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Hay portadas sobre temas de los que todos hablan; otras, de asuntos de los que nadie se atreve a discutir. También están aquellas que dan que hablar, las que tratan cuestiones sobre las que jamás pensaste que podrías tener una opinión y las que dan voz a alguien para que cuente lo que nadie ha contado. Las 219 portadas aquí recopiladas contienen todas estas categorías. Desde el primer número, que abordaba el tema del aborto cuando pocos se atrevían a hacerlo, hasta el relato de aquellas horas que Antonio Muñoz Molina compartió con Salman Rushdie, a quien el integrismo quería silenciar para siempre. También están las portadas publicadas en plena pandemia de la covid, que aportaban contenido a la conversación que todos queríamos tener. Y luego está Millás y su biografía de una mosca. Jamás pensamos que su vida nos llegaría a interesar tanto. Así es El País Semanal, la parte del periódico que es revista y la revista que más se asemeja a un periódico.
Quino Petit
Carlos Rosillo
Xavi Sancho, Borja Hermoso, Javier Rodríguez Marcos, Tereixa Constenla y Pablo Ordaz
Paloma Espino
Ernesto Orellana y Marta Carretero
Ruth Benito
Alejandro Gallardo
Toda portada es un salto al vacío, a ese espacio donde la revista se lo juega todo a un golpe, a conectar con el lector, a plasmar el espíritu del momento. No hay fórmulas para el éxito, aunque hay palancas. La emoción, el gusto y la oportunidad son tres de ellas. Su naturaleza difusa las vuelve esquivas, pero cuando se logra unirlas salta esa chispa en la que convergen la mirada del portadista y la del lector.

Un día, allá por mi breve y atormentado paso como redactora jefa de El País Semanal (entre 1981 y 1982), estando en el despacho de Juan Luis Cebrián para recibir, supongo, alguna reprimenda, el entonces director del periódico me dijo que debíamos sacar reportajes y contenidos más lujosos, que tenía que ser una revista aspiracional, que la gente la leyera imaginando que alguna vez podría llevar ese tipo de vida. Bajé la cabeza y asentí, cómo no hacerlo ante la jerarquía, pero regresé a la Redacción llena de dudas. Entendía a la perfección lo que Cebrián decía, pero ese era el modelo de un Elle, por ejemplo, y para mí El País Semanal siempre había sido algo muy distinto. Algo imposible de definir, de abarcar, de apresar y alicortar dentro de un modelo. Así que me temo que no hice mucho caso.

Que la primera portada de El País Semanal se dedicara a las mujeres que viajaban a Londres para interrumpir un embarazo no deseado me llena de orgullo. Es la constatación de que el periódico nació con la intención de escuchar el clamor de la calle. Este era un clamor extraño: todo el mundo sabía algo del viaje de las jóvenes españolas a Londres, pero nadie hablaba de ello abiertamente. Fue una emigración silenciosa, un éxodo de mujeres que solo confiaban su secreto a alguna buena amiga; pero en esa red eficaz en la que se suele mover lo clandestino, una chica de barrio siempre encontraba algún contacto que, de manera altruista, la ayudaba a emprender su viaje. Esta portada, la de la chica sin nombre que ha acabado siendo cualquiera de las que se vieron inmersas en aquella experiencia, me causa una indescriptible emoción.

Mi infancia y las moscas… ¡Había tantas y todas gratis, sin importar su tamaño o su color! Estaban en las iglesias, en las peluquerías, en las carnicerías, en las lecherías, en las aulas. Estaban en la cocina, en el comedor, en el dormitorio, en el cuarto de baño, y hasta en un poema de Machado, que luego musicaría Serrat, llegaron a manifestarse. No estaban las moscas ahí y nosotros aquí, sino que las moscas y nosotros formábamos una rara sustancia vital difícil de entender desde la soledad o las soledades de ahora. Había moscas que te acompañaban al colegio y que te esperaban a la salida. Quizá, dirán algunos, no eran las mismas, pero cómo saberlo, quién se atrevería a jurarlo después de los sucesos insólitos a los que hemos asistido durante los siguientes años.


