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El anatomista Takeshi Yoro tiene 88 años y pasó 30 de ellos haciendo autopsias en la Universidad de Tokio. Cuando dejó la docencia, en 1995, se dedicó a investigar el cerebro humano y su relación con el cuerpo. Y a coleccionar insectos. En 2003 publicó El muro de la ignorancia (Baka no Kabe), que ahora edita en España Debate, donde sostenía que la intransigencia humana no es un defecto moral, sino una condición neurológica: el cerebro, ante cualquier información que contradiga sus certezas, no la procesa —actúa como si no existiera—. Tenemos mucha información, explica en el libro, pero no nos entendemos entre nosotros por la existencia de un “muro invisible” hecho de prejuicios, sesgos, autosuficiencia y falta de escucha. Vendió cuatro millones de ejemplares en sus primeros dos años, convirtiéndolo en una celebridad que explicaba operaciones matemáticas en programas de variedades y en auditorios repletos de familias. Sus críticos señalan que Yoro no siempre escapa a su propio diagnóstico: fumador declarado de más de 20 cigarrillos diarios, negó durante décadas cualquier relación científica entre el tabaco y el cáncer de pulmón; en 2024 publicó un ensayo donde contó que padecía exactamente ese cáncer. En la Exposición Universal de Osaka fue presentado el Profesor Yoro IA, un doble digital alimentado con sus más de 200 libros.
Mulay (título de señor) Hasán ben Mohamed el Alauí, príncipe heredero de Marruecos, intensifica su aprendizaje para reinar tras las convalecencias del rey Mohamed VI, intervenido de una fractura en el hombro a finales de 2024 y aquejado de una dolencia lumbar a comienzos de este mismo año. Poco antes de cumplir 23 años este viernes, el monarca ha designado a su primogénito para uno de los más altos cargos militares del país magrebí, mientras impulsa para que le represente cada vez con mayor frecuencia en actos oficiales relevantes.
En los últimos años, en las estanterías de los bares, tras camareros a los que cada vez es más común ver agitar cocteleras, han empezado a aparecer botellas de nuevos espirituosos premium, saborizados, con menor graduación o directamente 0,0%. El consumo de alcohol retrocede y el sector busca adaptarse a las nuevas tendencias, que marcan no solo cuánto, sino también qué, cuándo y cómo se bebe. “Hay una transformación de la industria. Un cambio claro, moderado pero cambio, que lleva un cierto tiempo”, dice por videollamada Javier Pijoan, director ejecutivo de Zamora Company, responsable de marcas como Licor 43 o Martin Miller’s Gin.
La casa es un lugar de paso. Las viviendas se quedan, las personas se van. Lo hemos leído, y visto en el cine, tanto como en nuestra propia vida: nadie sabe de nosotros tanto como nuestros pisos. Las casas nos conocen. Sin hablar, las paredes guardan memoria. Son testigo, al principio, de cómo querríamos vivir. Terminan sabiendo cómo hemos acabado viviendo. Ese recorrido vital lo describen pavimentos y ventanas. También los muebles revelan elecciones, dudas y, con los años, descuidos. En una casa cuesta ventilar el sobreesfuerzo, que deja ver su cuidado, tanto como la nostalgia que encierran sus estancias o incluso la pereza que trasluce su mantenimiento. Por eso, cuando una vivienda cambia de manos, no cambia exactamente de vida.
En 1861 el fotógrafo Félix Nadar protagonizó una histórica inmersión en las catacumbas de París, la gigantesca red de túneles en la que reposan los restos de unas seis millones de personas. Utilizadas como osario desde finales del siglo XVIII, para aprovechar los casi 300 kilómetros de galerías bajo la capital fruto de la extracción de piedra caliza y poner fin, así, a los problemas con la saturación de los cementerios (además de los malos olores, la ciudad continuaba expandiéndose), la Francia napoleónica reconvirtió aquel depósito mortuorio en monumental obra de arte funeraria y la abrió al público en 1809. Bajo la tutela del ingeniero Héricart de Thury, que decoró y diseñó sus muros con hileras de huesos, símbolos o placas indicando los cementerios de origen, las catacumbas están repletas de inscripciones literarias, presididas por ese dantesco “¡Detente! He aquí el Imperio de la Muerte” a su entrada por el Distrito XIV de París, comienzo oficial del recorrido.
