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He pasado unos días de gran intensidad a la caza de un viejo nazi. En un ejemplo de nuevo-nuevo periodismo me he hecho acompañar de la IA, pero he de decir que las cosas no han ido como yo pensaba: hay que ver cómo la lía la IA. Todo vino de la lectura de La venganza de Odessa, la secuela póstuma de la célebre novela de Frederick Forsyth y también de haber pillado en Netflix una vieja película de 2001 en la que un tipo bastante patoso se recicla como periodista.



Durante el tiempo que permaneció sin respirar bajo el agua, el influencer Daniel Illescas intentó engañar a su mente. Mientras su cuerpo flotaba inmóvil, recreaba una rutina minuciosa: el sonido del despertador, su mano apagando la alarma, levantarse, ir al baño, lavarse la cara... “Pero después de cuatro minutos es imposible”, cuenta. “En un momento llegan las contracciones y sabes lo que estás haciendo”. Entonces ya no era momento de pensar, sino de aguantar.

“Ojalá hubiera muerto. Fue un viaje al infierno”. Así se pronunció Arya, nombre ficticio de una eritrea entrevistada por Naciones Unidas en su último informe sobre abusos contra migrantes y solicitantes de asilo en Libia, país de tránsito para cientos de miles de personas que, como esta mujer, tratan de alcanzar Europa cruzando el Mediterráneo. Quien lo intente en 2026 se verá ante un horizonte contradictorio: economías que necesitan trabajadores y sociedades que ya son muy diversas, pero también una arquitectura legislativa cada vez más hostil, proclive a expulsar con rapidez —a menudo sin respetar los derechos humanos— y a delegar responsabilidades en terceros países.
Después de cada etapa de la Volta a Catalunya, varios ciclistas se quitan un pequeño aparato que llevan bajo el maillot, entre el pecho y la axila izquierda. Es el CORE, un sensor que mide la temperatura corporal en tiempo real, parámetros que ayudan a optimizar el rendimiento y prevenir el sobrecalentamiento, por más que todavía no existe la panacea para resolver esos momentos en los que el cuerpo entra en estado febril por el esfuerzo y el calor.
Pocos son los inquilinos que no han tenido que pasar en algún momento de su vida por el filtro de un estudio de solvencia económica de una empresa de alquiler garantizado o por el escrutinio de un seguro de impago. Estas dos herramientas se han convertido en las mejores aliadas para los propietarios que arriendan sus viviendas.
Molina de Aragón tiene un nombre que se presta a confusión. En 1788, el científico alemán Abraham Gottlob Werner llamó aragonito a un mineral descubierto aquí pensando que procedía de Aragón, cuando debería haberlo bautizado castellanito, porque esto era entonces Castilla la Nueva, y hoy es Castilla-La Mancha, concretamente la provincia de Guadalajara.
El 1 de abril de 1956, el próximo miércoles hace 70 años, un grupo de universitarios hizo un llamamiento a la oposición al franquismo. No era un manifiesto normal de “los abajo firmantes”. En él aparece por primera vez un sujeto colectivo que se autoidentifica como “nosotros, hijos de los vencedores y de los vencidos”. Esa fue la novedad y la sustancia del documento que, entre otras cosas, decía, tal y como refleja el historiador Santos Juliá en Nosotros, los abajo firmantes (Galaxia Gutenberg, 2014): “En este día, aniversario de una victoria militar que, sin embargo, no ha resuelto ninguno de los problemas que obstaculizaban el desarrollo material y cultural de nuestra patria, los universitarios madrileños nos dirigimos nuevamente a nuestros compañeros de toda España y a la opinión pública. Y lo hacemos precisamente en esta fecha —nosotros, hijos de los vencedores y de los vencidos— porque es el día fundacional de un régimen que no ha sido capaz de integrarnos en una tradición auténtica, de proyectarnos a un porvenir común, de reconciliarnos con España y con nosotros mismos”.
Sería absurdo, además de falso, considerar que los detenidos por los sucesos de febrero de 1956 y los autores y primeros firmantes del Manifiesto del 1 de abril eran demócratas partidarios de una monarquía constitucional como la que ahora vivimos, y que por ella lucharon y sufrieron persecución, cárcel o torturas. El mismo mito ha formado parte de algunas de las historias escritas u orales sobre los protagonistas de la Transición. La realidad es que la mayoría de los estudiantes organizados redujeron poco a poco sus aspiraciones y convirtieron sus programas de máximos en programas de mínimos: ingresar en la comunidad europea, lo que significaba el desarrollo de todas las libertades y de un Estado de bienestar universal desconocido en otras partes del mundo. Esa ha sido su última utopía factible.
