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Fueron una fiesta del cine, sí, pero los de este domingo tampoco fueron los Oscar de la política ni del compromiso. Ni los 14 caóticos meses del mandato de Donald Trump, ni la reciente guerra con Irán, ni los enquistados conflictos en Ucrania o Palestina, ni siquiera la futurible fusión de Paramount y Warner, tan de la industria, fueron más fuertes que el glamur de Hollywood y que el propio cine en la 98ª gala de los premios. Hubo chascarrillos y referencias veladas, pero pocos mensajes explícitos. El nombre del presidente del país ni siquiera se pronunció en una fiesta en la que Una batalla tras otra se alzó como ganadora absoluta con seis premios, entre ellos los más gordos: mejor película y dirección, además de guion adaptado, actor de reparto (Sean Penn), montaje y el nuevo de dirección de reparto.
En una de las escenas más icónicas del cine español, de la película Amanece que no es poco (1989), alguien grita: “¡Alcalde, todos somos contingentes, pero tú eres necesario!”. Hace más de 30 años, en un pequeño despacho de la Universidad Politécnica de Cataluña, dos estudiantes de doctorado —uno apasionado de la biología, el otro de la física— comenzaron a intercambiar problemas para atraer al otro a su terreno. Uno de esos problemas decía que si la vida en la Tierra hubiera seguido su curso inicial, hoy no habría humanos, ni animales, ni plantas, ni cualquier forma de vida compleja; solo microbios. En ese problema no todo podía ser contingente; tenía que haber un paso necesario que, sin embargo, nadie había conseguido definir.


Galicia, 1988. Un inspector de Educación escucha a un maestro rural maravillado por el talento matemático de una de sus alumnas. El profesor cree que hay que apoyar a aquella brillante niña de 10 años. Su interlocutor le pregunta dónde vive la cría. Tras saber que es vecina de Artes, una pequeña parroquia del municipio marinero de Ribeira (A Coruña), el funcionario dicta sentencia: “Con que sepa las cuatro reglas es suficiente”. La escolar se llamaba Rosa Crujeiras Casais y acaba de ser elegida rectora de la Universidad de Santiago (USC) porque su familia y el maestro ignoraron el veredicto.

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David Moragas (Almoster, Tarragona, 33 años) no se conforma con la imagen de la homosexualidad que ofrece la ficción actual. Su segunda película, Un altre home, se adentra en una Barcelona gentrificada a través de varios personajes gais anclados en lo real. Se acaba de estrenar en el Festival de Málaga y esta semana inaugura el D’A de Barcelona, antes de llegar a los cines el 26 de marzo. También ha publicado Fervor (Letras de Plata en castellano, La Magrana en catalán), una novela que arranca con un flechazo en una charla de Eva Illouz en el CCCB y recorre las formas del amor gay en la Barcelona de hoy. Nos recibe en su casa, cerca de la Sagrada Familia, donde acaba de instalarse con su novio.


Hace unas semanas, en el vagón de metro en el que yo viajaba entró un hombre y alzó la voz. Todos esperábamos escuchar una tímida disculpa, una historia de paro e indigencia y una petición sumisa de unas monedas. Pero no. El hombre, digo, alzó la voz y proclamó enérgicamente: “No les voy a pedir dinero. Sólo les voy a pedir que levanten la cabeza de sus teléfonos móviles y me digan buenos días”. Naturalmente, se trataba de una demanda imposible: la de que al mismo tiempo reconociéramos y negáramos con la mirada su existencia; la de que nos atreviéramos a mirarlo y a borrarlo del mundo con los mismos ojos y en el mismo gesto. El hombre, en realidad, lo sabía y solo quería ponernos en aprietos; era su pequeña revancha de humillado social. Porque hace falta, en efecto, un coraje mayúsculo, un coraje de sobrehumano campeón del mal para dar sólo los buenos días a un hombre que pide pan. “La única manera de testimoniar respeto a un hombre que sufre hambre”, escribía Simone Weil en 1943, “es darle de comer”. La única manera, sí, de reconocer la existencia de un hombre que sufre es aliviar su sufrimiento. Sólo un sádico sin entrañas se atrevería a mirar a los ojos a un hombre débil y desarmado y solo antes de matarlo.
La crisis actual en Irán —desencadenada por los ataques sorpresa conjuntos de Estados Unidos e Israel el 28 de febrero y que han escalado a un conflicto armado abierto— está generando un impacto profundo y en múltiples ángulos de la economía mundial. Lo que comenzó como una operación militar aparentemente focalizada, se ha convertido rápidamente en una amenaza sistémica para el crecimiento global, la inflación y la estabilidad energética.
Los siglos nunca duran cien años, y el XX no podría entenderse sin Cuba. En 1898, Estados Unidos demostró que ya sabía urdir coartadas bélicas y aprovechó el hundimiento del acorazado USS Maine para iniciar una guerra con España que pondría fin a nuestro imperio colonial. Desde entonces, la influencia de Washington sobre la isla se hizo constante a través de la Enmienda Platt. Luego vendría la revolución del 33, un breve periodo democrático de 12 años, la dictadura de Batista y, al fin, la revolución castrista, que implantaría una dictadura comunista que ha perdurado durante casi 70 años.
Menuda fiesta los 18 años. Al fin se puede votar, firmar un contrato, conducir un coche o reservar un tren. Hasta el Gobierno lo celebra: desde 2022 concede a cada cumpleañero 400 euros para gastar en obras, actividades y suscripciones del sector artístico. Aunque el denominado Bono Cultural Joven también viene con deberes: hay que solicitarlo y resolver la tramitación, una gestión no siempre al alcance de todos, como cuentan los datos desglosados a los que ha tenido acceso EL PAÍS a través de una petición al Ministerio de Cultura. Una vez concedido, además, toca decidir en qué emplearlo, y hacerlo según las reglas. El usuario que las infrinja tendrá que reintegrar los fondos. Y las empresas pueden afrontar una suspensión temporal, como ha sucedido estas últimas semanas con MediaMarkt, Discocil y Weezevent. O incluso peor, como la discoteca madrileña Jowke. En un vídeo que se ha viralizado en los últimos días, el dueño de este local mostraba cómo comprar una copa con el bono. Se ha convertido, así, en la primera empresa expulsada del programa.