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“Hombre de 28 años, de excelente familia, de agradable apariencia, con buenas perspectivas, desea casarse con una joven con dote.” Esta es la clase de mensaje que podría haberse encontrado cualquiera que abriera un periódico a finales del siglo XIX. Un siglo después, el mensaje habría sido un poco menos sutil: “Enorme polla, 80 kilos, busco un hombre duro y que no ronque, de 25 a 40 años, con brazos grandes y sin gatos. Me gustan los bolos, el teatro y el gimnasio. ¡Vamos a hacer que funcione!”. El primero es una publicación del periódico Le Chasseur Français, el segundo aparece recogido en la página de Instagram de Long Lost Personals, un auténtico archivo en papel de antiguos anuncios personales de los clasificados de antaño cuyos más de 160.000 seguidores demuestran que, en tiempos de Tinder y encuentros inmediatos, la infraestructura y los tiempos de los encuentros de antaño ejercen un enorme poder de fascinación.
Aseguraban en mi niñez que frotándose los ojos desaparecían los monstruos que protagonizan las pesadillas. Pero ahora puedes masajear los párpados hasta el infinito sin que desconectes de la presencia de ellos. Se llama Donald Trump. Todo en su gestualidad, en su voz, en su presencia física incita a la grima. También las permanentes y enloquecidas amenazas y decisiones del incontestable dueño del universo. Puede permitirse el lujo de ser absolutamente obsceno, de enviar a sus tropas civiles a invadir el Capitolio sin que le enchironen para el resto de su maldita existencia, anunciar que va a construir resorts y hoteles de lujo para que se relajen sus colegas y el turismo de élite en la arrasada Palestina, ese lugar habitado por la destrucción, el hambre, la sed y la muerte. Y dudo que sepa ni lo elemental sobre lo que fue la civilización persa, pero asegura que la va a reducir a escombros y también a sus descendientes, los igualmente infames ayatolás.

La disfunción eréctil es un asunto que ha perturbado a generaciones de hombres durante siglos. Aparece descrito en jeroglíficos egipcios, en pinturas griegas y hasta en el Antiguo Testamento. El tema provocó desvelos a lo largo de milenios y se probó de todo para combatirla: médicos medievales lo intentaron con hierbas, oraciones y tratamientos tópicos; también se administraron afrodisíacos y en el siglo XIX, se ensayaron inyecciones de tejido testicular para aumentar la testosterona. Hoy, la disfunción eréctil está ampliamente estudiada y dispone de tratamientos que van desde pastillas, como la viagra, hasta estrategias quirúrgicas para los casos más graves. En ese abanico terapéutico, las prótesis de pene acostumbran a ser la última opción, reservada a pacientes que no responden a otros tratamientos.
La crisis de Ceuta se ha convertido en una maraña en la que el Gobierno, lejos de ver la luz al final del túnel un mes y medio después del salto fronterizo, se enreda cada día más. La desclasificación de documentos con la que el Ejecutivo esperaba retomar la iniciativa y demostrar que no fue advertido de la amenaza a la integridad territorial en la que unos 80.000 inmigrantes irregulares irrumpieron en la ciudad desde Marruecos, ha terminado desatando una guerra abierta en la Delegación que va mucho más allá de las repercusiones políticas. Los cargos involucrados en la gestión de la crisis tienen muy presente la causa judicial abierta en la Audiencia Nacional.

Los antiguos romanos ya tenían muy clara la relevancia de una pregunta específica para analizar ciertas dinámicas humanas: cui prodest? (¿a quién beneficia?). Fue Séneca quién popularizó la idea con un verso de su Medea en el cual se apunta que el autor de un crimen suele ser quien se beneficia.

