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La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán viola flagrantemente el derecho internacional. Pero lo mismo ocurrió con casi todas las demás guerras desde la adopción en 1945 de la Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe el uso de la fuerza excepto en defensa propia o, como en los casos de la guerra de Corea (1950-53) y de la Primera Guerra del Golfo (1990-91), con la autorización del Consejo de Seguridad. Lo que distingue a la guerra actual contra Irán no es su ilegalidad, sino más bien la falta de un objetivo claro o alcanzable.
Solíamos decir que cuando el aceto balsámico, las berenjenas con miel o el rulo de cabra en ensalada llegaran al restaurante El Cruce sería porque la nueva cocina había tocado fondo. En cambio, el guiso popular se adapta a los fogones sofisticados con naturalidad porque cualquier potaje está testado por millones de bocas que a lo largo de los siglos encontraron en ese sabor espeso y cálido la fórmula del consuelo ante la intemperie. El viaje gozoso de los sentidos, del olfato al gusto, del gusto a la barriga. La barriga caliente, el mejor inductor al sueño de niños y viejos.
Me despedí de Raúl cuando supe que su enfermedad ya no tenía vuelta atrás. Bastaba con cruzar la calle de nuestra colonia, en la que éramos vecinos. Me acompañó el escritor Antonio Lucas, uno de sus amigos más fiel. Su compañera, la doctora Belén, que le asistió hasta el final con una devoción conmovedora, me dijo que le llevara unos cruasanes, que era lo que más le podía gustar. Así lo hice. Al vernos entrar en el estudio, Raúl exclamó con apenas un hilo de voz: “Capri, c’est fini”. No era cuestión de empezar a mentir diciendo que tenía buena cara y esas cosas. Me limité a abrir la bandeja de cruasanes que había comprado mi hija en una famosa pastelería, y él con la mano dudosa escogió uno, se lo llevó a la boca, dio unos mordiscos y lo estuvo masticando, tal vez solo por quedar bien. Quisiera creer que fue lo último sólido y dulce que Raúl del Pozo comió en su vida, tan llena de sobresaltos y aventuras. Los dos habíamos nacido en 1936, yo en marzo con los primeros brotes de la primavera; Raúl en diciembre, cuando los españoles ya se estaban matando a destajo. Un día, durante la pandemia, le dije: “Nacimos en una guerra civil y podemos morir en una peste, una vida redonda, ¿No crees?”. Y he aquí que por una irónica carambola del destino eligió para morir el mismo día en que yo cumplía 90 tacos, como diciéndome ahí te quedas. Siempre lo recordaré dentro del humo de aquel café entre siluetas de pícaros, poetas malditos y otros soñadores. Allí él buscaba palabras nuevas que sonaran como látigos. Nada de lamentos. Nuestros días más felices pertenecen a un mundo que ya se fue. Por mucho que el asfalto se le hubiera metido en la sangre, Raúl del Pozo nunca dejó de tener ese aire asilvestrado que le venía de una infancia garduña en el monte. Siempre fue un comandante rebelde de sí mismo extremadamente generoso. Como despedida le di unos suaves golpes en la rodilla. “Adiós, amigo”, le dije. “Nos veremos en Capri, ¿de acuerdo?”. Sonrió y eso fue todo.
Parecía como si la hubieran abducido. Y esas cosas en Hornachos no pasan. En este pueblo pacense de jornaleros y carboneros de 3.400 vecinos, en la ladera de una sierra que lleva su nombre, cuya tierra sembrada de olivos y vid ni siquiera atrae mano de obra migrante, lo más raro que había pasado ese año había sido cuando se perdió Juan, que fue encontrado al día siguiente desorientado en el campo. Un municipio donde las vecinas cuidan de las hijas de los otros, donde la gente se conoce por el apodo y sabe cuándo el familiar de otro ha tenido que ir al hospital. Un lugar donde una mujer de 59 años como Francisca Cadenas no podía desaparecer sin que nadie se lo explicara en un tramo de 50 metros, en 15 minutos. En una calle sin salida, solo a través de un callejón por donde no pasan los coches. Porque esas cosas no pasaban en municipios como este. Hasta que se perdió Francis el 9 de mayo de 2017. Y de repente, Hornachos se miró a sí mismo por primera vez con sospecha: “Ha tenido que ser uno de nosotros”. El juez decretó este sábado prisión provisional para dos vecinos por asesinato.
