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Tabitha Lasley, periodista de Londres, es proposa escriure un llibre sobre els treballadors de les plataformes petrolieres del mar del Nord. Homes rudes, tatuats, enigmàtics, amb feines dures i ben remunerades, que passen mig any en búnquers testosterònics lluny de la civilització. L’objectiu és investigar com són els homes quan no hi ha cap dona a la vista. És una premissa fallida; la seva presència la farà impossible. Així i tot, agafa un any sabàtic i es muda a la ciutat portuària escocesa per on, tard o d’hora, passen tots els treballadors. N’entrevista més de cent, però el llibre que finalment publica el 2021, Sea State, té un protagonista: un treballador casat que converteix en el seu amant. L’arc de la relació és tristament previsible, el mateix que es repeteix des que Odisseu va deixar l’illa de Circe (amant) per tornar a Ítaca (legítima esposa).
Lluís Canut (Barcelona, 1957) tiene una memoria prodigiosa, imprescindible para deshacer los equívocos, corregir los lapsus y llenar los blancos que se originan en las conversaciones y discusiones sobre periodismo y deporte con el único soporte de la tradición oral, que siempre gira a favor del relator, y más cuando se habla del Barça. Tiene el dato, la fecha y los protagonistas del momento, como si siempre estuviera preparado para el concurso más exigente, fiable en sus respuestas y quirúrgico en su argumentario, de manera que es una suerte -sobre todo para el gremio- que haya escrito el libro La vida en directe (Columna) en compañía de su compañero y amigo Víctor Lavagnini.
Puede que atravesemos la época más calurosa del año, pero el cielo amenaza tormenta. Como un barco a la deriva, los habitantes del siglo XXI avanzamos sin rumbo. En este estado de cosas, cuando la megagalería suiza Hauser & Wirth le propuso a Rashid Johnson organizar una muestra para su sede en Menorca, el artista, conocido por su obra multimedia en torno a cuestiones que abarcan desde la identidad afroamericana a la angustia existencial, pensó que qué mejor que cribar la inquietud que gobierna el presente con el filtro del arte. No para hacer sangre, sino para generar una cierta perspectiva: un punto de vista diferencial con el que poder hablar más de esperanza que de derrota, de precedentes antes que de casos aislados.
Los primeros meses de 2023 vinieron marcados por la ubicuidad del tema ‘Flowers’, de Miley Cyrus. Fue el hit perfecto: un sonido que la emparejaba con Mark Ronson y con Fleetwood Mac —el vinilo de Rumours se convirtió en el disco que se compraban los jóvenes que adquirían su primer tocadiscos—, una letra de autoayuda e independencia y un vídeo icónico que inspiró miles de recreaciones en redes sociales. La canción estaba en todas partes y le gustaba a casi todo el mundo, lo que hacía que nadie perdiera el tiempo en reparar en las listas de éxito globales. Parecía imposible que nada ni nadie le hiciera sombra. El sol no se ponía en ese imperio de tres minutos.





Dédalo creó el laberinto para guardar un oscuro secreto en el corazón de una familia real. El minotauro era hijo de un encuentro prohibido entre Pasífae y un toro blanco que Poseidón le había regalado a su marido Minos, rey de Creta, para apoyar su derecho al trono. Minos tenía que sacrificar al toro en honor al dios, pero el animal es tan bello que decide quedárselo y matar a otro en su lugar. Como castigo por el engaño, los dioses instalan en su esposa un deseo salvaje por el animal, al que seduce paseándose con un lomo de madera con la forma y la piel de una vaca. De esa unión nace un hijo monstruoso y divino, un minotauro llamado Asterión.
El eco del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial hace resonar cantos corales. En el subterráneo, un grupo de mujeres baila a la luz de un par de velas mientras una cámara las graba. En la biblioteca, una cámara fotografía libros añejos. El binomio arte-espiritualidad se remonta a históricas representaciones como las pinturas rupestres y su función chamánica, a los sarcófagos egipcios pensados para la vida después de la muerte o a las tradiciones budistas que entendían el arte como vehículo de meditación. Durante siglos, la Iglesia católica fue el gran patrocinador artístico en Europa, con sus catedrales góticas o la iconografía bizantina, pero la progresiva secularización de la sociedad fue derivando también en una secularización de la cultura. Sin embargo, en los últimos años la espiritualidad ha vuelto a ser musa en la creación artística. “Ha estallado en todo lo mainstream y es una cosa popular con fenómenos como el de Rosalía, que de repente se vuelve algo muy atractivo”, reflexiona el escultor Javier Viver.



Después de dos libros de no-ficción acerca de su estrecha relación con el alcohol y una novela con el corazón como protagonista, Sofía Balbuena (Buenos Aires, Argentina, 1984) acaba de publicar su primer libro de cuentos, Personaje secundario (Páginas de Espuma). Y, como se dice coloquialmente, ha caído de pie porque con él ha ganado el IX Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve. Los cinco relatos que componen el volumen están protagonizados por mujeres en diferentes momentos vitales pero que están unidas entre sí por el hilo invisible de la incertidumbre. El amor, el sexo, la condición de migrante, la clase social o la maternidad son algunos de los temas que la autora toca con maestría.
El próximo miércoles, Fernando Alonso cumplirá 45 años. De ellos, 23, más de la mitad, se los ha pasado compitiendo en el Mundial de Fórmula 1, en el que debutó en 2001 y en el que, en 2005 cambió para siempre la historia del automovilismo en España al levantar la primera de sus dos coronas de campeón, ambas con Renault. La inercia que cogió el asturiano y que parecía imparable dio un frenazo la temporada siguiente (2007), al fichar por McLaren y encontrarse allí a un irreverente novato que hizo tambalear el esquema de prioridades de la escudería británica: Lewis Hamilton. Desde entonces, Alonso ha cambiado de equipo cuatro veces más (Renault, Ferrari, McLaren y Alpine) antes de caer en Aston Martin (2023), como sustituto de Sebastian Vettel. Un primer año muy por encima de las expectativas, con cinco podios en las seis primeras carreras, ocho en total, hizo que la ilusión de algunos se disparara hasta cotas mucho más allá de lo razonable. Tres cursos después, la marca de coches de James Bond no ha dejado de despeñarse.
Durante años pareció que plataformas como Airbnb, Booking o Skyscanner habían condenado a las agencias de viajes a convertirse en una reliquia. Después llegaron las redes sociales, en las que miles de creadores de contenido empezaron a hacer recomendaciones de viajes, de lugares ideales para hacerse la foto de las vacaciones y de restaurantes que no te podías perder. El advenimiento de la inteligencia artificial todavía complicó más las cosas para los agentes de viajes, ya que cualquiera podía crear en unos minutos un itinerario completo por las islas griegas con lugares que visitar, hoteles de ensueño y bares auténticos (aunque quizá alguno de ellos fuera una alucinación de la IA y no existiera). Parecía que la tradicional agencia de viajes tenía los días contados, que cada uno de nosotros podía organizarse el viaje perfecto sin esfuerzo, pero, aunque eso tenga una parte de verdad, la avalancha de recomendaciones (muchas veces idénticas) ha provocado una insoportable saturación de algunos destinos y, en definitiva, una experiencia claramente mejorable. Esos inconvenientes han devuelto valor a algo que, por ahora, las IA no tienen en exceso: criterio.