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Convertirse en madre sigue siendo una de las experiencias más desiguales del planeta. El mismo parto que en Europa suele resolverse como un procedimiento rutinario, respaldado por ecografías, matronas y hospitales a pocos minutos de distancia, puede convertirse en una prueba de supervivencia en amplias zonas de África. A pesar de que los avances médicos, tecnológicos y de atención sanitaria han elevado como nunca las posibilidades de vivir de madres y recién nacidos, cada día mueren más de 700 mujeres por complicaciones relacionadas con el embarazo o el parto, según los últimos datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Además, cada año alrededor de 2,3 millones de bebés (6.200 cada día) fallecen antes de cumplir su primer mes de vida, casi la mitad de todas las muertes infantiles, de acuerdo con Unicef. La inmensa mayoría de estos fallecimientos podrían evitarse. Sin embargo, el riesgo está repartido de forma profundamente desigual: la mortalidad neonatal en África subsahariana multiplica por 11 la registrada en Australia y Nueva Zelanda y siete de cada 10 mujeres que fallecen por causas relacionadas con el embarazo o el parto viven en el continente africano.
Decía el filósofo y crítico cultural británico Mark Fisher que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. A la moda, desde luego, ni se le ocurriría concebir lo segundo. Cosas de su propia naturaleza. Y, sin embargo, ahí tenemos a la hija predilecta del capital (según sentenció otro pensador insigne, el sociólogo y economista marxista alemán Werner Sombart), intentando matar al amantísimo padre en cuanto se le pone a tiro. Por ejemplo, y sin ir más lejos, a finales de la década de 1990, cuando los jóvenes vieron colapsar las dos grandes promesas de seguridad del siglo XX: el estado de bienestar y la estabilidad financiera. En un contexto de precarización laboral-existencial y especulación urbano-inmobiliaria parecido al actual, ciertos creadores respondieron entonces a la situación con un alarde no tan insospechado de lógica social y conciencia de clase: ante la imposibilidad de poseer un espacio en la ciudad, el cuerpo se convierte en la única propiedad a habitar. No, la moda no es esa tontuna frívola que les pasa a unos pocos privilegiados. Al menos no cuando olvida su condición de terrateniente y decide subvertir el negocio.
Malta es un país tan maravilloso que, quizá para compensar, solo podía ser pequeño. Desde el avión, sus tres grandes islas caben en una mirada: Malta, Gozo y el roquedo de Comino. Y ya en tierra, el paisaje es tan breve que, allá donde se mire, se termina. Las palabras “Malta” y “grande” solo aparecen juntas en algunas estadísticas: las que hablan de densidad de población, de turistas per capita o de atracción de millonarios en busca de ese delicioso eufemismo llamado optimización fiscal. Sí, Malta es pequeña, pero ya dijo la filósofa Simone Weil que una condición de la belleza es estar casi ausente. Como estas islas, que antes llamaban Calipseas y que siempre parecieron, sobre el azul de los mapas, unos granos de sal caídos en el mar que une —que separa— Libia y Sicilia.









La inteligencia artificial (IA) y su uso cada vez más masivo por parte de los viajeros en todo el mundo para diseñar sus vacaciones ha despertado el apetito de los gigantes tecnológicos que poseen esta tecnología, como OpenAI (ChatGPT), Gemini (Alphabet) o Claude (Anthropic) para hacerse con una parte de los cuantiosos ingresos de una industria que mueve 11,6 billones de dólares al año, según las últimas estimaciones del Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC), la organización que aglutina a unas 200 grandes empresas del sector en todo el mundo.

