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Nadie oculta un cadáver igual que otro. Algunos lo hacen con improvisación, otros, lo tienen todo escabrosamente planeado, otros, se toman una cerveza mientras ejecutan la tarea. Sea como sea, los ojos del inspector Ignacio López y su equipo, lo han visto casi todo. Aunque siempre hay espacio para la sorpresa. Y no solo hallan cadáveres. También han descubierto escondrijos imposibles para droga en huecos de barcos y coches, millones de euros emparedados o sepultados en chalés y una cámara acorazada en el sótano de un famoso ventrílocuo. Son el Grupo Operativo de Intervenciones Técnicas, más conocido como el Goit de la Policía Nacional. Si ocultas algo, ellos lo encontrarán.


La madre superiora abusaba sexualmente de hombres y mujeres jóvenes integrantes de la comunidad de Hijas y Hermanos del Amor Misericordioso (HAM), les imponía fórmulas de aislamiento, penitencias acompañadas de autocastigos físicos, manipulaba sus actividades, en algunos casos bajo falsas promesas, como a uno de los jóvenes a quien prometió que ese sería el camino para ser investido sacerdote en breve tiempo. Las denuncias por estos abusos han sido interpuestas ante la Diócesis de Getafe, dirigida por el obispo Ginés García Beltrán, que a su vez las ha trasladado al Papa dada la gravedad de las acusaciones. Las denuncias se dirigen hacia algunos sacerdotes y la superiora de dicha comunidad, María Milagrosa Pérez, conocida como Marimí. EL PAÍS ha tenido acceso a dos escritos que denuncian estos hechos. Por su parte, Marimí no ha contestado a las preguntas de este periódico. El Arzobispado de Madrid retiró hace nueve meses a la superiora de sus funciones y suspendió de manera temporal la entrada de nuevos seminaristas. Además, se nombró a Pilar Arroyo Carrasco comisaria extraordinaria de la asociación. Su misión, según el comunicado de la archidiócesis, es “reconducir aspectos fundamentales, tales como la estructura de gobierno, el plan de formación, la vida comunitaria y el acompañamiento espiritual, además de revisar estatutos, reglamentos y la gestión económica”. Sin embargo, las víctimas denuncian que todo sigue igual.


El Departamento de Derechos Sociales de la Generalitat es el que está más pegado a las necesidades urgentes de los ciudadanos. Pero tradicionalmente ha sido el más olvidado, presupuestaria y políticamente. La consejera Mònica Martínez Bravo (Barcelona, 44 años) cambió el abstracto mundo de la academia —es doctora en Economía por el Massachusetts Institute of Technology— por esta realidad cuando el presidente Salvador Illa la fichó. En estos casi dos años, algunas deficiencias del sistema, especialmente en las prestaciones, en dependencia o en la protección a la infancia, se han hecho evidentes. La consejera lo ha abordado intentando transformar todas las estructuras.



Las borrascas de mediados de febrero y marzo, con vientos de 120 kilómetros por hora y puntas de hasta 200 en varios puntos de Cataluña, tumbaron miles de árboles. Algunas zonas, dicen sus vecinos, parecían “territorio en guerra”. Son varias las comarcas afectadas: Maresme, Montsià, Gironès o Alt y Baix Empordà, pero la peor parte se la llevó el Ripollès. Cayeron 23.500 toneladas de madera en bosques públicos, cuando al año la comarca produce unas 6.000.


El tradicional chapuzón de la campeona en el lago junto al hoyo 18 fue sustituido el pasado domingo por un baño en una pequeña piscina construida para la celebración. Nelly Korda ejecutó el salto sujetándose las piernas con las manos en una perfecta bomba, la misma elegancia con la que la golfista estadounidense acababa de conquistar en el Memorial Park de Houston el Chevron Championship, el primer grande de la temporada y el tercero en su palmarés a los 27 años. El triunfo le devolvió la corona de número uno mundial por delante de la tailandesa Attaya Thitikul y la consagra como el gran icono del golf femenino en un circuito americano (LPGA) necesitado de una referente con gancho.

