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No sé dónde leí que ha surgido un nombre para la clausura contemporánea: en Japón, se utiliza el término hikikomori para definir a la persona que elige un aislamiento social en el hogar, desde donde se relaciona con el mundo a través de la pantalla. El protagonista de La grieta, la primera novela de Rodrigo Gervasi (Madrid, 1998), no es un hikikomori, pero siente un impulso parecido: a lo largo de poco más de cien páginas, abandona la casa una sola vez, y observa las vidas de los otros desde su cama. Ese protagonista, Hugo, es un chico de unos (suponemos) veintipico que busca certezas en un mundo donde todo es precario y cambiante: los trabajos, las parejas y los compañeros de piso. Y a lo largo de una narración depurada, analítica y muy autoconsciente, parece que solo encuentra esas certezas en las habitaciones y los objetos de la casa, que describe obsesivamente: “La posición de la silla, mal colocada de espaldas al escritorio, parecía ser definitiva; sentía que si me decidía a devolverla a su sitio, alguna ley física me lo impediría. Blanca, de madera y plegable. No la había usado nunca y dudaba que fuera a hacerlo. Entendía su carácter simbólico: estaba ahí porque no podía ser de otro modo. Su función se limitaba a eso, a existir”.

Desde este miércoles hasta el próximo 2 de abril, el Madrid de Pau Quesada tiene que atravesar una cordillera de partidos ante el Barcelona que va a determinar su temporada. El equipo blanco compite en los cuartos de la Champions y en la Liga F ante el Barça con la intención de no quedarse ya sin objetivos con dos meses de competición todavía por delante. El reto para el Real es mayúsculo ante el club que domina el fútbol nacional y europeo desde hace un lustro, que le ha ganado los tres clásicos anteriores de esta campaña con un total de 10 goles a 0 —4-0 en el torneo liguero, 2-0 en la Supercopa, 0-4 en la Copa de la Reina— y que manda en el cara a cara particular con un apabullante 21 a 1.
La fuente de la eterna juventud está en Tenerife. Bebe de ella la plantilla de La Laguna, la más veterana de la ACB, un grupo con mucha mili y 12 jugadores por encima de los 30 años. Dos de sus muchachos, el eterno Marcelinho Huertas, de 42, y Aaron Doornekamp, de 40, son los dos únicos cuarentones de la Liga. Y a la pandilla de acaba de unir Patty Mills, el genial base australiano de 37 años que ha regresado al baloncesto después de cerrar el pasado verano una larga etapa en la NBA. Marcelinho y Mills, ocho Juegos Olímpicos y ocho Mundiales entre ambos, son la pareja de bases de más edad en la historia de la competición liguera, superando a la dupla de André Turner (42) y Patricio Reynés (36) que reunió el Menorca en la temporada 2005-06.
Hubo llamadas al ejército español por si era necesario un rescate y hasta se solicitaron helicópteros a Red Bull, la marca que patrocina al Bora, por si debían evacuarlos a tiempo. Por suerte, no fue necesario, pero el susto del equipo ciclista, que estaba en el Teide acabando la concentración en altura, fue morrocotudo por la borrasca Thereshe, que traía consigo precipitaciones abundantes y nieve en las cumbres, al punto que por dos días nadie pudo subir ni bajar al volcán tinerfeño. “¿Qué podemos hacer? ¿Alguien sabe como llegar al aeropuerto?”, escribió en las redes sociales Oumaïma Rayane, influencer y mujer de Remco Evenepoel (Aalst, Bélgica; 26 años), fichaje estelar del Bora en este curso. Urgía el traslado para llegar a tiempo a la Volta a Catalunya, siguiente parada del calendario del belga. “Fue un poco estresante, pero sobre todo para el personal del equipo, que tenían que meter todo el material en las camionetas en un par de horas, que era el margen que teníamos para salir del hotel. Yo me mantuve en calma y por suerte ya estoy aquí y no me he perdido entrenamientos, que era lo más importante”, reflexiona Remco Evenepoel un día antes del certamen alrededor de unos pocos periodistas entre los que se encontraba EL PAÍS. Y, precisamente, los entrenamientos, dice, es lo que le han dado alas. Como Red Bull.
Cuando Richard E. Grant (68 años) encargó una escultura gigante del rostro de Barbra Streisand para el jardín de su casa de Richmond (Londres), el actor todavía no había conocido en persona a la cantante, pero era un gran admirador suyo. Coincidió con ella por primera vez en 2020, en una fiesta organizada por la diseñadora Donna Karan en Nueva York, cuando la empresa de efectos especiales a la que le había solicitado el busto estaba todavía trabajando en él. “Hablé con ella cara a cara y al final le dije: ‘Tengo algo que confesar... He encargado una escultura de más de medio metro de altura de tu cabeza, favoreciendo tu perfil izquierdo —que es desde donde le gusta que le hagan las fotos— para mi jardín’. Y ella me respondió: ‘Estás loco”, ha revelado el intérprete en el podcast Roots, de la Real Sociedad de Horticultura (RHS) del Reino Unido.

Nacer gemelo no es lo mismo que nacer tú solo y tener hermanos. La unión es singular y muchas veces no se entiende desde fuera. Para que se comprenda mejor esta peculiaridad, la psicóloga infantil Coks Feenstra (Países Bajos, 73 años), una de las principales expertas en gemelos de Europa, lleva desde 1995 estudiando el comportamiento de los gemelos idénticos (cuando nacen de un mismo óvulo) y de los mellizos (cuando nacen de dos óvulos). De su investigación surgió primero El gran libro de los gemelos (Medici, 1999), que va ya por su cuarta edición, y ahora ha publicado Gemelos en el aula (Plataforma Editorial, 2026), un volumen que pretende dar luz a muchas familias y que “pone sobre la mesa los desafíos y algunos consejos para padres y docentes”, explica por teléfono Feenstra, quien lleva 40 años viviendo en España, es gemela nacida sola —su madre tuvo un embarazo doble, la otra niña no cuajó en el tercer trimestre, se conoce como síndrome del gemelo evanescente— y abuela de cuatro nietos.
En los últimos años hemos asistido a escándalos que han ocupado portadas en todo el mundo: investigaciones que se presentaban como revolucionarias y acabaron retiradas por fraude, crisis incluso en instituciones tan prestigiosas como las que otorgan los premios Nobel, fraudes sonados en áreas como la psicología o la biomedicina. A ello se suman noticias sobre irregularidades en centros de investigación punteros, conflictos de intereses o manipulación de indicadores en Europa y en España. El efecto acumulativo de estas historias no sorprende: alimenta la sensación de que la ciencia no es diferente de cualquier otro ámbito de poder, que también está corrompida.
Así se titula una de las obras de Juan Uslé, expuestas en el Reina Sofía. Hay óleos que te atraviesan como si fueran pájaros. Y eso pasa, una bandada entera, como si fuera primavera.

Cuando una serie de ficción llega a su décima temporada quiere decir que se han hecho bien las cosas. También puede decir que la audiencia acepta lo que le echen sin exigir demasiado si, como parece, de lo que se trata es de pasar el rato sin prestar demasiada atención.

En el corazón de la Galería de Mamah Africa, el color no decora, vibra con una intensidad casi ritual. Sobre telas africanas de gran textura emergen rostros femeninos atravesados por líneas de ocre, escarificaciones simbólicas y miradas que parecen dirigirse simultáneamente al espectador y a otro lugar invisible. Son mujeres que sostienen, protegen, interceden o recuerdan. Mujeres que constituyen el eje de equilibrio de la comunidad bubi.