De regreso del exilio, durante la Transición, todos los días recorría el mismo itinerario. Salía de casa, situada en un barrio residencial de Oviedo, atravesaba el parque de San Francisco, pasaba por la plaza de la Escandalera, se confundía en el trajín de la calle de Uría, daba una vuelta al claustro de la vieja universidad y luego deshacía el camino andado. Parecía un jubilado perdido en el tráfico de una capital de provincia, uno de esos ancianos anónimos que echa migas a las palomas. Tenía la piel fina, de limón tostado, con los párpados oblicuos detrás de los cristales, se movía con modales antiguos, de cortesía masónica, con la esencia de un frasco que se rompió en 1936. Muy pocos sabían que aquel anciano llamado José Maldonado fue el último presidente de la Segunda República Española.
En un momento de El 47, en uno de los picos emocionales del filme que triunfó en la taquilla y en los Premios Goya de 2025, Zoe Bonafonte (Barcelona, 22 años) canta a capela el tema antifranquista de Chicho Sánchez Ferlosio, Gallo rojo, gallo negro, y rompe a llorar. Para la actriz, que entonces tenía apenas 18 años, aquella era su primera película, y aquella fue la primera escena que le tocó grabar. “No había más remedio que empezar por ahí…”, le dijo Marcel Barrena, director de la película, al también director Daniel Monzón. “Me contó esa anécdota cuando vi su película en un pase antes del estreno oficial, le pregunté por Zoe, porque estaba buscando protagonista para mi siguiente filme, Ruega por nosotras, y me había gustado mucho. Me dijo que esa escena del canto fue la primera que hizo ella y se quedó con la primera toma porque era perfecta. Me dijo que no lo dudara”, explica Monzón, que no lo dudó. Tampoco Estel Díaz. Ni Óscar Pedraza. En los próximos días y meses, la actriz barcelonesa estrena tres películas, dos de ellas como protagonista. Primero llegará A fuego (en cines desde el 21 de agosto), donde junto a la cantante Ruslana reivindica el baile y lo colectivo; después vendrá Enfrentados: Marfil (en Prime Video el 9 de septiembre), primera parte del díptico basado en las novelas de Mercedes Ron en el que interpreta a la hermana pequeña de la protagonista, Ester Expósito, y le seguirá Ébano, en la que tendrá más protagonismo; y, ya en noviembre, tras su paso por el próximo Festival de San Sebastián, estrenará Ruega por nosotras, película basada en los testimonios de decenas de chicas caídas en desgracia o en riesgo de caer que pasaron por el Patronato de Protección a la Mujer durante la dictadura y hasta 1985 “con el fin de elevar su moralidad”.
Beatriz Machado
Paola García (Another Artists Agency) para Dior Beauty
Cristina Serrano
Another Agency
Pablo Mingo
Carmen Cruz
Una joya de arte medieval está haciendo más por sanar las heridas del Brexit y acercar las dos orillas del Canal de la Mancha que una década de diplomacia. La exposición dedicada al tapiz de Bayeux en Londres, inaugurada esta semana, se ha convertido rápidamente en uno de los grandes acontecimientos culturales de la década. Con las entradas agotadas hasta 2027 a los pocos minutos después de que el British Museum las pusiese a la venta, como si fuera un concierto de Taylor Swift, la dimensión de esta muestra va mucho más allá de la cultura.
Leo que hace 25 años de la publicación de La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, y recuerdo unas declaraciones del autor que Carles Geli reprodujo en este diario a raíz de su muerte prematura; de ellas se desprende una imagen poco halagüeña de la sociedad literaria española. “No hay nada ahí que pueda interesarme”, decía Zafón. “Para mí es exactamente como la asociación de amigos de la zarzuela”. También decía: “Todo lo que se dice en esos ámbitos es por intereses disfrazados de principios”. Y también: “He tenido la buena fortuna de poder pasar de todo eso. El supuesto mundillo literario es 1% literario y 99% mundillo”. Y también: “La literatura española es un gueto de mediocridad, aburrimiento, pretensión y pose”. Y también: “La crítica literaria es un búnker de los sesenta al que la gente ha pasado por encima”.
Mi pariente joven me miró divertido e hizo un gesto con las manos imitando el aletear de una mariposa. “Es que pusimos una planta hospedera y se llenó de mariposas”, me explicó su madre, el rostro a contraluz, una belleza del siglo XIX, la piel blanquísima, los pómulos marcados, mientras le daba el pecho a otro pariente aún más joven recostada en un sofá. Lo dijo como si yo supiera qué es una planta hospedera, como si todo el mundo tuviera una planta hospedera en su casa, entonces me aclaró que es una planta en la que sobre todo las mariposas suelen poner sus huevos, que la plantaron adrede en el jardín, que un día vio allí una mariposa, que al día siguiente la planta estaba repleta de larvas que al poco tiempo fueron, ellas también, mariposas, y que todo eso había pasado allí, a 10 metros de donde estábamos, en un patio donde hay también una canoa y una larga mesa de madera y una parrilla y plantas de toda clase incluyendo cactus —lo cual hace que después de determinada experiencia que involucró a mi pariente joven y a un trozo de cactus me mantenga lejos de ese sitio si voy acompañada por cachorros humanos; la vigilancia no me sale bien—, y me dije: “Vivimos en mundos distintos. Este es hermoso”. Ahí estaba mi pariente joven haciendo el gesto del aleteo, sonriente, rubio y azul, con todo el aroma del sueño plácido brotándole de la piel de durazno, contándome sin hablar que había presenciado el milagro inconcebible de una planta llamadora de la fertilidad, con toda su familia vibrando alrededor como un cuerpo ambarino en la mañana fría, los pies dentro de sus pantuflas con cara de conejo o de oso —no me fijé bien—, juguetes desparramados sobre la mesa y el piso, planes de ir al parque o a la calesita o a donde sea, porque todos los planes son buenos cuando uno tiene ocho meses o cuatro años y padres que construyen recuerdos para el futuro apelando al mundo, recuerdos hechos de la magia de las cosas.