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Para una generación entera, el fundador de Podemos, Pablo Iglesias, fue quien popularizó el oficio de politólogo: eran aquellos años posteriores a que nuestro país protestara, desde abajo, de la mano de los indignados. Para otra generación, en cambio, será la princesa de Asturias, Leonor de Borbón, quien simbolice el estudio de la ciencia política: una joven que ha pasado tres años aprendiendo en una institución jerárquica como son las Fuerzas Armadas a servir a los ciudadanos. La metáfora describe bien la evolución de España en estos 12 años. Hoy son las instituciones tradicionales del Estado las que parecen tener más capacidad de transmitir confianza, mientras que aquel populismo de las plazas ha mutado en cierta desafección democrática.
A la dirección del Congreso se le agota la paciencia con los agitadores ultras Vito Zoppellari Quiles y Bertrand Ndongo. Los dos, amparados en las credenciales de prensa que les fueron concedidas, campan por la Cámara hostigando a políticos de izquierda, reventando ruedas de prensa y enfrentándose a periodistas de diversos medios. Quiles y Ndongo han protagonizado esta semana nuevos incidentes, que han derivado en tres denuncias más ante los servicios del Congreso, basadas en las disposiciones introducidas el pasado año en el Reglamento para ponerle coto a ese tipo de actitudes. Quiles ya acumulaba ocho expedientes tras diversas denuncias presentadas por grupos políticos o por la propia Asociación de Periodistas Parlamentarios (APP). Ndongo, otros dos. La Mesa, en la reunión del próximo miércoles, se dispone a aprobar las primeras sanciones contra ellos, que con toda probabilidad derivarán en la retirada temporal de sus acreditaciones.
El doble bloqueo de Ormuz es un choque de época, con infinitas derivadas. De sufrimiento para los países importadores de petróleo y gas, en especial para los más pobres. De penuria, también, para los exportadores del golfo Pérsico, acostumbrados a nadar en la abundancia y que ahora ven cortocircuitados sus canales de venta. Y de dinero caído del cielo para las potencias fósiles de fuera de esa región, que están pudiendo vender ―y a precios mucho más altos― todo lo que sacan del subsuelo. Con un nombre destacado: el de Estados Unidos, que en poco más de una década ha pasado de una gran dependencia energética a una hegemonía ahora reforzada por la guerra ―su guerra― contra Irán.
Una semana antes del cónclave que empezó el 7 de mayo de 2025 se reunieron en un lujoso hotel del centro de Roma, el St. Regis,120 grandes donantes católicos de Estados Unidos, llamados por la Papal Foundation. Es una organización creada en 1988 por Juan Pablo II, en sintonía con Ronald Reagan en la Guerra Fría y tras el establecimiento de relaciones entre ambos estados en 1984. Nació para dejar atrás el escándalo de las finanzas vaticanas y canalizar hacia la Santa Sede el dinero de EE UU, el país que es el mayor benefactor de la Iglesia católica: se calcula que esta fundación ha donado 250 millones de dólares hasta 2024. Pero eso fue hasta el pontificado de Francisco, cuando ese flujo cayó drásticamente, pues Jorge Bergoglio era visto por el mundo más conservador como un papa comunista que odiaba EE UU.

Andrea García-Santesmases Fernández (Madrid, 37 años) estudió Antropología en la Complutense porque tenía claro que quería mirarlo todo con óptica política: “La Carlos III, donde hice Sociología, era una universidad más señorial, a pesar de ser pública”. Pronto se dio cuenta de que, dentro del movimiento estudiantil, las chicas siempre tenían roles secundarios. Acabó fundando un colectivo llamado Mantys, ese insecto que devora al macho después del sexo (aunque también acrónimo de Mujeres Antipatriarcales y Subversivas). Esta Doctora en Sociología, actual profesora de la UNED, llevea años investigando el deseo con perspectiva de género. En su último libro, ‘Un nuevo contrato sexual’ (Ariel, 2026) propone darle una vuelta a los roles en las relaciones heterosexuales. Y para hacerlo, entre otras cosas, se ha sentado muchas horas a hablar con gigolós.

