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Incluso las personas más comedidas en su gestualidad y en su oratoria ofrecían la sensación de estar borrachas de alegría después de la victoria de España en este Mundial planificado por dos gánsteres todopoderosos, ese Trump tan esperpéntico y grotesco como infinitamente dañino para cualquiera que posea ojos, oídos y al menos dos dedos de frente y su encantado y aséptico lacayo Infantino. Ambos intentaron pegarse como una lapa a la campeona buscando imposible protagonismo. Daba vergüenza. Y esa final ha sido degradante, sucia, asquerosa. Solo por parte de un equipo, del perdedor.
La primera vez que lloré en un museo fue con 17 años. Yo y mi amiga Cynthia habíamos ido al Reina Sofía para ver De donde no se vuelve, la exposición que recorría la trayectoria de Alberto García-Alix. Tengo muy mala memoria, pero aún puedo acordarme de algunas de las fotos que componían la pieza audiovisual que me emocionó. Había amigos muertos del fotógrafo, prostitutas, retratos suyos. De fondo sonaba la voz ronca y grave de García-Alix advirtiendo del poder de la fotografía como médium que “nos lleva al otro lado de la vida, de donde no se vuelve”.
El mundo sufre terribles conflictos bélicos. Tanto el ataque contra Ucrania como aquel contra Irán son guerras muy internacionalizadas. En el primer caso, decenas de países apoyan la resistencia de Kiev, y otros como Corea del Norte o Irán respaldan al agresor; en el segundo, hay varios países involucrados directamente, y otros de forma indirecta. Ello, sin embargo, no significa que nos hallemos en una guerra mundial, ni tampoco que estemos cerca de ella. Lo que sí en cambio afrontamos es algo que se va pareciendo a una guerra comercial mundial de intensidad mediana.
Hubo un tiempo en el que Chuck Palahniuk (Portland, EE UU, 64 años) acudía asiduamente a todo tipo de terapias de grupo. Era como su personaje en El club de la lucha, Marla Singer. Se hacía pasar, como ella, por alguien aquejado de lo que fuese de lo que la terapia trataba. Trabajaba en una fábrica de camiones por entonces. Había estudiado periodismo, pero el periodismo no le había hecho rico. Ni siquiera le daba para vivir. Así que su solapa de escritor, en aquellos lejanos años 90, era una colección de empleos horribles. Mientras, asistía al taller que el escritor Tom Spanbauer daba en su casa. “Cada semana teníamos que escribir un relato, y yo necesitaba ideas”, recuerda.

El camino de Juan desde la libertad hasta verse posando orgulloso sobre un paso de cebra arcoíris de la prisión de Morón de la Frontera es tortuoso. No había experimentado en su vida adulta lo que supone ocultarse como un hombre gay hasta que pisó por primera vez una prisión, hace tres años. “Entré con mucho miedo de que me violasen en un servicio”, reconoce. Decidió entonces meterse al armario e impostar una vida irreal que incluía una mujer en la calle y ademanes masculinos. Cuando lo trasladaron a la prisión sevillana, pensó que aquello sería “más de lo mismo”, pero se equivocó: “Aquí me he soltado la pluma y he vuelto a ser yo”. Juan es uno de los 15 integrantes de Espacio Seguro, una iniciativa creada por este centro para fomentar la diversidad y la visibilidad de las personas LGTBIQ+ entre sus 1.350 internos. “Ahora somos como una familia”, apostilla Juan.





Hace años que la Unión Europea se presenta como el referente mundial en la lucha contra el cambio climático. El Pacto Verde Europeo, los objetivos de descarbonización y la defensa de una transición ecológica justa forman parte de su relato político. Sin embargo, cuando esos objetivos entran en conflicto con los intereses de las grandes empresas tecnológicas o con la competitividad industrial, esa firmeza parece desvanecerse con sorprendente facilidad.
Tabitha Lasley, periodista de Londres, es proposa escriure un llibre sobre els treballadors de les plataformes petrolieres del mar del Nord. Homes rudes, tatuats, enigmàtics, amb feines dures i ben remunerades, que passen mig any en búnquers testosterònics lluny de la civilització. L’objectiu és investigar com són els homes quan no hi ha cap dona a la vista. És una premissa fallida; la seva presència la farà impossible. Així i tot, agafa un any sabàtic i es muda a la ciutat portuària escocesa per on, tard o d’hora, passen tots els treballadors. N’entrevista més de cent, però el llibre que finalment publica el 2021, Sea State, té un protagonista: un treballador casat que converteix en el seu amant. L’arc de la relació és tristament previsible, el mateix que es repeteix des que Odisseu va deixar l’illa de Circe (amant) per tornar a Ítaca (legítima esposa).
Lluís Canut (Barcelona, 1957) tiene una memoria prodigiosa, imprescindible para deshacer los equívocos, corregir los lapsus y llenar los blancos que se originan en las conversaciones y discusiones sobre periodismo y deporte con el único soporte de la tradición oral, que siempre gira a favor del relator, y más cuando se habla del Barça. Tiene el dato, la fecha y los protagonistas del momento, como si siempre estuviera preparado para el concurso más exigente, fiable en sus respuestas y quirúrgico en su argumentario, de manera que es una suerte -sobre todo para el gremio- que haya escrito el libro La vida en directe (Columna) en compañía de su compañero y amigo Víctor Lavagnini.
Países Bajos, pionero en el mundo en la regulación de la eutanasia en 2002, apunta por primera vez un factor que puede contribuir a su aumento: las carencias del sistema sanitario. En particular, los problemas en la atención a casos complejos de salud mental y la falta de personal en la asistencia a domicilio a mayores y enfermos terminales. En los 24 años de vigencia de la ley, se ha pasado de 2.000 casos en 2003 a 10.000 en 2025, cuando supuso cerca del 6% del total de fallecimientos a escala nacional.