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En medio del desorden global, de la ansiedad constante, la narración de la bielorrusa Svetlana Alexiévich (Stanislav, hoy Ivano-Frankivsk, Ucrania, 77 años), su voz, su pensamiento, es un ejercicio de comprensión y de alerta del retroceso de las democracias en todo el mundo. En su exilio en Berlín, donde tuvo que huir por su participación en 2020 el Consejo Coordinador de la Oposición al dictador Aleksandr Lukashenko, la escritora habla de la degradación del discurso político en Estados Unidos y de la confusión de Europa, rodeada por países “agresivos o desorientados”. También, de que el Homo Sovieticus, el “hombre rojo” que retrató en su último libro sobre el hundimiento de la Unión Soviética, en realidad no ha muerto, sino que sigue sentado en el Kremlin y lucha en Ucrania.



La presencia silenciosa de Sergio Ramírez (Masatepe, 83 años) aguarda tras el umbral de la puerta. El escritor nicaragüense vive en un apartamento, en el barrio madrileño de Chamberí, alargado como los vagones de un tren. Desde la ventana de la sala se ve florecer a los cedros que hasta hace poco, antes de que llegase la primavera, parecían muertos. De las paredes cuelgan cuadros de artistas como el cubano René Portocarrero junto a otros de IKEA que venían con la casa cuando la alquiló. Los exiliados como él dejan parte de su corazón en el lugar que les fue arrancado, además de muchas de sus pertenencias.



Martin Baron se jubiló de su puesto como director de The Washington Post hace cinco años, pero sigue hablando de la profesión en primera persona del plural con frases como “debemos hacer nuestro trabajo” o “esto o aquello es nuestra responsabilidad”.



La regularización extraordinaria divide a la población española: el 37,6% la ve con buenos ojos, al 21,5% le parece “regular” y al 33% mal o muy mal, sobre todo, a los votantes del PP y de Vox. En la eterna batalla de relatos políticos, la derecha parece imponerse en el que tiene que ver con la población inmigrante: el 60% de la ciudadanía con nacionalidad española considera que son demasiados; las expectativas sobre ese proceso para legalizar la situación en España de extranjeros sin documentación son mayoritariamente negativas y la conocida como “prioridad nacional”, esa cláusula que Vox ha exigido al PP para firmar los pactos de coalición autonómicos, es la opción más popular entre los votantes, según la encuesta del instituto 40dB. (2.000 entrevistas online) para EL PAÍS y la Cadena SER. Puede consultar todos los datos del sondeo aquí.

El PP ganaría las elecciones generales, si se celebrasen hoy, con un 31,3% de los votos, casi dos puntos menos de lo que obtuvo en 2023, según el último barómetro del instituto 40dB. para EL PAÍS y la Cadena SER. El sondeo confirma la tendencia a la baja de Vox, que cae casi un punto en estimación de voto en un mes, aunque sigue siendo la formación que más crece desde los comicios: un 5,5%. El PSOE, por su parte, se mantiene por debajo del 29%, esto es, 3,3 puntos menos del resultado de los últimos comicios generales. Su socio de Gobierno, Sumar, apenas altera la estimación de voto de la encuesta anterior, pero se deja 6,6 puntos porcentuales desde 2023, cuando se presentaron en coalición con Podemos. El sondeo detecta una subida de casi un punto de la marca del agitador ultra Alvise Pérez, Se Acabó la Fiesta (SALF), a punto de alcanzar a Podemos.

Cuando EL PAÍS salió a la calle, el 4 de mayo de 1976, no había ninguna certeza de que llegase al medio siglo de vida. En España, Franco acababa de morir, y la democracia se estaba gestando. Desde entonces han pasado guerras y revoluciones en el mundo, crisis económicas, transformaciones tecnológicas y avances científicos inimaginables. Han cambiado los soportes en los que se publican las noticias y la vía para transmitirlas. Ya somos un diario global que se escribe y lee en Europa, América y muchos otros lugares. Todo podría haber sido distinto. Y si hoy cumplimos 50 años, es, ante todo, gracias a los lectores.
José Ortega Spottorno, mi padre, procedía de una familia no solo intelectual —era hijo de José Ortega y Gasset—, sino también emprendedora en el campo de la cultura y los periódicos. Su propio padre contribuyó a impulsar El Sol, y fundó Revista de Occidente y la editorial del mismo nombre por donde entraron en España las últimas reflexiones europeas y estadounidenses. Su abuelo, José Ortega Munilla, había dirigido El Imparcial, fundado por el suegro de este, Eduardo Gasset y Artime. Todos fueron en su día medios de referencia y modernos —no necesariamente los más vendidos (esa conjunción de EL PAÍS fue y sigue siendo novedosa)— sobre los que los Ortega acabaron siempre por perder influencia. Pero eso no fue lo importante, sino haber contribuido a forjar órganos que sirvieran al país en su modernización política, económica, social y exterior. José podía haberse dado por satisfecho con haber recuperado Revista de Occidente, la editorial primero y el mensual, después, y fundado Alianza Editorial, que tanto contribuyó a difundir cultura, especialmente entre lo que acabaría siendo la generación de la Transición, transición muy orteguiana, por cierto. Pero su sentido del deber y de la oportunidad, con el previsible final a la vista del régimen de Franco, le llevó a intentar la publicación de un periódico que acabaría llamándose EL PAÍS.
Cuando todavía no estaba claro el desenlace del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, EL PAÍS sacó a la calle una edición en defensa de la Constitución española. Sus periodistas demostraron cómo hay que actuar cuando la historia, de pronto, da un giro a peor. Mientras otros políticos y medios de comunicación guardaban silencio, EL PAÍS alzó la voz. Y esa voz del periódico contribuyó a que el golpe fracasara y a estabilizar la democracia de la que España disfruta hasta el día de hoy.
Borges escribió que “cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Es posible que la frase no solo valga para las personas, sino también para los periódicos; si es así, EL PAÍS supo para siempre quién era durante la tarde y la noche del 23 de febrero de 1981.