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“La sabandija filtradora tiene un interés: hacer daño”, afirmaba encolerizado un portavoz del Real Madrid este jueves, después de conocerse que Valverde había terminado en el hospital por su grave pelea con Tchouameni. “Por supuesto que tenemos sospechosos”, advertía indignado sobre un chivatazo que calificaba de “deslealtad máxima”. Al uruguayo, al que todo el mundo ha reconocido como el malo de la película pese a acabar con una brecha en la frente, también le preocupaba el topo. “Acá hay alguien que corre rápido con el cuento”, protestó en su vacilante justificación.
Dean Potter tuvo una pesadilla recurrente que le persiguió como su sombra: caía al vacío y despertaba justo antes de estrellarse. Murió miles de veces antes de fallecer realmente, y cuando lo hizo fue tal y como su sueño vaticinaba: chocó a 160 kilómetros por hora contra una roca durante un vuelo de proximidad de salto base. Potter, estadounidense, desapareció en 2015 a los 43 años consagrado como una estrella de la escalada sin cuerda y del slackline, así como del vuelo con traje de alas llevado a su extremo. El documental de HBO Max El Mago Oscuro recoge en cuatro episodios su recorrido vital y se trata de una producción tan impresionante que, en comparación, el oscarizado Free solo resulta un metraje aburrido. También se puede afirmar que nadie, salvo su reducidísimo grupo de fieles, llegó a conocer y entender su personalidad desdoblada entre la genialidad y la más profunda de las oscuridades.
Un inesperado advenimiento el pasado 31 de marzo sacudió a Francia, un país poco propenso a devociones superfluas por divinidades extranjeras. La canadiense Céline Dion salió de la cueva y anunció 10 conciertos en París después de un largo silencio, de la enfermedad, de un final descontado. Se desató la locura. En pocos días añadió seis actuaciones más. Y en escasas horas hubo nueve millones de peticiones en internet para hacerse con uno de los 500.000 tiques. Es decir, el 13% de los franceses -sin se omite la cuota internacional- se borró las yemas de los dedos pulsando el F5 de su ordenador durante horas para hacerse con una entrada. Una expectación, escribía The Spectator, solo comparable al revuelo que generó la dimisión del general Charles De Gaulle en 1969.
Hay grandes razones para sentir orgullo de un país con uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo, una clase médica de primera y enormes pruebas de consistencia a pesar de los embates de la pandemia y los recortes que han tensionado las costuras. Por ello la OMS señaló España como destino idóneo para desembarcar a los pasajeros del Hondius frente a la opción de Cabo Verde o sus vecinos africanos, que no tienen los recursos necesarios para atender esta pequeña crisis sanitaria. Pequeña porque afecta, recordémoslo, a unas decenas de personas.
Ver a los políticos discutir de cargas virales, confinamientos obligatorios y números de reproducción básica (R0) me llena de ternura. Incluso si un político insinúa que Pedro Sánchez es capaz de provocar una epidemia, está planteando una cuestión interesante, porque ¿cómo se hace eso? Que un brote de hantavirus se politice no es malo en sí mismo. Es solo que yo preferiría que la discusión política fuera otra: ¿cuántos recursos deberíamos dedicar al estudio de los virus potencialmente peligrosos? ¿Qué tipo de proyectos de investigación debemos apoyar? ¿Cómo atraer inversión privada a esos proyectos? Si los políticos están tan preocupados por el hantavirus como aparentan estos días, que empiecen a buscar la pasta.
En el siglo XVI, México sonaba más a Sheinbaum que hoy. Oriundo de Lituania, el primer apellido de la presidenta Sheinbaum comienza con un sonido sh que existía también en el consonantismo del español antiguo y que se escribía con la letra x. El nombre náhuatl del territorio de México incluía también ese sonido; los españoles lo asociaron con el propio, y de acuerdo con la ortografía de la época, lo representaron con x. Así, México, dixeron y páxaro sonaban como “Méshico”, “disheron” y “pásharo” hasta el inicio del siglo XVII y se escribieron con x.
Budapest es una síntesis del espinoso pasado y de los formidables líos actuales de Europa. La ciudad más hermosa del Danubio es una mezcla de culturas y civilizaciones, un lugar de continuas metamorfosis mestizas. La última de esas transformaciones tendía al fundido a negro: Hungría llevaba tres lustros metida en uno de los experimentos políticos más salvajes de los últimos tiempos, con un Viktor Orbán que ha protagonizado una de esas capturas de la democracia a cámara lenta, como uno de esos documentales de La2.
El Tribunal Supremo está llamado a “lo más grande”, como diría el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Balas. Su historia se escribe en paralelo a la de España: del conflicto en las Cortes de Cádiz a las causas contra Miguel de Unamuno o los juicios por el 23-F y el procés. En consonancia, cada procedimiento se vive con solemnidad y, cuando la ocasión lo merece, se abren las esbeltas puertas del Salón de Plenos. También para el caso Koldo, a pesar de las “señoritas” y las “chistorras”.
“Vivero de ruina con oficio de cantera”. El arquitecto Ignacio Gil Crespo se acoge al análisis que el crítico de arte Juan Antonio Gaya Nuño utilizó a principios de los años cincuenta para calibrar la salud de los castillos españoles. “Cuando visitas una población donde el castillo está un poco arruinado, es muy fácil ver en las casas algunos de sus trozos”, describe el especialista, miembro de la comisión del Plan Nacional de Arquitectura Defensiva. Aunque hoy el estado general de las fortalezas sigue siendo, en general, ruinoso, algunas cosas han cambiado en este último siglo. “Llevamos 800 o 1.000 años de abandono y 100 de sensibilización y restauración”, precisa. Sin embargo, en el paisaje nacional —indisociable de torres, murallas, almenas y barbacanas— sigue pesando la falta de información. Para evitar la progresiva muerte de las fortificaciones, el país debe saber primero cuántas hay y dónde están, pero los sucesivos intentos de contabilizarlas, clasificarlas y precisar su estado de conservación aún no han llegado a completarse. “Todavía no hay un inventario definitivo, muchas veces no se sabe ni que están”, lamenta Gil Crespo.

Una mujer le advierte nada más llegar: “Estás en la casa de los vecinos”. Es la asociación vecinal Villa Rosa, en el distrito de Hortaleza. Reyes Maroto (Medina del Campo, 52 años) dice que es donde quiere estar, en los barrios. La exministra de Industria, Comercio y Turismo aterrizó en la capital como portavoz del PSOE, el tercer partido de Madrid en número de votos, en 2023. Entonces era una desconocida, la nueva, venida directamente de Moncloa. Ahora, asegura, eso ha cambiado y no se ve en otro sitio. La semana pasada confirmó su candidatura para las elecciones municipales de 2027.

