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Los movimientos se precipitan. La política española multiplica jugadas a varias bandas para prepararse ahora para la batalla decisiva: las elecciones generales de 2027, si Pedro Sánchez cumple su objetivo y logra llegar hasta ahí sin verse forzado a un adelanto. Todos juegan sus cartas. PP y Vox recrudecen su pulso por el control de la derecha, pero ya cada vez más claramente unidos en un bloque para llegar a La Moncloa y gobernar allí en coalición. El espacio a la izquierda del PSOE se reorganiza ya sin el protagonismo de Yolanda Díaz buscando concentrar un voto cada vez más disperso y desactivado pero decisivo para intentar frenar el auge de Vox, con quien competirá provincia a provincia por muchos escaños.

La negociación con Vox ha vuelto a convertirse en un foco de tensión interna dentro del PP. El último episodio se dirime en Extremadura, donde han saltado chispas entre Génova y el PP extremeño por el enconamiento de las conversaciones para la investidura de María Guardiola. La dirección nacional apercibió en público a su baronesa después de que esta concediera una entrevista en el digital Okdiario para reconducir puentes con los ultras en la que llegó a decir que el feminismo en el que ella cree “es el feminismo que defiende Vox”. “Sobra ruido y falta trabajo serio alrededor de una mesa”, replicó a Guardiola esta semana la vicesecretaria Carmen Fúnez en un mensaje que cayó como un jarro de agua fría en el PP extremeño. “Ese recado de Génova no sentó nada bien”, admite un dirigente del territorio, que como otros se queja de que la cúpula, más allá de lanzar avisos, no echa una mano a sus barones para reconducir la relación con Vox.
A las 18.29 del pasado martes 17 de febrero, varios periodistas recibieron por WhatsApp un comunicado de apenas 357 palabras que iba a desatar una gigantesca crisis institucional a una velocidad de infarto. Se titulaba así: El director adjunto operativo de la Policía Nacional investigado por agresión sexual. En escasos cuatro párrafos, el abogado Jorge Piedrafita explicaba que un juzgado de Violencia contra la Mujer de Madrid había admitido a trámite una querella por violación contra el comisario José Ángel González, alias Jota, máximo jefe del cuerpo y con mando sobre sus cerca de 75.000 agentes. La noticia es una bomba. Y, en unos minutos y tras contrastarla, medios como EL PAÍS comienzan a ofrecer los primeros detalles de la denuncia presentada por una inspectora contra su superior. Habla de “penetración” no consentida, de “mensajes intimidatorios”, de “abuso de superioridad”, de “coacciones” para “comprar su silencio”... A las 20.30, solo dos horas después de difundirse la nota del letrado, González dimitía.
Pocas horas después de que su hermano Andrés fuera arrestado el jueves por la policía en su propio domicilio y trasladado a comisaría para ser interrogado, el rey Carlos III acudió a la London Fashion Week (Semana de la Moda de Londres). Formaba parte de su agenda desde hacía meses, que en su afán por preservar la normalidad no estaba dispuesto a alterar. Se le vio charlar entre risas con Stella McCartney, hija de Paul, el carismático componente de los Beatles. “Es genial, sí. Es genial. Vosotros dos tendrías que pasar un rato juntos”, le decía la diseñadora al monarca cuando le preguntaba por su padre.
Con la verde pradera geopolítica de antaño convertida en un campo minado, hay signos de que la Unión Europea y China caminan hacia una versión más pragmática de una relación marcada hasta ahora por la desconfianza. Es apenas un acercamiento táctico, motivado por la hostilidad de Estados Unidos. Cargado de suspicacias por ambos lados. Y que en Europa protagonizan más algunas cancillerías que las propias instituciones comunitarias. Bruselas sigue agarrándose a la retórica del apaciguamiento con el trumpismo, y el negativo fotográfico de ese atlantismo no permite alegrías con China. Pero han surgido voces que piden dar un paso adelante, sin líneas rojas, con Washington y con Pekín.

