículos particulares circulan con dificultad entre ellos. En el pavimento no hay señal alguna que delimite una zona de carga y descarga, porque la plaza de los Mostenses es un espacio peatonal desde 2023, cuando el Ayuntamiento de Madrid invirtió tres millones de euros en reformar el recinto para ampliar el espacio de los peatones y vetar el acceso al tráfico rodado. Al menos ese era el objetivo, en la práctica este espacio de la capital se ha convertido en un scalextric en el que los coches ignoran la prohibición de circulación, a pesar de las llamadas y las quejas constantes de los residentes a agentes de movilidad.

Al llegar el Día de la Madre, que se celebra este próximo domingo, 3 de mayo, cada año se plantea el mismo debate; que también ocurre con el Día del Padre. ¿Se deben celebrar estas fechas en los colegios? ¿Es necesario preparar un regalo en clase? Una cuestión sobre la que existen diferentes opciones.
El sueño de la infancia de Estel Blay Carreras (Manresa, 39 años) era convertirse en astronauta. Más de la mitad de las niñas que tienen la ambición de dedicarse a las ciencias desisten en la adolescencia, pero no fue su caso, que convirtió una fantasía en un plan de futuro profesional. Se formó en Ciencia Aeroespacial, se doctoró, tuvo varios trabajos. Hoy, esta mujer, que vive en un barrio residencial de Sitges con su familia y dos hámsteres, que nos recibe con una sonrisa y en calcetines, que tiene un estilo de vida aparentemente convencional, en poco más de un año será la próxima comandante de una misión que simulará, en una isla remota del Ártico, una expedición a Marte.
Ingenuidad. Bonhomía. Error de cálculo. La respuesta de cuántas fuentes socialistas consultadas insiste en la teoría que los dos concejales del PSC en Ripoll, Enric Pérez y Anna Belén Avilés, tomaron en solitario la decisión de abstenerse en la votación de los presupuestos, votos que permitieron a Sílvia Orriols aprobar las cuentas y allanar el camino hasta 2027. No aparece una versión alternativa que cristalice tres semanas después, aunque el desconocimiento jerárquico también debería ser motivo de preocupación en el partido. La voluntad de evitar otro episodio de victimización de la alcaldesa de Aliança Catalana derivó en una crisis doméstica del PSC, torpemente gestionada, que deja un socavón en plena cuenta atrás hacia las elecciones municipales. En Ripoll, zona cero del combate democrático a la extrema derecha, el PSC no tiene un proyecto con categoría de alternativa pragmática a Orriols.
Han pasado cuatro meses desde que Chiedza (nombre ficticio), de 33 años, regresó a Zimbabue desde Myanmar, donde fue víctima de trata de personas, pero su trauma sigue muy vivo. Como miles de zimbabuenses obligados por las dificultades económicas, esta madre soltera de dos hijos migró al sudeste asiático en noviembre de 2024, creyendo que había encontrado un empleo en Tailandia, pero acabó en manos de una red criminal en Myanmar. Le quitaron el pasaporte para evitar que huyera y la obligaron a realizar estafas por internet en Shwe Kokko, una ciudad conocida por la concentración de este tipo de crímenes.
El bloqueo del estrecho de Ormuz dura ya casi dos meses y está privando al conjunto del planeta de un suministro de energía que ha disparado el precio del petróleo y el gas, y aún más de sus productos derivados. La escasez es real en las economías asiáticas, las más dependientes de las importaciones de Oriente Próximo, región que hasta marzo surtía al mundo el 29% del gas natural licuado de petróleo y el 19% de productos petrolíferos refinados (gasolina, diesel, combustible para aviones...). Mientras pasan los días, crece la amenaza de falta de fuel para los aviones en Europa, donde ya se dan las primeras cancelaciones de vuelos para los próximos meses.

Cuando la escritora y filóloga aragonesa Irene Vallejo (Zaragoza, 47 años) echó a cabalgar por los caminos de Grecia a misteriosos grupos de hombres en busca de libros para la Biblioteca de Alejandría en las primeras líneas de El infinito en un junco, poco imaginaba que unos años después ella misma presentaría su obra en la moderna heredera de aquel mítico enclave de la Antigüedad clásica. “Para mí es la culminación de más de seis años de ruta literaria por el mundo”, desliza, “y tengo la sensación de cerrar un hermoso círculo allí donde todo empezó”.


Han pasado más de cuatro décadas desde que la fotógrafa estadounidense Donna Ferrato (Waltham, Massachussets, 76 años) fuera testigo por primera vez de cómo un marido abofeteaba a su esposa. Su primer instinto fue apretar el obturador de su cámara Leica; el segundo, abalanzarse sobre él y pedirle que parara. Fue un punto de inflexión en su carrera, el instante en que comprendió que su trabajo como fotógrafa necesitaba dar un paso más, servir de contrapeso a una realidad que acababa de noquearla. Aquel día Ferrato comprendió que no podría seguir tomando fotos sin implicarse en la lucha contra la violencia de género.


