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Al principio no di mucho crédito a lo que oí de unos exploradores que aseguraban haber resuelto el misterio del oasis perdido de Zerzura. Lo atribuí a un intento de desprestigiar al aventurero conde Lászlo Almásy, que había dejado resuelto el tema en los años treinta, y en consecuencia, dado que es uno de mis héroes favoritos, me lo tomé como algo personal. Más aún por la sospechosa coincidencia con la aparición de mi nuevo libro, en cuyas páginas iniciales rindo sentido tributo al explorador húngaro que inspiró El paciente inglés. A lo mejor era un complot para hundirnos a los dos.




Aunque no rebaja a ninguno de sus monstruos —espectáculo mediático, multitudes, emporios del lujo, polémicas geopolíticas—, la 61ª Bienal de Venecia celebra con obstinación didáctica uno de los postulados más rentables de la filosofía kantiana: la ilusión de que el juicio estético, sin ser estrictamente conocimiento, funciona como si lo fuera. No corrige el mercado —nada lo hace—, pero moviliza algo más eficaz: la idea de una comunidad global que se reconoce en lo que siente. En este marco, el arte ya no funciona como mera producción simbólica, sino como una tecnología de consenso blando, el espacio donde es posible coincidir sin necesidad de votar.
“Paso demasiado tiempo en mi propia cabeza”, le dijo Aldous Harding a Jude Rogers en una entrevista para The Guardian en 2019. Ciertamente, la música de esta cantautora evoca esa suerte de estado mental, porque casi siempre suena como si estuviera intentando contarnos las conversaciones que mantiene consigo misma mientras el mundo gira y ella gira alrededor del mundo. Su quinto álbum, Train on the Island, también es así y, al igual que sus predecesores, se divide entre las canciones arregladas de manera más corriente y otras mantenidas por los sonidos justos. Pero incluso cuando Harding suena más tradicional, o cercana, o como lo queramos llamar, continúa sumergida en una dimensión que solamente ella conoce. Imbuida por los paisajes de su Nueva Zelanda natal, de Harding se ha dicho que es una “fantasmagórica cantautora de folk gótico rural”. La acumulación retórica no le quita razón a la frase.

Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. No está claro si la frase es de Fredric Jameson o Mark Fisher, pero parece una de las verdades más evidentes de nuestro tiempo porque refleja bien una sensación extendida: la ausencia de imaginación política. Todas las propuestas se mueven en torno al mismo sistema inevitable. Con diferente estilo, todo el mundo juega al mismo juego basado en la prevalencia de la propiedad privada individual y los mercados globales desregulados. ¿Cómo será el futuro? No lo sabemos, pero capitalista.
Todos quieren a Rashford en el Barcelona. Lo que no quieren, sin embargo, es el coste de su traspaso.
Las nieves de los Dolomitas fascinan y aterran en la misma medida a Enric Mas, que descubre el Giro a los 31 años, ya reparadas una mano desollada y una pierna con trombos en las venas.
Lo que hace unas semanas era una inquietud lejana se ha convertido en una urgencia para el Espanyol. El partido del año para el conjunto perico ya tiene fecha y rival: este sábado el cuadro blanquiazul (39 puntos) visita el Sánchez-Pizjuán con solo dos puntos de ventaja sobre el Sevilla (37). La línea del descenso la marca el Alavés con 36.
Como EL PAÍS no tolera crónicas deportivas de boxeo, voy a regatear el Tchouameni versus Valverde. Lo salvaré por elevación.