Son las seis de la tarde del jueves y, en la parte posterior del edificio Les Naus de Alicante, epicentro del escándalo de adjudicación de viviendas de protección pública que ha provocado una catarata de dimisiones en el Ayuntamiento (PP), cuatro mujeres terminan la clase con el profesor de pádel junto a la piscina. En la pista de al lado, los hombres sostienen un intenso partido. Acaban de encender las luces. Raquetas, toallas, zapatillas y ropas deportivas de colores llamativos. No es la imagen habitual en un edificio de viviendas protegidas construido sobre un solar que fue del Consistorio, precio fijo y facilidades de pago. Es la primera promoción de protección oficial que se entregaba en Alicante en 20 años y el listado de beneficiarios ha puesto contra las cuerdas al alcalde popular, Luis Barcala.

Cuando arrancó la legislatura en 2023, corrió un bulo en el sector educativo madrileño: que la presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, había colocado frente a esa cartera al administrador civil del Estado Emilio Viciana ―lego en la materia y en política― porque salían a pasear muchas mañanas con sus perros. La presidenta sí que frecuentaba, en cambio, al dramaturgo Antonio Castillo Algarra, que había sugerido el nombre de Viciana para el puesto. A él es fácil verle por el barrio madrileño de Argüelles paseando a su mascota, Platón, y ella suele hablar de su perro Bolbo en las entrevistas. Algarra, exdueño de una academia de apoyo escolar, nunca aspiró a un puesto oficial con su amiga Isa.

Sables por las esquinas, maquetas de barcos, telescopios, una estatua de Tintín tocada con un casco de la guerra de los Balcanes, un busto de Napoleón, un cuadrito de Richelieu, una foto de Conrad, una carta de Patrick O’Brian, una flor del campo de la batalla de Waterloo. Imagine la biblioteca de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) y ahora elévelo al cubo. La imagen se aproximará a lo que el visitante encuentra en el centro de operaciones del ex corresponsal de guerra, novelista, articulista y polemista. Tres plantas forradas con miles de libros con cuidadas encuadernaciones y salpicados de recuerdos de una vida vivida intensamente.





Álvaro Rivas García cumple 31 años el próximo 26 de febrero, el mismo día que se cumplen 31 años de la muerte de su madre, la periodista Sara García Calle. Sara murió de una embolia pulmonar horas después de la cesárea que le practicaron en un hospital madrileño para traer al mundo a su primer bebé. Tenía 27 años, trabajaba en EL PAÍS y su muerte dejó viudo al padre del niño, el también periodista Álvaro Rivas, y desolados a todos sus compañeros y amigos. Tres décadas después, el hijo de Sara y Álvaro es una celebridad. Cantante y letrista del grupo Alcalá Norte, el título de su canción La vida cañón se ha convertido en una frase hecha para referirse a la supuesta buena vida. Hablamos en el bar, frente por frente del centro comercial homónimo del grupo, donde sus integrantes se reunían de jovencitos a ver pasar la vida. Uno de esos garitos de barrio, barrio, con menú del día, pinchos en la barra y jubilados echando la mañana donde, en un cuarto de hora, oímos llamar “hijo de puta”, sucesivamente, a Pedro Sánchez y a Isabel Díaz Ayuso, en plano mudo en la tele. Decidimos irnos a un sitio más tranquilo. Es la hora del vermú, pero Rivas pide un vaso de agua.

A Álvaro Rivas García (Madrid, 30 años), hijo de periodistas, y huérfano de madre desde su nacimiento, nunca le tentó el periodismo. A pesar de ello, sus canciones al frente del micrófono y de las letras del grupo Alcalá Norte, tienen algo de crónica personal y generacional. Después del éxito de crítica y público de su primer disco, La vida cañón, y de una crisis de salud que casi le cuesta la vida, este año verá la luz su segundo disco, cuyo primer adelanto, El hombre planeta se estrenará en marzo.