Lo resume Pradera de este modo tan directo: nuestro modelo era la democracia, pero no la representativa sino la revolucionaria; nuestro panteón no lo formaba la revolución americana, sino la francesa, las europeas de 1948, la Comuna de París, la revolución rusa de 1905 o la de Octubre de 1917. Nuestras lecturas no eran Locke o Montesquieu, Jefferson o Madison, Aron o Tocqueville, sino Rousseau, los jacobinos, Marx, Engels, Lenin, Rosa Luxemburgo, Sartre o Fanon; nos movilizaban la descolonización, la guerrilla urbana, Argelia, Cuba, Vietnam, el movimiento de los derechos civiles y de los panteras negras. Nuestros temas de conversación no eran la separación de poderes, el imperio de la ley, los sistemas electorales, la independencia del poder judicial, la alternancia en el poder o la protección de las minorías, sino el derrumbamiento del capitalismo, la vía parlamentaria de acceso al socialismo de Salvador Allende, los debates de la II y III Internacional, la conversión del valor de uso en valor de cambio, etcétera.
De este abigarrado mobiliario ideológico, cualquier proyecto político que no diese por supuesto el restablecimiento de la República, un breve proceso de transición hacia una economía planificada y las instituciones de una democracia popular carecía de hueco.
La Transición fue un milagro.
Para Ángela Cervantes (Barcelona, 33 años), estos han sido unos meses frenéticos. Su nominación al Goya a mejor actriz protagonista por La furia, en la que da vida a una joven que busca recomponer su vida tras sufrir una agresión sexual, la sumió en esa espiral de presentaciones, pruebas de vestuario y entrevistas que pone a prueba la resistencia de cualquiera. En su caso, pese a que esta es su tercera nominación en menos de un lustro —prueba del lugar central que ha conquistado en el cine español—, el reto se intensifica por su carácter reservado. “Echo de menos cosas de mi rutina como hacer ejercicio, cocinar rico o pasar tiempo con la gente que quiero porque este trabajo te hace desaparecer mucho. También soy bastante solitaria: a veces lo único que quiero es estar sola en casa y descansar”, explica. Ese deseo de recogimiento, sin embargo, convive con un momento profesional en plena expansión. Lapönia (en cines el 1 de abril), comedia que adapta el exitoso montaje teatral, sitúa a Cervantes en el centro de un conflicto familiar navideño repleto de tensiones y verdades incómodas. El anhelado descanso, de momento, tendrá que seguir esperando.
Paula Delgado
Rebeca T. Figueroa (Another Agency) para Dior Beauty
Cristina Serrano
Joana Real
Marina Marco
Un conseller del ram, el nom del qual és millor haver oblidat, va dir fa pocs anys —això no ho hem oblidat— que, a partir d’un moment que no va precisar, els universitaris que volguessin estudiar grec i llatí s’ho haurien de pagar de la seva butxaca. Se suposa que aquest conseller ja trobava prou mostra de munificència el fet que un govern, ja el català ja l’espanyol, pagui cap al 90% del cost de les matrícules en un establiment públic, i devia trobar aquest dispendi del tot inconcebible si allò que es sufragava eren estudis d’una cosa tan “inútil” com el grec i el llatí clàssics. (No són llengües mortes, perquè han sobreviscut gràcies als manuscrits i els llibres estampats; i són ben vives entre els que es dediquen als estudis clàssics, els millors que pot triar un estudiant de lletres avui dia, tota vegada que aquests sabers encara no estan contaminats per les abundoses, modernes ximpleries derivades dels cultural studies i de tot el políticament correcte: les diferències de gènere, el colonialisme —la Grècia clàssica no el va conèixer; l’hel·lenisme, sí—, o els sacrificis d’animals, costum religiós molt habitual a Grècia i Roma.)
El tremendo embrollo político vivido en el Capitolio de los Estados Unidos este viernes no ha servido para desbloquear el cierre presupuestario del Departamento de Seguridad Nacional (DHS, en sus siglas en inglés), que está sin fondos desde el pasado 14 de febrero, mientras que miles de funcionarios federales encadenan varias semanas sin cobrar sus salarios.