España va camino de cerrar el tercer ejercicio consecutivo de caídas en la producción de coches, pero el país comienza a ver los frutos de las grandes inversiones en electrificación. Mientras el resto de Europa sufre anuncios de cierres —sobre todo en Alemania, donde el último golpe lo ha asestado Volkswagen con 50.000 despidos extra y la amenaza de cerrar cuatro fábricas en el país—, España ha sido capaz de convencer a los grandes grupos automovilísticos de invertir en el país para fabricar desde baterías a nuevos modelos eléctricos, incluso con la construcción de nuevas plantas como será el caso de la que SAIC Motor quiere levantar en Ferrol (A Coruña). Dichas inversiones han comenzado a trasladarse de los grandes anuncios a las líneas de montaje: desde junio, no ha habido mes en el que la fabricación de vehículos eléctricos no duplicara a la del mismo mes del ejercicio precedente, según los datos mensuales publicados por la patronal de fabricantes de coches, Anfac.
Hay deportistas que, tras una noche memorable, saltan al estrellato y ya nada vuelve a ser igual. Algo parecido sucedió a la vuelta de verano con la dupla de ejecutivos que forman Juan Pepa y Felipe Morenés. Tras años de una gestión deliberadamente discreta, lejos de los focos, vendían el 75% de Stoneshield, su firma de activos alternativos, al gigante estadounidense Franklin Templeton. Según las estimaciones del mercado, la valoración de la firma podría haber alcanzado los 800 millones de euros, en un momento de especial efervescencia de las compraventas entre las grandes gestoras de capital privado. Tras tomar participaciones en compañías como Meliá, Solaria o Exolum, y acumular 9.000 millones bajo el paraguas de la sociedad, Pepa y Morenés -a la sazón hijo de la presidenta del Banco Santander, Ana Botín, y del ingeniero agrónomo y financiero Guillermo Morenés- daban el pase a la firma apenas meses después del hito que supuso cerrar su cuarto fondo, el Stoneshield Opportunity Fund IV, que le inyectaba 1.500 millones para inversiones estratégicas y apuntalaba un proyecto con notable recorrido. En plena madurez profesional, con una empresa en su mejor momento, sin llegar a los 50 años Pepa y recién cumplidos los 40 Morenés, ambos daban un paso lateral, eso sí, tras hacer caja. Cuesta pensar que, andando el tiempo, no aprovechen las ventanas de salida que el acuerdo a buen seguro contempla para monetizar el 25% restante y poner su cabeza en aventuras más estimulantes. Desde luego, si no lo estaban ya, el ecosistema financiero madrileño les ha ubicado definitivamente en el escaparate.

Aunque es muy probable que España siga sin participar en Eurovisión 2027, sí lo hace en su edición infantil, a la que no concurre Israel. Este sábado, Lucas Paulano, jienense de 10 años, representará a España en Eurovisión Junior 2026 con el tema Cuore Bello (te quiero, te quiero). A continuación repasamos las preguntas clave sobre la cita.

El presidente Nayib Bukele ha ordenado un despliegue de tropas en Haití tras la desaparición, el pasado domingo, de cuatro soldados salvadoreños en una zona bajo el dominio de las pandillas en Puerto Príncipe. Hasta este viernes, al menos seis aviones —tres salvadoreños y tres estadounidenses— han aterrizado en la capital haitiana con un centenar de efectivos de élite de la Fuerza Armada de El Salvador para llevar a cabo operativos de búsqueda y rescate.
Javier Milei fue sobreseído este viernes en la causa conocida como $Libra, por la criptomoneda que el presidente ultra difundió en sus redes sociales y cuyo desplome, horas después de su lanzamiento, deparó pérdidas para unos 40.000 inversores y ganancias por 100 millones de dólares para unos pocos. El juez del caso, Marcelo Martínez de Giorgi, benefició con la misma decisión a la hermana del mandatario, Karina Milei, y los otros nueve acusados. Lo hizo sin haber indagado a los imputados y sin cumplir con medidas de prueba solicitadas por los damnificados, quienes ya habían sido apartados de las querellas. Milei festejó la decisión en sus redes sociales y se despachó contra periodistas y dirigentes opositores, a los que acusó de incurrir en “mentiras, calumnias e injurias”.