“El día que te vea por Madrid te meto un tiro en la cabeza, feminazi comunista de mierda. No te gusta promover la violencia???? Pues la vas a tener, malparida, hijaputa”; “Muerte a ti y a todos los inmigrantes”; “O paras, o vamos a buscaros”. Son tres de las amenazas que dos hombres arrestados esta semana en Toledo y Xirivella (Valencia) enviaron durante meses a la secretaria general de Podemos, Ione Belarra, en forma de mensajes privados a través de la red social Instagram. El primero, español de 49 años y con antecedentes policiales por delitos comunes como robos, hurtos o agresiones, lo hizo entre finales de octubre y principios de diciembre. El segundo, también español de 30 años y sin antecedentes, llegó a enviarle hasta 300 textos llenos de insultos e intimidaciones que escribió entre septiembre y finales de noviembre. Fuentes conocedoras de la investigación destacan que hacía un gran consumo de propaganda de ultraderecha.
Detrás del arresto de José M. G. el miércoles como presunto autor del incendio en el que murió su expareja, Dolores; la madre de ella, Antonia; y Laura Valentina, una vecina, hay un historial de violencia machista perpetrada siempre en Miranda de Ebro, una localidad de 36.000 habitantes al noreste de Burgos. José, de 60 años, es lo que se conoce en lenguaje técnico como un agresor persistente, uno de esos hombres que a lo largo de su vida ejercen violencia contra más de una mujer. Es el supuesto autor de la agresión machista con más víctimas —entre muertas y heridas— desde que hay registros. Acababa de salir de la cárcel, donde había cumplido su segunda condena por agredir y atar con cadenas a una expareja. La jueza lo envió a prisión sin fianza el viernes tras un interrogatorio de hora y media. Se enfrenta a tres delitos de asesinato, entre otros. Algunas de sus agresiones del pasado, según su entorno, han quedado impunes.
Cuando el jurado del Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales de 2003 encontró entre los candidatos el nombre de Jürgen Habermas, reconoció sin ambages que no entraría a formar parte de la historia en el futuro, sino que estaba ya en la historia, era ya una cumbre de nuestro tiempo. Y así ha sido.
Los Ángeles está lejos de todo; a veces, incluso, de su propio país. A California, mucho más progresista que el resto de Estados Unidos, la guerra contra Irán parece serle muy ajena. Por las calles de Hollywood, cortadas desde hace días, el comentario más cercano se refiere al precio de la gasolina, que se ha duplicado en una semana (“¿Ocho dólares el galón?“, se escucha). Poco más. Por eso, en vísperas de la ceremonia de los Oscar, que se celebra este domingo bajo los focos de todo el mundo, se respira en el ambiente una gran pregunta: ¿se atreverá Hollywood a alzar la voz ante la compleja situación política que atraviesa el país, aunque sea entre chascarrillos y lentejuelas, o dejará que el show se desarrolle sin despeinarse?

El barcelonismo se prepara para una jornada única en el Camp Nou. Las elecciones a la presidencia del club, convocadas para este domingo (de 9.00 a 21.00), coinciden con la disputa del partido de Liga que enfrenta al equipo azulgrana con el Sevilla (16.15, Dazn). La confluencia abonará seguramente la participación del socio en las urnas y también su presencia en las gradas de un estadio que estrenará la zona del gol norte con unos 14.000 asientos reservados a los abonados y una grada de animación en el gol sud, denominada Gol 1957 —año de construcción del estadio—, para unos 800 seguidores del Barcelona. Hay ganas de revancha porque el Barça perdió en Nervión por 4-1.
Yo también estoy enganchada a La vida secreta de las esposas mormonas. El reality de Hulu que ha destronado en visionados a las Kardashian, y que estrenó su cuarta temporada en Disney+ en España este jueves, es uno de mis refugios disociativos predilectos desde que se estrenó su primera temporada en 2024. Si soy yonqui de la vida de este grupo de madres influencers es porque combina dos de mis vicios favoritos: trata sobre la cultura mormona y se narra bajo los parámetros de la telerrealidad estadounidense —sí, también hay imperialismo en este formato: lo bordan—. Como esto no va de mis filias particulares, sino de un artefacto cultural en concreto, analicemos cómo esta serie documental sobre unas madres que supuestamente solo hacían coreografías desde casas tan aspiracionales como deprimentes se ha convertido en un fenómeno global imparable y por qué, por encima de todo, es la narración postelevisiva que mejor capta el horror gótico de nuestros tiempos.