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Hay una serie fabulosa que estos días no solo nos entretiene, sino que nos da una hermosísima lección. Se llama Empatía y aborda la vida de una psiquiatra, su equipo y sus pacientes en un pabellón cargado de enfermedades mentales, pero sobre todo de personas con heridas, sin recursos para abordarlas, cada uno con sus ternuras y sus barbaridades. Y lo que impresiona es que no hay gran línea divisoria entre los pacientes y sus cuidadores porque todos, tanto los internos —delincuentes en muchos casos— o los profesionales que se ocupan de ellos, tienen fracturas vitales, fantasmas interiores y vulnerabilidades que les acercan. La serie lo aborda con tanto humor y respeto que llama aún más la atención en estos tiempos en que las pantallas nos devuelven salvajadas e injusticias a juego con la actualidad. Y no es en absoluto una serie ñoña, es simplemente única y extraña en este tiempo feroz.
Irene Moreno vive de alquiler en Chamberí, aunque por poco tiempo: un fondo buitre ha comprado su edificio y lo convertirá en un bloque de lujo. Está a pocas paradas de metro del Congreso, donde el martes se decidía sobre la prórroga de los alquileres con la presencia de algunos invitados, entre los que estaba Irene.

En la pantalla de Zoom aparecen tres mujeres: Alex Cadon, investigadora y ciberfeminista; Eva Cruells, psicóloga, investigadora y consultora en políticas públicas de género; y Núria Vergés, socióloga e investigadora con un doctorado en economía social y experta en ciberseguridad. Son las creadoras de Fembloc, una organización única en España de atención a víctimas de violencia machista digital nacida en Cataluña a finales de 2022. Las tres llevaban más de dos décadas analizando el crecimiento de Internet y de las redes sociales. Lo que percibieron, “sobre todo a partir de 2014”, es que, a medida que se expandía el mundo virtual, también lo hacía esa violencia, adaptándose muy rápido.



“Pero aquí está el molesto duendecillo de las cavernas” o “una dinámica de lo más brutal, digna de un duende” son dos respuestas que ChatGPT dio a un usuario de Reddit en febrero. “Desde las versiones 5.3 y 5.4, ha empezado a comparar cualquier cosa negativa con un duende”, añadía.
No estaría mal haber sido Filippo Brunelleschi. Hijo de un notario florentino del siglo XIV, entrenado como escultor y arquitecto de la cúpula de la catedral de Santa María del Fiore, el tipo vivió rodeado de belleza, parte de ella de producción propia, y eso debe resultar agradable, ¿no te parece? Pero lo que yo más le envidio es haber hallado una fórmula mágica —la ley de la perspectiva cónica— capaz de convertir la superficie de un papel en un objeto tridimensional con un realismo asombroso e hipnótico. Todos los estudiantes de dibujo conocen esa fórmula. Nos dice que las líneas paralelas que se alejan de nosotros (en la realidad) convergen en un punto de fuga (en el papel).
Maksym se echa a llorar cuando, en pleno registro policial, desbloquean su móvil en un ataque de fuerza bruta, un método con el que se encuentra la contraseña probando todas las combinaciones posibles. Un policía especializado en ciberdelitos recogió toda la información del dispositivo en vivo, antes de que lo borrara. Maksym, de 40 años y al que apodaban El Maestro, es el líder de un grupo criminal investigado por blanquear dinero a gran escala haciendo apuestas fraudulentas en casas de juego online. Su grupo llegó a suplantar las identidades de 240 personas en España que ni siquiera sabían que estaban jugando en su nombre. Cuando fueron a hacer su declaración de la Renta, vieron que Hacienda les reclamaba cantidades de hasta 7.000 euros por unas apuestas en internet que no habían hecho. La Policía le detuvo el pasado junio, junto a otras 11 personas. Maksym y cinco de los miembros de su grupo, todos de nacionalidad ucrania, menos un ruso, están en prisión provisional desde entonces.
Cambiando el arranque de Hijos de la ira, del poeta Dámaso Alonso, Madrid es una ciudad de miles de toneladas de granito. No existen, desde luego, últimas estadísticas. Basta la contemplación diaria. Plazas, aceras, muros, edificios, rotondas, bancos, bordillos. Casi todos los elementos que construyen el “lego” de una urbe. En los tiempos de Felipe II y Felipe IV la lógica residía en que era la piedra que se extraía de las cercanas canteras de la Sierra del Guadarrama, y El Monasterio de El Escorial fue el modelo arquitectónico de un imperio.

A las ocho de la mañana empieza el día sobre ruedas. Un equipo de especialistas en salud mental se reparte por la ciudad en taxis y coches. El destino no es un hospital, sino varios colegios e institutos. Agendas abiertas, portátiles encendidos y toda la jornada por delante. No hay batas blancas ni salas de espera. Hay pasillos, patios, aulas y despachos prestados. Hay familias esperando un diagnóstico, profesores pidiendo orientación y niños que, sin saberlo, están a punto de ser escuchados en el único lugar donde se sienten seguros: su centro educativo. A veces el día cabe en un solo colegio. Otras, se fragmenta en trayectos, llamadas desde el coche y reuniones improvisadas entre clases. Las psicólogas clínicas y las psiquiatras sostienen agendas más estables; el trabajador social y las enfermeras se mueven con la urgencia de lo que surge. La misión es la misma: llevar la consulta allí donde los menores están. Muchos no llegan a los ambulatorios, pero todos pasan por las aulas.
Si hay un artista con el currículo necesario para hablar de libertad de expresión y censura, ese es Ai Weiwei. Y su respuesta ante cualquier tipo de restricción, al margen de contra quién vayan los intentos de silenciar una voz, es no. Este creador chino multidisciplinar, de 68 años, que sufrió la persecución y censura de su gobierno y que hoy vive exiliado en Portugal, también ha residido en Estados Unidos, Alemania y Reino Unido, donde en 2023 vio cómo su exposición en la Lisson Gallery de Londres era cancelada tras hacer unas declaraciones en redes sociales criticando a Israel por sus ataques contra Gaza. Por eso asegura que la censura no tiene fronteras y es parte de todos los sistemas políticos, incluidas las democracias occidentales.