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Macrohistoria y microhistoria: fueron años que cambiaron el mundo, donde se plantó la semilla de la policrisis contemporánea, también años muy particulares en la vida de Elvira Lindo, en los que habitó, a medio año por costa, las dos orillas del Atlántico: Nueva York y Madrid.

La campaña en Andalucía para las elecciones parlamentarias del 17 de mayo comenzó ayer con el actual presidente, Juan Manuel Moreno, como claro favorito en las encuestas. El líder del PP aspira a revalidar su mayoría absoluta, que requiere de 55 escaños de los 109 que componen el Parlamento andaluz, y algunos sondeos se la dan. Tras él sitúan al PSOE, con la exvicepresidenta y exministra María Jesús Montero como candidata, seguida de Vox, que con un 10% de intención de votos según el CIS, podría tener la llave de Moreno al Palacio de San Telmo.
Pobrecitos míos, esos chavales reaccionarios. Hay que entenderlos. Claro, ¿cómo no se van a sentir mal si están todas las chicas adelantándoles a derecha e izquierda, formándose más, sacando mejores notas, organizando mejor sus vidas? ¿Cómo no nos van a dar pena si resulta que ellas saben bien lo que quieren y ya no están para aguantar a niñatos posesivos, ni dispuestas a sufrir ni por amor ni por sexo ni por príncipes de ningún color? Ni un segundo hemos tardado en justificar su pataleta contra el cambio cultural de la igualdad y lo que les pide: que renuncien a los privilegios de género que vienen heredando desde hace siglos por simple razón biológica mediante esa sólida estructura llamada patriarcado. No, hay que entenderlos a ellos, tan frágiles, tan heridos por esa charla sobre violencia que les dieron un día en el instituto. No es el machismo lo que los hace machistas sino el feminismo, mira tú por dónde. ¿Cómo se explica que un niño que ha crecido en las mismas aulas que sus homólogas femeninas de repente llegue a la adolescencia y se declare partidario de un orden antiguo hegeliano en el que el esclavo siempre se flexiona en femenino? ¿Cómo unas criaturas con madres trabajadoras, fruto de parejas que se escogen y se vinculan libremente (para eso está el divorcio) puedan transformarse en aspirantes a machos dominantes? ¿Cómo, pero cómo puede ser que habiendo crecido en una sociedad en la que hay maestras, médicas, funcionarias, mujeres policía o soldado, cómo se puede tener por normal esa rebelión contra lo que no es más que una cuestión de equidad y justicia? Pobrecitos, repiten, no mojan porque ellas se han vuelto exigentes, desean y aman siendo fieles a sí mismas, sin someterse y claro, los que no las quieren así, emancipadas e independientes, no tienen opciones. Y por ellos debemos llorar, nos dicen. Como las madres de antes, que sentían pena por el niño al que todo le costaba mientras que a la niña le mandaba hacerle la cama, fregar los platos, recoger la ropa sucia del hombrecito de la casa. Y esa compasión por los machitos destronados los perjudica a ellos aunque no lo vean. En vez de acompañarlos en el lloriqueo alguien (a ser posible un hombre adulto) debería decirles que se pongan de una vez las pilas, que si quieren llegar a sus compañeras no les queda otra que cambiar de cultura y sumarse a la del feminismo. Y que esos que les susurran a través de las pantallas que volverán tiempos pasados de dominación masculina no son más que timadores embusteros que los están llevando a engaño. Y en masa.
Quizá hayan oído hablar de una tal Taylor Swift. La cantante ha saltado a la primera plana de las noticias estos días por un movimiento legal que ha tomado para proteger su autonomía digital. Como ya hizo en su día el actor Matthew McConaughey, Swift ha empezado a proteger su imagen frente a la inteligencia artificial (IA) registrando como marca elementos de su identidad: dos frases con su voz (“Hey, it’s Taylor” y “Hey, it’s Taylor Swift” —desconocemos si son dos grabaciones o una duplicada sin la parte final—), y una imagen icónica suya con una guitarra en un concierto. McConaughey ya registró, también como marca, su impenitente “Alright, alright, alright”.

El laboratorio de la astroquímica Ewine van Dishoeck es el universo, donde ocurren reacciones químicas imposibles en la Tierra. Se declara fan del polvo (interestelar) y cree que como mujer lo tuvo más fácil en la universidad, “porque los profesores se fijaban en ti”. Entre otros galardones, van Dishoek ganó el Premio Kavli en astrofísica en 2018 “por sus contribuciones combinadas a la astroquímica observacional, teórica y de laboratorio, dilucidando el ciclo de vida de las nubes interestelares y la formación de estrellas y planetas”.


Los amabilísimos ujieres del Congreso de los Diputados suelen ser los encargados de decirnos, una vez sentadas nuestras posaderas en el asiento de la tribuna, cuáles son las normas de comportamiento. Mucho cuidado con el uso de los móviles, nada de aplausos ni protestas, ni se os ocurran los improperios, las alegrías, mucho menos el vocerío. Es la grada del decoro, de la compostura, de las buenas maneras. Es la grada en la que una tiene que poner cara de nada, aunque esté ardiendo por dentro. A veces he soñado con poder darle la vuelta a la tortilla y que sea ahí abajo, donde se sientan sus señorías, donde reinen la buena educación y la esgrima y sea arriba donde nos dejen dar rienda suelta al desmelene.

Bienvenidos al barrio más densificado de Madrid. En Tetuán viven 169.479 personas en 5,3 kilómetros cuadrados. Es un número de habitantes similar al de ciudades como Salamanca o Burgos, siete veces más grande que este distrito al norte de la capital. La densidad de población en dos de sus barrios llega a los 42.000 habitantes por kilómetro cuadrado. Nada se queda vacío. El mercado está en alza: casi no hay huecos vacíos y los pocos solares que quedan sin ocupar ya tienen colocado el letrero de “se vende”. Tetuán ha experimentado un bum inmobiliario: 25 edificios nuevos levantados en los últimos tres años, según el registro de licencias otorgadas por el Ayuntamiento de Madrid. “El suelo está completamente agotado”, se quejan las asociaciones vecinales. Aun así, hay quien piensa que se puede densificar aún más.


L’any 1974 Pasolini va ser víctima d’una humiliació tenebrosa, de les moltes que va sofrir a causa de la seva orientació política —membre del Partit Comunista Italià fins que l’en van expulsar—, les seves pel·lícules i la seva vida sexual. Maria Antonietta Macchiocchi ensenyava des de feia dos cursos a la Universitat de Vincennes —on van anar a parar els professors revolucionaris senyalats arran dels fets del maig de 1968—, després que va ser acomiadada de la Universitat de Roma a causa de les seves idees polítiques. Com va dir ella mateixa en unes declaracions a un diari italià, “[a Vincennes] vaig transformar la meva càtedra en un espai de llibertat en un lloc en què això era viable”. Hi havia dirigit, l’any 1973, un seminari sobre Gramsci, i aquell any dedicava el curs al feixisme europeu.