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Su romance parece sacado del argumento de una comedia romántica con un ligero poso de drama. Contaría la historia de dos actores que, ya adultos, intentan abrirse camino en una industria que los recuerda sobre todo por el éxito descomunal que alcanzaron en la infancia. Dos antiguos niños prodigio que tratan de huir de un pasado tan profesionalmente glorioso como emocionalmente complejo y que terminan encontrando en el otro un espejo en el que reconocerse y, quizá, también curarse.
“Nunca me iría con chicas jóvenes. Cuando lo veo en otros amigos míos, me parece un poco ridículo. A mí me encantan las mujeres de mi edad”, dijo Ernesto Sevilla, de 47 años, en el podcast Moderneces. Raquel Córcoles, conocida como Moderna de Pueblo y conductora del programa, tildó de “increíbles” sus declaraciones. “Me parece motivo de orgullo que hombres de referencia digan que les parece ridículo salir con chicas mucho más jóvenes, porque deslegitima un poco algo que sigue siendo habitual (y más en hombres famosos)”, reflexionó después Córcoles.
El reconocimiento por parte del rey Felipe VI de que la Conquista de América estuvo marcada por “abusos y controversias”, y la respuesta positiva de la presidenta mexicana a esas palabras, marcan un punto de inflexión en una relación que en los últimos años ha estado tensionada por la gestión de ese pasado. No es un cierre, pero sí un cambio de tono que abre una vía más constructiva para abordar una historia compartida que sigue pesando en el presente.

Antes de que rodase Sirat y de que su pelo largo y sus posados en las alfombras rojas se hiciesen memes, comí torreznos con Oliver Laxe en una tasca del Collado de Soria. Digo bien: comí yo los torreznos, pues Laxe es (o lo era entonces) vegetariano. Participábamos en un coloquio sobre su película anterior, O que arde, y mientras se proyectaba, los anfitriones nos llevaron a picar algo. Me pareció que el cineasta miraba mi plato con cierta envidia, casi rendido a la seducción del frito.
Mientras libra su guerra contra Irán, haciendo estallar a personas, edificios y los precios del petróleo, Donald Trump sigue avanzando casillas en el tablero de Latinoamérica. No solo Venezuela —invadida y, según él, dominada—, Cuba o Colombia, sino también Brasil, pero con otro tipo de arma. Según el portal de noticias UOL, con amplia repercusión en la prensa brasileña, Estados Unidos ya habría decidido clasificar a los dos mayores grupos de crimen organizado del país como organizaciones terroristas. El Primer Comando de la Capital (PCC), surgido en el sistema penitenciario de São Paulo, y el Comando Vermelho, originado en una cárcel de Río de Janeiro, entrarían así en la lógica de la “guerra contra el terror”. En este momento resulta más difícil hacer en Brasil lo que hizo en Venezuela. Pero si puede afirmar que el país no consigue controlar el terrorismo en su territorio, Estados Unidos podría justificar una mayor injerencia en las políticas públicas brasileñas e incluso una intervención.
El 26 de mayo del año 661, noche 19 del mes del ayuno sagrado o Ramadán según el calendario islámico, Abdul Rahman Bin Mulyam, un rebelde jariyí, trocó para siempre la historia del islam. Iniciado el rezo del Fayr, la primera de las cinco oraciones diarias, sacó de su cintura una daga y la clavó sobre la espalda de Ali Bin Talib, cuarto y último califa de todos los musulmanes, primo del profeta Mahoma y esposo de su hija más querida, Fatimah Bint al Zahra. La sangre tiñó de carmesí las vívidas alfombras de lana de la gran mezquita de Kufa, en el sur de lo que hoy es Irak, y la religión fundada por Mahoma se dividió en dos brazos irreconciliables: los suníes, mayoritarios en la actualidad, y los chiíes ―o seguidores de Ali― asentados principalmente en la antigua Persia y que consideran su estirpe la legítima heredera del enviado de Dios.
El auge de la extrema derecha en España es un fenómeno relativamente nuevo en nuestra historia democrática y todavía estamos en busca de explicaciones. ¿Qué es lo que lleva a los votantes a preferir opciones ultraconservadoras o reaccionarias? Las explicaciones se dividen entre las condiciones materiales y las cuestiones identitarias.
Cuando Matthew Lieberman comenzó a estudiar el dolor social en los años 90, muy pocos de sus colegas compraban la idea de que la falta de habilidades sociales, el aislamiento, la soledad, en fin, pudieran provocar en quien lo sufre un dolor comparable con los achaques físicos. Tras una pandemia biológica, y otra de soledad que llegó después, las teorías de Lieberman (Atlantic City, EE UU, 56 años) le han convertido en uno de los investigadores más influyentes del mundo en su disciplina, con más de 58.000 citas académicas. Su libro Social, publicado en inglés en 2013, llega ahora al español (Capitán Swing) en un momento en que sus tesis resultan más relevantes que nunca: pocos dudan de que la soledad es uno de los grandes males de nuestro tiempo, aupada por la polarización, las redes y una inteligencia artificial que empieza a sustituir —con resultados inciertos— las conversaciones que antes teníamos con otros humanos. Lieberman habla con EL PAÍS por videoconferencia.
El domingo, la Guardia Civil detuvo en Pedreña, en Cantabria, a un hombre de 52 años. Él había llamado el sábado para decir que se había encontrado a su pareja muerta en casa. La autopsia reveló que la muerte de Mercedes, de 64 años, había sido un asesinato. En esa relación, Mercedes no interpuso nunca una denuncia, como no lo hicieron 1.054 de las 1.356 mujeres asesinadas desde 2003 por sus parejas o exparejas, por distintos motivos ―como la vergüenza o el miedo a esos agresores o a no ser creídas por las instituciones―; sin embargo, él sí tenía antecedentes por violencia machista. Dos, con condena firme: en 2011 y 2019, en Madrid. Ese hombre había estado dos veces en el Sistema VioGén, el de seguimiento de las víctimas y sus agresores, y ambos estaban ya inactivos. ¿Por qué lo estaban? ¿Cómo se decide?