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En el norte de Crimea, en la fina lengua de tierra de Dzhankói que separa la península del continente, varias líneas de fortificaciones abandonadas rusas evocan el momento en el que el ejército ucranio revertió el curso de la guerra. La hierba se mece hoy entre infinitas filas de dientes de dragón, trincheras y búnkeres construidos por los rusos a toda prisa a finales de 2022, cuando las fuerzas de Kiev recuperaron la mayor parte del territorio conquistado por el Kremlin y expulsaron a su enemigo a la orilla contraria del Dniéper en una serie de contraataques sorpresa. Occidente prometió entonces a Ucrania una ayuda tardía que sigue llegando a cuentagotas. Y Moscú frenaría la esperada ofensiva, previsible y aplazada varias veces, apostando por una guerra de desgaste a la espera del advenimiento de Donald Trump. El conflicto se enquistó, Trump decepcionó a todos, y sobre las zonas ocupadas de Jersón y Zaporiyia se extendió un manto de opacidad impuesto por las autoridades rusas. Al otro lado del río miles de civiles han abandonado sus hogares y quienes quedan viven bajo dos amenazas: los bombardeos de una guerra sin horizonte y la estrecha vigilancia de las fuerzas de seguridad rusas, recelosas de los sabotajes en un territorio que controlan desde hace cuatro años.
Una polvareda de nieve se levanta cuando los helicópteros SH-60 Seahawk descienden sobre esta playa del mar Báltico. Los militares españoles se deslizan por una cuerda con el perro Jimmy, especialista en detectar explosivos. A lo lejos, la silueta del buque Castilla de la Armada. Son las 10.50 horas de la mañana del 18 de febrero y esto es Putlos, en el Estado federado de Schleswig-Holstein.
El Gobierno de España ha acordado declarar la iglesia de San Francisco de Asís de Vitoria como lugar de memoria por los graves sucesos ocurridos hace medio siglo, el 3 de marzo de 1976, en los que fallecieron cinco personas y cerca de medio centenar resultaron heridas tras una brutal carga policial contra varios miles de trabajadores que estaban celebrando una asamblea en el citado tempo. Ese día, a las 17.10, policías armados de la Compañía de Reserva de Miranda de Ebro (Burgos) y de la guarnición de Vitoria penetraron en la parroquia, ubicada en el barrio de Zaramaga de la capital alavesa, usando gases lacrimógenos para desalojar a 4.000 trabajadores en huelga allí reunidos. Los trabajadores empezaron a salir y, a pocos metros de la puerta de la parroquia algunos fueron alcanzados por pelotas de goma y disparos de armas de fuego. Todo acabó en una matanza sin precedentes en los primeros años de la Transición española.

Susana vive en Ciudad Lineal, el distrito madrileño al que la mayoría de sus residentes les corresponde ser atendidos en el Hospital Ramón y Cajal, pero para el que no tienen un transporte público directo, siendo obligados a realizar varios transbordos en un trayecto que supera en muchas ocasiones los 60 minutos. Siempre ha padecido esta situación, aunque desde que es paciente oncológica, a raíz de ser diagnosticada de cáncer de cérvix, la sufre más. Todavía recuerda la odisea para recibir sus 72 sesiones de radioterapia. “El servicio de ambulancia funcionaba muy mal y tenía que montarme en el metro hasta poder subirme al autobús que me dejaba en el centro sanitario. Estaba inmunodeprimida en medio de una marea de gente”, recuerda la mujer de 43 años, que prefiere no ser identificada para afrontar su enfermedad con discreción. La situación no ha cambiado, pese a que el alcalde de la capital, José Luis Martínez-Almeida, se comprometió a atajar el problema.



El ganador de las elecciones primarias para encabezar la lista a las elecciones municipales de Barcelona en comú en 2027, el ex concejal y diputado en el Congreso Gerardo Pisarello (Tucumán, Argentina, 55 años) apuesta por “frentes amplios” de izquierdas en todos los niveles: municipal, autonómico y español. No dejará su escaño en Madrid, desde donde dice que puede trabajar para hacer posibles alianzas, pero tendrá una presencia “cada vez más intensa” en Barcelona.


“Ha sido un proceso frustrante y fracturante”. Así define Tiago Ferreira, representante de las asociaciones de familias (Affac) el debate en el seno del Consell d’Educació de Catalunya sobre el decreto que debe regular la Formación Profesional online. Tras siete sesiones y más de un centenar de enmiendas, el ente tiene preparado un dictamen, que será llevado a votación el martes, en el que pide suprimir uno de los pilares de la futura normativa: que los centros privados catalanes solo puedan realizar los exámenes finales presenciales en Cataluña. Las patronales han logrado hacer valer su criterio, en contra de la posición de sindicatos y familias, pero también de Educación.

Amr Mahmoud, de cuatro años, baila agarrando un farol de Ramadán roto que su familia rescató de los escombros de su casa destruida en Jan Yunis, en el sur de la franja de Gaza. Este farol decorativo, que se usa para iluminar calles y hogares durante el mes sagrado para los musulmanes, ya no se enciende ni emite música: solo conserva la carcasa de plástico. Aun así, Amr y el corro de niños que lo rodean irradian alegría pura mientras celebran el Ramadán, que comenzó el pasado 17 de febrero. Es el único juguete que tienen.

La guerra arancelaria de Donald Trump ha vuelto a sacudir el mundo entero. El magnate neoyorquino ha ignorado el varapalo judicial a sus mal llamados aranceles recíprocos, que el Tribunal Supremo estadounidense anuló el pasado viernes dejando la puerta abierta a devoluciones millonarias, y ha anunciado una nueva embestida comercial que añade más inseguridad a un tablero global ya trastocado. “Volver a la incertidumbre es lo peor que hay”, lamenta Antonio de Mora, secretario general de la Asociación de Exportadores e Industriales de Aceitunas de Mesa (Asemesa), uno de los sectores más golpeados por la guerra arancelaria de Estados Unidos.

En dos segundos cambia todo para la protagonista cuando ve el condón en el suelo y que él sigue con la penetración. La cámara se fija sobre su mirada y en ese corto espacio de tiempo se concentra el miedo y la parálisis que no le permiten decodificar una infinidad de preguntas. La relación sexual sigue y los dos llegan al orgasmo. Pero todo ha cambiado para siempre. ¿Dónde está ese chico tan majo con el que ligó la noche anterior y que sí se dejó el condón hasta el final?

Cuando Aintzane Erkizia asumió el encargo de estudiar una serie de cráneos decorados con elementos textiles que se guardaban en una iglesia de Martioda (Álava, 35 habitantes), la historiadora del arte no imaginaba el cambio que daría su vida. “Lo que he descubierto es como un filón de oro”, reconoce. En 2020 se enfrentó a estos extraños huesos conservados en el antiguo conjunto palaciego de los Hurtado de Mendoza —que había adquirido la Diputación de Álava— y comprobó que apenas había datos (y nada de bibliografía) que ayudasen a entender aquellas reliquias: de dónde venían, cuál era su significado y, sobre todo, qué hacían allí.

