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Quejarse puede salir caro en una residencia de mayores en Madrid. Lo sabe, al menos, una docena de usuarios y familiares que denuncian que han sido expulsados o sancionados tras protestar por las malas condiciones en las que viven en estos centros. La solución casi siempre es la misma: amenazas de traslados forzosos que en algunos casos se han terminado concretando, según familias y asociaciones en defensa de los residentes, que interpretan estas medidas como “represalias” por visibilizar ―a veces públicamente, a veces solo ante la dirección del centro― el deterioro que sufren estos centros. La situación se ha convertido en una especie de patrón, pero las residencias se desmarcan y se escudan en supuestos incumplimientos del régimen interno disciplinario por parte de los residentes o familiares involucrados y niegan rotundamente cualquier tipo de venganza.
Khoudia Diop tiene 26 años y lleva en un matrimonio a distancia desde los 17. Ella vive en Léona, un pueblo en el noroeste de Senegal; él, en Catania, en Italia, donde ahora vende productos en los mercados. Sus padres se encargaron de los preparativos antes de que partiera a Europa en 2008. Él solo regresó una vez, en 2023. “Nos las arreglamos, pero no es fácil”, admite Diop, que ha sacado un momento, en medio de sus múltiples tareas domésticas en casa de sus suegros, para hablar con este diario. Su caso no es la excepción, sino, más bien, la norma en el pueblo y, en general, en la región de Louga, profundamente marcada por la migración. La Oficina de Acogida, Orientación y Seguimiento de Senegal (BAOS, por sus siglas en francés) calcula que casi el 56% de los hogares de Louga tienen al menos un miembro de la familia viviendo en el extranjero. En 2024, alrededor de 740.000 senegaleses se habían marchado del país.
La salida de Emiratos Árabes Unidos de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), la semana pasada, es una señal de la situación imposible en la que el doble bloqueo del estrecho de Ormuz ha colocado a los países del Golfo. Necesitada de divisas —es el primer país de la región que ha pedido ayuda a Estados Unidos—, la monarquía árabe da una señal a los compradores: cuando el petróleo vuelva a fluir, venderá cuanto pueda exportar al precio que sea, sin coordinarse con el resto del cártel. Pero las implicaciones de la espantada van más allá de un problema comercial.
“Los protagonistas de 1914 eran como sonámbulos, vigilantes pero ciegos, angustiados por los sueños, pero inconscientes ante la realidad del horror que estaban a punto de traer al mundo”. Así presentaba Christopher Clark Sonámbulos, magnífica obra sobre cómo Europa fue hacia la Gran Guerra. El libro recorre con minuciosidad ese cómo, escudriñando los movimientos de los diferentes líderes políticos y sus mensajes inexactos, que buscaban atraer la opinión pública de sus países y contribuyeron a una locura colectiva donde miles de personas vitoreaban la guerra antes de la guerra, todavía ajenos a su horror. La suma de decisiones y acciones de un momento, alimentadas durante años con miedo, inseguridad y venganza, abrieron paso al odio y terminaron desencadenando la guerra.

Con frecuencia, los que participamos en medios de comunicación nos referimos a casos que están en boca de todos por afectar a personas con cierta notoriedad. En mi caso, escribo sólo para hacer divulgación de mi materia, el Derecho Procesal, a fin de que, ilustrando la explicación con esos casos que interesan a la gente, los ciudadanos sepan mucho mejor cómo se celebran los procesos. De ese modo, si algún día deben acudir ante algún juez, habrá menos oportunidades de que pasen por los tribunales con la kafkiana sensación de no haber entendido nada.
Ese concepto de prioridad nacional introducido en nuestra política en las últimas semanas por el populismo de derechas apela a un tópico. El lema de colocar tu castellanía por encima de cualquier mestizaje no es ajeno a nuestro pasado. También en todas las esquinas del planeta siempre hay alguien que quiere escuchar que sus políticos priorizan su pedigrí sobre el resto de perros callejeros. El último gran éxito de esta deliciosa engañifa fue la gorra trumpiana del America First. A estas alturas, los miles de militares norteamericanos empantanados desde hace meses a la boca del estrecho de Ormuz empiezan a preguntarse qué parte de América tiene capital en Teherán. La angélica idea de que las bombas perseguían, en lugar del puro negocio, liberar a la población sometida a los clérigos iraníes ya ha sido descalificada. La represión se ceba con los jóvenes que se atrevieron a protagonizar las revueltas contra el poder religioso, que ahora son presentados como traidores a la patria. Igual que los dos líderes con más ascendente sobre Trump, Putin y Netanyahu, también los ayatolás utilizan la guerra y el patriotismo que desencadena para eternizar su permanencia en el poder.
Cumplí 50 años ayer, al igual que El País. Un medio que me acompaña desde niño, primero en papel y después en digital, en cualquier parte del mundo. Aún recuerdo con cariño la camiseta que me envió firmada Juan Luis Cebrián con motivo de los 10 años del periódico. He dedicado mi carrera a las comunicaciones móviles, en proyectos de colaboración internacional, de un calado y a una velocidad como no han existido antes en la historia de la humanidad, que han llevado al desarrollo de las redes, internet y el acceso ubicuo a la información, los teléfonos móviles inteligentes, la computación portátil y la inteligencia artificial. Y que han traído cambios y retos para el periodismo a los cuales EL PAÍS ha sabido adaptarse. Este periódico siempre ha sido para mí un referente. Un medio abierto, crítico e independiente, capaz de mirar al futuro, con precaución pero sin miedo, y abordar los retos y los avances desde una perspectiva que trata de no dejar a nadie fuera, pese a la creciente fragmentación ideológica, tecnológica y geopolítica que vivimos tanto en España como en el resto del mundo. Felicidades, por estos 50 años, a todos los que formáis parte de EL PAÍS. Y espero poder llegar a celebrar con vosotros los 100 años.

Leila Slimani pasa días felices en Madrid, donde ha disfrutado de una residencia en el Museo del Prado que le ha permitido conocerlo a fondo para sumergirse en la escritura de un relato sobre este lugar. La autora francomarroquí, nacida en Rabat, en 1981, recorre con pasión la sala de las Pinturas Negras de Goya, donde ve a Elon Musk o a Donald Trump en los demonios que aleccionan a las masas. Ganadora del Premio Goncourt, ha rematado la trilogía El país de los otros (Cabaret Voltaire), que aborda las complicaciones y riquezas de una familia mixta como la suya, con caminos de ida, vuelta y extrañamiento entre culturas.

Todo empezó en la retina de un pollo. La carrera del bioquímico Gabriel Rabinovich (Córdoba, Argentina, 57 años), descubridor de una especie de interruptores moleculares que regulan el sistema inmune, dio sus primeros pasos ahí, aprendiendo en un laboratorio de química biológica, poco después de graduarse, a fabricar anticuerpos en conejos contra proteínas de la retina del pollo.