A comienzos de la década de 1980, Interviú mandó a Pilar Eyre a cubrir un acto de los Reyes en Barcelona. La periodista nunca había tratado con el monarca y su consorte y estaba un poco nerviosa. Antes del encuentro, una experta en protocolo del palacio le explicó cómo debía comportarse. Tenía que hacer una genuflexión ante el jefe del Estado y su esposa, no debía tocarles ni mirarles fijamente a los ojos y, sobre todo, no podía comentar ninguna incidencia en su crónica. Eyre hizo exactamente lo contrario. No se agachó, les dio la mano, los miró a la cara y en la pieza que publicó al día siguiente en la revista reveló que Juan Carlos I había pedido un whisky en pleno besamanos.


En las elecciones generales de Hungría celebradas el pasado abril, el Gobierno populista de derechas del primer ministro Viktor Orbán fue desalojado del poder no por una oposición de izquierda, sino por un partido de centroderecha comprometido con la lucha contra la corrupción y la restauración de la democracia. Israel se dirige a las urnas este 27 de octubre y un cambio similar es, con diferencia, el mejor resultado que cabe razonablemente esperar: que el Gobierno extremista del primer ministro Benjamín Netanyahu sea sustituido por una Administración decente y respetuosa con la ley. Una política exterior radicalmente nueva seguirá estando fuera de alcance.
“España es un país putero”, dice la guionista y productora Isabel Peña. No es una opinión, es una afirmación con los datos por delante de la ONU: España es el primer país de Europa y el tercero del mundo (por detrás de Puerto Rico y Tailandia) en consumo de prostitución. Más del 80% de las mujeres prostituidas en España lo hacen de manera forzada, como corroboran los informes policiales. Y, de hecho, la trata de mujeres con fines de explotación sexual no fue delito en nuestro país hasta 2010. “Lo intuíamos… Quiero decir: España es un país en el que muchas comidas de trabajo acaban en un prostíbulo. Sentíamos que había algo que no se había contado y que nosotros no conocíamos, una pregunta que tenía potencial de ser investigada: ¿qué pasa aquí dentro?”, continúa Peña, colaboradora habitual de Rodrigo Sorogoyen (As bestas, El ser querido) que ahora se ha unido de nuevo a Eduardo Villanueva (tras Antidisturbios) para firmar la serie El castillo (Movistar Plus+). Para crearla partieron del libro de Mabel Lozano, El proxeneta, y continuaron con su propia investigación para centrar la historia en el cambio de siglo, en el momento de las aperturas de los macroclubs de carretera, ese momento de “España va bien” en el que los chulos empezaron a llamarse a sí mismos empresarios de la noche y a hacerse millonarios trayendo bajo engaño a muchas mujeres de Europa del Este o Latinoamérica, que vivían y (aún viven) esclavizadas, secuestradas y que eran las únicas damnificadas en las redadas.
Carmen de Juan (Another Artists Agency)

Admito mi predilección por la palabra mamarracho. En la última sílaba, cuando desciende su intensidad tras el acento de la tercera, se recrea una mucho en el insulto: ma-ma-rra-cho. Tiene cierto efecto catártico que, posiblemente, explique que la presidenta de la Comunidad de Madrid abuse tanto del término y haya llamado “mamarrachos” a los jóvenes acampados en la Puerta del Sol, más allá de su intención de provocar.
“Pensaba que era lo normal”. Petra Ecclestone, hija del magnate de la Fórmula 1 Bernie Ecclestone, recordaba así su infancia en una entrevista con The Guardian en 2009. De pequeña, daba por hecho que todo el mundo viajaba en avión privado, hasta que, hacia los 12 o 13 años, descubrió que no era exactamente así. Intentó pasar más desapercibida, cambió el móvil de contrato a prepago y empezó a vestir chándales de Adidas y Reebok. También probó a ir a Camden, en Londres, pero la experiencia terminó con alguien sacándole un cuchillo. “No salió muy bien”, contaba. No volvió.