El 8 de mayo de 2025, justo después de su elección como papa, cuando arreciaban las guerras de Gaza y Ucrania, León XIV clamó desde el balcón de la basílica de San Pedro: “¡Basta de guerras!”. ¿Cuántas guerras terminaron aquel día? Ni una sola. Ahora bien, si Netanyahu y Putin hubieran dado una orden, las masacres en Gaza y Ucrania hubieran cesado de inmediato. Eso es el poder político: el poder real, duro, ejecutivo. A veces parece olvidarse que el Papa no tiene ninguno, y que el tiempo de los papas guerreros pasó a la historia. Es verdad que el Papa sigue siendo jefe de un Estado, y además un Estado teocrático; pero es una verdad matizable, sobre todo si se recuerda que el rancho medio de Estados Unidos posee cuatro veces más extensión que el Vaticano, cuyo número de habitantes equivale a menos del 1% de los trabajadores de Mercadona. O sea: más o menos como Irán o Arabia Saudí, Estados teocráticos por excelencia.
Aunque en el skyline de Nueva York sólo parezca haber lugar para los rascacielos de lujo —edificios lápiz, llaman a los más modernos, tan exclusivos que sólo ofrecen un apartamento por planta—, la suerte de las viviendas sociales se debate entre la necesidad y la ruina, en la más amplia acepción de la palabra. La ciudad, a través de la agencia municipal NYCHA, proporciona alquileres reducidos a residentes de bajos y medios ingresos desde los años treinta del pasado siglo y en la actualidad alberga a 298.206 personas en 152.926 apartamentos, distribuidos en 243 complejos residenciales, los popularmente conocidos como projects. Es decir, casi uno de cada 20 neoyorquinos, en su mayoría afroamericanos y latinos.
Algunas ciudades trascienden su propia realidad hasta crear un mapa paralelo desde la ficción. No ocurre en tantos centros urbanos. París es uno de ellos, que en este caso surcaremos a partir de crímenes en tinta o filmados, tan legendarios que, a veces, parece que ocurrieran entre nosotros y no en la imaginación de sus creadores.

El momento del año en el que empezamos a pasar las legumbres de los platos de cuchara a las ensaladas ha llegado. Puedes prepararlas con lentejas, garbanzos o alubias de manera casi indistinta, combinarlas con todo un universo de ingredientes y emplear en ello muy poco tiempo, ¿acaso no son maravillosas?
Seguramente, pocas personas saben cuál es el origen de la tintura natural de color púrpura, uno de los tonos que en la Antigüedad se reservaba exclusivamente a la ropa de la realeza. Originario de la ciudad libanesa de Tiro, el color se extraía de la baba de una especie de caracoles marinos que habitaban en el Mediterráneo. Eran necesarios miles de ellos para conseguir unos gramos de tinte, lo que terminó reservando este color a la vestimenta de las personas que podían pagarlo y llevó a los caracoles de los que se conseguía a prácticamente extinguirse. En 2026, a miles de kilómetros del Mediterráneo, en Pinotepa de Don Luis, situado en el Estado de Oaxaca (México), una pequeña comunidad de 15 hombres se dedica a obtener la tintura del caracol púrpura mediante el mismo método tradicional, pero respetando la especie. Las mujeres de la comunidad lavan las fibras a teñir para quitar el exceso de polvo y las meten en costales que los hombres llevan hasta las costas pacíficas de Huatulco, donde las transportan en lanchas hasta una pequeña isla de rocas en la que habita esta especie. “Con una vara de madera desprenden el caracol, que suelta un líquido blanquecino que se fragmenta sobre las fibras. El caracol se devuelve a las rocas y las fibras se airean en un tendedero y, en un proceso de oxidación por el sol, ocurre el cambio de color: de blanco pasa a amarillo, de ahí a verde y luego a morado, que es el definitivo”, explica Jafet Sugia, de la cooperativa Púrpura Tixinda.