El gimnasio se ha convertido en el nuevo bar, la nueva plaza del pueblo y el nuevo Tinder, todo en uno. Según la última Encuesta de Hábitos Deportivos del Consejo Superior de Deportes, un tercio de los españoles mayores de 15 años está inscrito en uno de estos centros deportivos, una cifra que crece año a año y que muestra un cambio social que se filtra en otros aspectos de la vida diaria, desde los hábitos de nutrición hasta la moda.
Después de las 14 sesiones y los testimonios prestados por más de 70 personas, el miércoles quedó visto para sentencia en el Tribunal Supremo el primero de los juicios del llamado caso Koldo, la supuesta trama de corrupción que operó en el corazón del Ministerio de Transportes cuando estaba a su frente José Luis Ábalos. El exministro y exsecretario de Organización del PSOE y su entonces hombre de la máxima confianza, Koldo García, están acusados de seis delitos por lucrarse con contratos amañados de compra de mascarillas por el citado ministerio en el peor momento de la pandemia. Afrontan peticiones de pena de hasta 30 años, que se reducen a siete años por cinco delitos para el empresario Víctor de Aldama, el “elemento corruptor”, según la Fiscalía Anticorrupción, pero que decidió colaborar con la Justicia a finales de 2024 cuando se encontraba en prisión provisional por otro fraude multimillonario.

El 11 de abril de 1963 vino cargado de éxitos: los Beatles publicaron From me to you y Juan XXIII proclamó la Pacem in terris. Si todo el mundo iba a escuchar la canción, la encíclica tendría un público bien cualificado. Kennedy la leyó y la alabó. El New York Times la incluyó, cosa hoy impensable, en su paginado. Los diarios comunistas europeos —L’Unità, L’Humanité— la cubrieron de incienso, y hasta George Kennan, el pensador geopolítico de la época, asistió a seminarios en su honor. Por supuesto, es difícil que un documento pontificio pueda competir en popularidad mundana con un single: tampoco una encíclica que —por obra de Darius Milhaud— llegó a convertirse en sinfonía. Pero, si no en las discotecas, el viejo del Vaticano sí iba a ganar a los muchachos de Liverpool en valor profético: lejos aún del pacifismo y la contracultura, Lennon y McCartney seguían cantando dulces naderías, mientras que Roncalli ya hablaba de raza e inmigración, de “familia humana” y de “paz en el mundo”.
Se escuchan ecos de los primeros meses de 2020, cuando el coronavirus SARS-CoV-2 saltó de China y comenzó a expandirse por todo el mundo hasta que se declaró la pandemia de covid-19 que, en el caso de España, nos tuvo encerrados en casa durante tres meses. Ahora es otro tipo de virus el que abre periódicos: la Organización Mundial de la Salud confirmó este miércoles que el virus que tiene en vilo al mundo por un brote en un crucero antártico es el virus de los Andes, un tipo de hantavirus con una tasa de mortalidad elevada y que se puede transmitir de persona a persona.
Hay vínculos que se forman en la distancia, sin que medie relación presencial alguna. Yo veía a esa mujer portentosa que hablaba tan rápido y sabía quién era, lo que había conseguido en el periodismo de este país, una figura casi histórica a pesar de que parecía rehuir las cámaras y los focos. Brillo de oficio, de pasión profunda era lo que me llegaba de ella cuando no la conocía y formaba parte de esa constelación de referentes que una se va tejiendo a medida que crece y busca modelos que sirvan de guía para entrar en la vida adulta. No hay más que repasar las fotografías de Soledad Gallego-Díaz a lo largo de las décadas en el periódico para darse cuenta de que fue una pionera pisando un terreno que parecía patrimonio exclusivo de los hombres: en muchas de esas reuniones ejecutivas ella era siempre la única mujer. Yo tuve noticia directa de la jefa cuando conocí a Lola Hierro en una mesa redonda en Málaga y me habló de la que era entonces la primera directora de EL PAÍS. En la descripción que hacía de Sol había admiración y afecto, un orgullo de formar parte del mismo equipo que ella. Envidié a Lola como envidio a todos los compañeros que han vivido y viven la experiencia de formar parte de una redacción, de pensar y escribir al lado de otros y no en la soledad de una habitación propia. Con el texto una siempre está a solas, claro está, pero la soledad no lo es tanto cuando está contigua a otras soledades.