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Los países de Oriente Próximo no se habían visto en una situación económica tan crítica en décadas. Algunos de ellos, nunca. El doble cerrojo que pesa sobre el estrecho de Ormuz ha hundido sus exportaciones de petróleo y gas a mínimos de muchos años, reduciendo sus ingresos, obligándoles a pedir ayuda externa ―al mismo país, Estados Unidos, que, junto con Israel, ha convertido una vez más a la región en un enorme polvorín― y a buscar a la desesperada alternativas para poder vender su producción fósil. Sin esas exportaciones, difícilmente podrán aguantar muchas semanas más sin que el daño financiero pase a mayores.
“Los hombres quieren su prepucio de vuelta”, titula Bianca Bosker a un artículo publicado en The Cut en el que habla del caso de un hombre llamado David Floyd, que a través de diferentes foros descubrió el concepto de “restauración prepucial” (foreskin restoration, en inglés). Al cumplir 18 años se compró un TLC Tugger, un dispositivo médico no quirúrgico diseñado para la restauración del prepucio (utiliza silicona y tensión para estirar la piel residual del pene y promueve el crecimiento de nuevo tejido). Esta es una opción popular para hombres que buscan recrear el prepucio tras una circuncisión. Pero no fue suficiente. A lo largo de los años, intentó todo tipo de fórmulas para recuperar su prepucio hasta que el pasado invierno, decidió pasar por el quirófano abogando por la cirugía experimental. Asegura que cuando tuvo relaciones con su marido tras la operación, lloró de la emoción.
Lo bueno de tener una infancia con poca oferta de ocio es que los niños de los ochenta y noventa crecimos todos con los mismos referentes. Nuestros hijos ahora pueden tirarse media hora mirando menús de plataformas para elegir una serie o una película y, al final, acabar estresados con tanta oferta. Nosotros teníamos suerte si en verano o por Navidad se estrenaba alguna película mínimamente interesante que pensara en nosotros como público principal. Por lo tanto, es normal que los cuarentones queramos transmitir a nuestros hijos la magia que vivimos con esas historias de niños en bicicleta, aventurillas con misterio y unos filtros de supervisión adulta muy benignos.










La crisis por el brote del virus de los Andes en el crucero antártico MV Hondius empezó el 20 de marzo, cuando unas 170 personas embarcaron en Ushuaia (Argentina) para disfrutar de una expedición por las aguas antárticas en un buque reforzado para el hielo. Un mes y medio después, se ha convertido en un problema de salud pública focalizado por ahora en un barco, y con riesgos de contagio reducidos entre humanos, que no debería dejar espacio para los egoísmos nacionales en cuestiones de salud pública, y debería servir para mejorar la coordinación ante brotes como este.

Hay nombres tan bien puestos que evocan exactamente a quien nombran tanto en su versión completa como en su hipocorístico. Nunca sabremos por qué sus padres, Purificación y José, decidieron llamarla como la llamaron, pero dieron en el clavo. Soledad Gallego-Díaz Fajardo firmó sus noticias, crónicas, reportajes, entrevistas y tribunas de periodista de pies a cabeza como Soledad, pese a que todo el mundo en el oficio la conocía como Sol, a secas. Daba igual. Ambas formas la retrataban a fondo. Soledad: de sola, de adusta, de única. Sol: de iluminadora más que luminosa, de necesaria, de incandescente. No. No fue nunca Sol la alegría de Miguel Yuste, 40. Fue mucho más que eso. Fue, es, el tuétano, la médula, el ADN que corre por la columna vertebral del periódico y de sus periodistas sin ser siquiera conscientes de ello. Otros han glosado sus gestas profesionales. A mí me gusta imaginármela de joven, una mujer libre poseída por la pasión y la curiosidad por el prójimo que no la abandonaron nunca, que vivió y trabajó como quiso en tiempos oscuros y reservó su corazón para las suyas y los suyos.

Cuando este viernes nos disponemos a conmemorar el 81º aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial en Europa, es evidente que Alemania va a volver pronto a ser la principal potencia militar europea. La previsión para el año que viene ya indica que su gasto en defensa será equivalente a los de Francia y Reino Unido sumados y se prevé que sea mucho mayor para 2030. El objetivo explícito del Gobierno alemán es tener “el ejército convencional más fuerte de Europa”. Por supuesto, Francia y Reino Unido disponen de armas nucleares, pero eso significa menos dinero para los demás aspectos de la defensa. De modo que la pregunta no es si lo va a lograr; salvo acontecimientos imprevistos, lo logrará. La pregunta, sobre todo coincidiendo con este solemne aniversario, es cómo podemos garantizar que, esta vez, el aumento del poderío militar alemán sea un avance positivo para toda Europa.
El 17 de abril del año pasado, en Tallahassee, la capital de Florida, se produjo una de esas matanzas periódicas a las que la población estadounidense parece condenada. Un estudiante del campus local, Phoenix Ikner, mató a dos personas e hirió a otras seis. El tiroteo ocurrió a las 12.01. Cuatro minutos antes, a las 11.57, Ikner mantuvo una conversación con ChatGPT en la que le preguntó cómo hacerse famoso con el tiroteo. “¿Con cuántas víctimas suele salir en los medios?”, preguntó Ikner. “Un tiroteo en la Universidad casi con toda seguridad recibiría cobertura mediática nacional con tres o más víctimas”, respondió la máquina. Ikner cerró sesión, cogió su escopeta y la pistola de su madrastra y se dispuso a abrir fuego.

Junto a muchos otros lectores, el pasado fin de semana me acerqué a celebrar el 50º cumpleaños de EL PAÍS al Matadero de Madrid. Allí conseguí un facsímil de su primer número, el del martes 4 de mayo de 1976, que nunca había visto impreso. Lo leí con detalle, fijándome en las cosas en las que habitualmente me fijo, como las ligerezas o el cambio social y tecnológico. Entre el reformismo institucional, las declaraciones editoriales, los atentados de ETA y la cobertura sobre el Sáhara, me entero de que a Félix Rodríguez de la Fuente se le había escapado un halcón valorado en un millón de pesetas: me imagino al equipo de El hombre y la tierra observando, literalmente, volar el dinero. Pero lo que más me llamó la atención fue que se dedicaran dos páginas a la cartelera de Madrid, y una y media a publicitar los estrenos del momento, como ¿Quién puede matar a un niño?, de Chicho Ibáñez Serrador. Solo en la zona de Gran Vía hay 22 cines, algo que me parece relativamente lógico, siendo el momento de esplendor de las salas y su principal núcleo en la capital. Pero también aparecen listadas ocho salas en Vallecas, o 18 entre Usera, Carabanchel y Latina, barrios del sur que hoy son casi eriales cinematográficos. En total, 144 cines en Madrid. También me entero de que en Usera se proyectan películas los domingos en la Asociación de Vecinos de Orcasitas, un edificio de ladrillo rojo que fue construido por los vecinos durante los fines de semana y que posee sala de reuniones, biblioteca y asesoría laboral, pero también retretes públicos y duchas para los asociados que no disponen de sanitarios en su casa. Los ciudadanos peleaban por tener los servicios mínimos en sus barrios; eran los años dorados del asociacionismo, y el periódico entrevistaba a sus líderes.
Mi primer recuerdo es el de una mañana de mucho sol. Debo tener tres años. En el corredor de la casa, la Mercedes Alvarado, la muchacha que ayuda a mi madre en todo, me alza de la batea donde me ha bañado, y me deposita sobre la tapa de la máquina de coser. Me seca, me envuelve en una sábana, y se va a botar el agua jabonosa sobre las plantas del patio.