A Silvia Intxaurrondo no le gusta nada el apelativo televisivo “reina de las mañanas”. Pero nada de nada. Incluso si se lo ha ganado en audiencia: “Reinar me da pereza [ríe]. Es un concepto antiguo, y hubo una que fue María Teresa Campos. Yo no soy de reinar, soy del trabajo día a día. El secreto aquí es este equipo que ha pasado por una transformación profunda. Antes miraba a los competidores y ahora compite consigo mismo”, apunta un lunes de abril ante el éxito de La hora de La 1, tras otro de estos maratones informativos de tres horas por el que se despierta cada día a las tres de la madrugada.




Corona Paula Blasi (Esplugues de Llobregat, Barcelona; 23 años) el Col de la Gallina, en la escarpada Andorra, y baja, y sube, y vuelve a bajar a lomos de la Colnago, disfrutando de uno de esas largas sesiones de entrenamiento que tanto le entusiasman antes de sentarse a leer, tocar el piano o editar vídeos, su último pasatiempo, y valorar por vídeollamada una primavera de ensueño. En su primer curso completo en el WorldTour —subió del filial al primer equipo del UAE hace justo un año—, Blasi se ha graduado con honores: victoria en la Amstel Gold Race, podio en la Flecha Valona y quinta en su primer Monumento, la Lieja-Bastoña-Lieja. Semana fantástica la suya, pese a acudir sobre la bocina por las bajas de otras compañeras. “Ha sido un boom”, admite, pura energía también tras la pantalla, donde transmite una pasión desbocada por la disciplina y por la búsqueda de los límites humanos a pocas horas de enfrentarse (desde este domingo hasta el 9 de mayo) a su primera Vuelta a España.

“No sé si ha merecido la pena”, dijo Sonsoles Ónega a sus colaboradores, que le hicieron una entrevista en su programa. Le preguntaban por sus arrepentimientos, y ella habló de seguir trabajando a tope cuando fue madre, perdiéndose la infancia de sus hijos. No dijo que se arrepentía, dijo algo mucho más interesante: “No sé si ha merecido la pena”.
A la industria que impulsa la inteligencia artificial (IA) cada vez le resulta más complicado proyectar una cara amable. El relato oficial que promueven las empresas que lideran esta tecnología es que ha llegado para mejorar el mundo. Prometen que aumentará las capacidades humanas, nos permitirá trabajar menos, facilitará tareas hasta ahora tediosas, revolucionará la ciencia, curará enfermedades, incluso resolverá la crisis climática. Pero esta semana, varios acontecimientos han aportado una buena dosis de realidad. El Banco Central Europeo ha ordenado a la banca reforzar su ciberseguridad porque teme que el último modelo de Anthropic, que ha demostrado ser especialmente bueno detectando fallos de software, pueda causar estragos en el sector, dejando desnudas las cuentas de millones de personas. En Estados Unidos, Google rompió el martes su política antibelicista y firmó un acuerdo con el Pentágono para cederle sus modelos, que podrán ser usados para asuntos clasificados. El viernes, el Departamento de Guerra anunció que ese acuerdo se extendía a xAI, OpenAI, Amazon, Microsoft o Nvidia, entre otras. Todo eso mientras se celebra el crucial juicio sobre OpenAI, la desarrolladora de ChatGPT, por el que desfilarán durante el próximo mes muchos tecnomagnates —ya lo hizo Elon Musk— y que está dejando al descubierto la lucha de poder que subyace a sus proclamas para salvar el mundo con la IA.
El juicio del siglo en tecnología enfrenta a Elon Musk y Sam Altman ante los tribunales de California en una disputa que lo tiene todo: dinero, traición, egos y el futuro de la tecnología más disruptiva de nuestros tiempos, la inteligencia artificial (IA). Sus nombres llenan portadas y sus declaraciones se viralizan en segundos; entre otras cosas, porque son dos personajes muy peculiares. Pero la historia real de quién maneja la IA no está en ese juzgado ni solo en esos dos hombres. Está en las salas de reuniones de Abu Dabi, en las oficinas discretas de un fondo en Hangzhou y en los centros de datos que se levantan en el desierto de Texas. Hay muchas más, pero estas nueve personas están decidiendo, lejos de conferencias de prensa y peleas en redes sociales, cómo se construirá, financiará y gobernará la tecnología que lo cambiará todo. Estos son sus perfiles.