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Ibrahim Badr corre, ajeno a la miseria y la incertidumbre que le rodean, entre las tiendas de campaña de familias desplazadas instaladas en un patio de la Universidad islámica de Ciudad de Gaza. Tiene dos años y medio y un inconfundible acento egipcio que delata que aprendió a hablar en el país vecino, lejos de toda su familia y de Gaza.



Christine Lagarde, la presidenta del BCE, se presentó ante los medios este pasado jueves luciendo en la solapa el broche de un búho, el símbolo de la sabiduría con el que dijo identificarse al inicio de su mandato. “No soy una paloma, ni un halcón. Mi ambición es ser un búho”, declaró allá por diciembre de 2019. Fue la proclama con la que avanzó que su intención no sería inclinarse por las bajadas de tipos (con las que la jerga de la política monetaria identifica a las palomas) ni con las subidas del precio del dinero, la postura que defienden los halcones. Más de seis años después, Lagarde está justo en ese punto intermedio, en el de no reaccionar demasiado pronto con alzas de tipos a la subida de la inflación que ya está provocando un petróleo mucho más caro —y dañar de forma precipitada el crecimiento como le sucedió en 2011 a su antecesor Jean-Claude Trichet— ni subirlos cuando ya sea tarde y la inflación campe a sus anchas, como ocurrió en 2022, el año en que la guerra de Ucrania sumió a Europa en una crisis energética. La inacción sin embargo promete durar poco tiempo, a la vista de que el shock energético que está provocando la guerra en Oriente Próximo se prolonga.
“Mira, ahí lo pone: 1966”. El padre de Rafael Jódar, también Rafael, se acerca a la estatua conmemorativa y profundiza en los orígenes históricos del Club de Tenis Chamartín, fundado hace 60 años por un grupo de amigos que se reunían en la Ciudad Deportiva del Real Madrid y que decidieron comprar unos terrenos al norte de la ciudad, dentro de la almendra central de hoy. “Esto es nuestra casa, vivimos aquí”, dice el hombre, que una hora antes empujaba un carrito cargado de pelotas en la pista 13 mientras llovía a cántaros. Bajo la cubierta, un esquema básico: él, su hijo y un compañero. Nada más. Una escena absolutamente extraordinaria en el paisaje tenístico actual, donde los tenistas viven rodeados de satélites allá por donde van.
Un año después de haber estado en un buen hotel habrá olvidado casi todo menos el olor. Esa fragancia diseñada para hacerlo sentir por un tiempo un mortal levemente superior al resto habrá quedado almacenada en algún rincón de su hipocampo con un 65% de precisión, según apuntan algunos estudios. El día que regrese, reconocerá de inmediato la sensación: ha llegado a un sitio que huele a caro —olor a rico—, que se dice ahora en TikTok, así que alguien se hará cargo de usted por unos días siempre que su tarjeta de crédito también huela a rico, o al menos a persona solvente con disposición a gastar dinero.
No es una pregunta retórica. Después de hablar con varias personas, hombres y mujeres, de diferentes tendencias sexuales, ninguno supo responder para quién trabajan exactamente aquellos que se musculan hasta la hipertrofia en el gimnasio, o los que cuentan por cientos los ejercicios abdominales para sacar un six pack (o tableta de chocolate) debajo de los mínimos gramos de grasa que aún conserven en el abdomen.
Hay un tipo de foto que desarma incluso al más fotogénico: la foto de carnet. Ese retrato de unos 32x26 milímetros sin artificios iguala a todos, anónimos y famosos, ricos y pobres, guapos y feos. Todo el mundo necesita una en algún momento y se somete al mismo ritual de sentarse erguido frente al flash con un semblante tan neutro como el fondo de detrás. Hay quien sale bien parado y quien no se siente representado, pero en el caso de las celebridades sucede un fenómeno extraño. Acostumbrados a verlas siempre deslumbrantes y producidas, tener acceso a este pedacito de su intimidad es como conocerlas en su esencia más pura, más honesta, más real. “Hemos fotografiado a más de 800 famosos y ninguno vino acompañado de asistentes, maquilladores ni gente de relaciones públicas diciendo: ‘Haz esto, haz lo otro’. Simplemente, eran ellos mismos”, comenta por videollamada Philip Sharkey (Londres, 60 años), último dueño de Passport Photo Service, el estudio fotográfico londinense más frecuentado por las estrellas.
En el mundo jardinero, y con el paso de los años, el abanico de gustos de una persona se amplía a medida que se cultivan más y más plantas. Así le ocurrió a Jesús Hernández, cultivador madrileño, aunque informático de profesión: “Al principio no me gustaban los rosales, ni tampoco las especies que tenían flores muy grandes, prefería aquellas más sutiles y pequeñas, y descartaba los floripondios, me parecían excesivos”, puntualiza. Con el correr de los años, su terraza se fue transformando, al igual que sus preferencias. “Un día me regalaron un rosal sencillo, con flores de cinco pétalos, así que me empecé a interesar por ciertos rosales que tenían un aire más silvestre. Y lo mismo me ocurrió con el otro veto que tenía hacia las flores enormes una tarde que estaba navegando por internet, buscando viveros especializados. Cuando vi cómo uno de ellos comercializaba docenas de amarilis, caí enamorado y compré varios para mi jardín en macetas”, recuerda.

Es 2026 y parece increíble que a estas alturas se siga hablando de mitos obsoletos como los de buena madre o mala madre, “cuando son términos que hacen mucho daño, porque la mayoría de las mujeres intentan hacerlo lo mejor que pueden o lo mejor que saben”, explica a EL PAÍS Iria Marañón (Madrid, 49 años), periodista, filóloga y autora de cuatro libros sobre maternidad y feminismo. El último es Somos revolución, somos feminismo (La esfera de los libros, 2025), en el que invita al lector a descubrir qué es el feminismo, a identificar las desigualdades de género que siguen existiendo y a disfrutar aprendiendo de la historia de las mujeres y “cómo tanto chicas como chicos tenemos el poder de cambiarla”.
La guerra en Irán ha sacudido los mercados y sembrado incertidumbre sobre el suministro energético mundial desde marzo, pero no ha frenado la carrera por el liderazgo en la inteligencia artificial. Anthropic acaba de anunciar una de las mayores inversiones de los tres años de auge de la IA: un compromiso de 100.000 millones de dólares a diez años en centros de datos de Amazon. Menos de 24 horas después, SpaceX —la empresa espacial de Elon Musk reconvertida desde febrero en conglomerado tecnológico— compró una desarrolladora de IA por 60.000 millones. OpenAI tampoco se queda atrás. A principios de abril, en plenos bombardeos en el Golfo, cerró una ronda de financiación en la que recaudó 122.000 millones de dólares, una cifra sin precedentes en la historia del sector.
El año 2026 puede convertirse en el año de las grandes salidas a Bolsa si el conflicto en Oriente Próximo no dinamita la confianza de los inversores. La esperada llegada al parqué de compañías ligadas a la inteligencia artificial como SpaceX, OpenAI y Anthropic está despertando un gran interés entre inversores y gestores de activos y forzando a los proveedores de los grandes índices bursátiles mundiales a estudiar cambios en la composición de selectivos como el S&P 500, el Dow Jones o el Nasdaq 100 para facilitar su incorporación. Una pequeña revolución de carácter técnico que encierra un claro objetivo: atraer a estas grandes compañías a sus respectivos mercados y dar respuesta a la elevada expectación. Tras años de reinado de las siete magníficas —Nvidia, Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon, Meta y Tesla—, Wall Street se prepara para acoger nada menos que a diez magníficos.