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“Pero aquí está el molesto duendecillo de las cavernas” o “una dinámica de lo más brutal, digna de un duende” son dos respuestas que ChatGPT dio a un usuario de Reddit en febrero. “Desde las versiones 5.3 y 5.4, ha empezado a comparar cualquier cosa negativa con un duende”, añadía.
No estaría mal haber sido Filippo Brunelleschi. Hijo de un notario florentino del siglo XIV, entrenado como escultor y arquitecto de la cúpula de la catedral de Santa María del Fiore, el tipo vivió rodeado de belleza, parte de ella de producción propia, y eso debe resultar agradable, ¿no te parece? Pero lo que yo más le envidio es haber hallado una fórmula mágica —la ley de la perspectiva cónica— capaz de convertir la superficie de un papel en un objeto tridimensional con un realismo asombroso e hipnótico. Todos los estudiantes de dibujo conocen esa fórmula. Nos dice que las líneas paralelas que se alejan de nosotros (en la realidad) convergen en un punto de fuga (en el papel).
Los sublevados franquistas del año 36 del siglo pasado vivieron un momento de sangrienta efervescencia en el verano y principios del otoño de aquel año. No perseguían crímenes o delitos concretos; perseguían a personas e ideologías. Y así mataron a miles de individuos. En el Barranco de Víznar, en Granada, han aparecido ya 194 personas arrojadas a 29 fosas comunes. Solo 11 han sido identificadas por ahora. El rasgo común de todas era ser sindicalistas, socialistas o republicanos. Y por ello fueron fusilados sin juicio ni condena. 90 años después, sus familiares se empeñan en que tengan el juicio que nunca tuvieron. Algunas de esas 11 familias han declarado ante la Fiscalía de Memoria Democrática de Granada. Han contado la verdadera historia de sus abuelos o bisabuelos, no para buscar culpables, sino para dar a conocer la verdad sobre la vida y muerte de sus antecesores.

A las ocho de la mañana empieza el día sobre ruedas. Un equipo de especialistas en salud mental se reparte por la ciudad en taxis y coches. El destino no es un hospital, sino varios colegios e institutos. Agendas abiertas, portátiles encendidos y toda la jornada por delante. No hay batas blancas ni salas de espera. Hay pasillos, patios, aulas y despachos prestados. Hay familias esperando un diagnóstico, profesores pidiendo orientación y niños que, sin saberlo, están a punto de ser escuchados en el único lugar donde se sienten seguros: su centro educativo. A veces el día cabe en un solo colegio. Otras, se fragmenta en trayectos, llamadas desde el coche y reuniones improvisadas entre clases. Las psicólogas clínicas y las psiquiatras sostienen agendas más estables; el trabajador social y las enfermeras se mueven con la urgencia de lo que surge. La misión es la misma: llevar la consulta allí donde los menores están. Muchos no llegan a los ambulatorios, pero todos pasan por las aulas.
Si hay un artista con el currículo necesario para hablar de libertad de expresión y censura, ese es Ai Weiwei. Y su respuesta ante cualquier tipo de restricción, al margen de contra quién vayan los intentos de silenciar una voz, es no. Este creador chino multidisciplinar, de 68 años, que sufrió la persecución y censura de su gobierno y que hoy vive exiliado en Portugal, también ha residido en Estados Unidos, Alemania y Reino Unido, donde en 2023 vio cómo su exposición en la Lisson Gallery de Londres era cancelada tras hacer unas declaraciones en redes sociales criticando a Israel por sus ataques contra Gaza. Por eso asegura que la censura no tiene fronteras y es parte de todos los sistemas políticos, incluidas las democracias occidentales.
El surrealismo ejerció, como ningún otro movimiento de vanguardia, una poderosa fascinación sobre un gran número de escritoras, pero sus historias se han contado a medias con nombres canónicos, cronologías limitantes y una presencia femenina reducida a los márgenes. La llama ebria (Bartebly Editores y La Torre Magnética, 2025) irrumpe en ese escenario con la intención de amplificar voces poco conocidas y, al mismo tiempo, cuestionar los marcos desde los que se lee a las de mayor resonancia.

Cuando hablan de los inicios del festival lo relatan como un tiempo lejano donde no había redes sociales y las informaciones se comunicaban a través de primitivos blogs o en la prensa escrita. Parece el siglo XIX, pero fue hace 20 años, porque ya han pasado 20 años desde 2006.
Varias series se despedirán para siempre en mayo. Primero lo hará Outlander, después The Boys. Hacks lo hará en la última semana. Y es muy posible que Euphoria también tenga aquí su adiós definitivo. Entre tanto final, habrá también hueco para estrenos. Habrá ficción británica como la adaptación de El señor de las moscas. También comedia con suspense en Satisfacción garantizada. Nicolas Cage será un Spider-Man mayor e investigador privado en la Nueva York de los años treinta, y la humorista Victoria Martín adapta su propia novela para debutar como creadora de televisión en Se tiene que morir mucha gente.

El Barcelona empieza a saborear la Liga. De hecho, este fin de semana ya puede proclamarse campeón si vence a Osasuna en Pamplona este sábado (21.00, Movistar) y el Real Madrid no derrota al Espanyol el domingo a la misma hora en el RCDE Stadium el domingo. Una Liga que podría llegar con una marca histórica: alcanzar los 100 puntos, un récord que comparten el Madrid de José Mourinho (2011-2012) y el Barcelona de Tito Vilanova (2012-2013).
El balón iba y venía y el resultado también hasta alcanzar la cima de un 5 a 4. El PSG y el Bayern honraron el fútbol en un partido memorable. Dos equipos de gran armonía colectiva, pero las costuras del orden las rompía una y otra vez el orgullo casi amateur de los jugadores: generosos hasta la imprudencia, valientes hasta lo temerario, honestos hasta la emoción.