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Cada temporada es una nueva página en la gran enciclopedia del baloncesto europeo. Cada curso deja vencedores y vencidos. Equipos que superan las expectativas y otros que no las cumplen. Héroes inesperados, estrellas que deslumbran, un viaje por todo el continente con destino a la cumbre. La gran competición europea en el mundo de la canasta, la Euroliga, es cada año un apasionante y largo camino que desemboca en la gloria para los elegidos. Y que permite coleccionar un puñado de grandes historias que, contadas por quienes fueron sus protagonistas y las vivieron en primera persona, son una pequeña joya. Eso es Historias inolvidables de 25 Euroligas (La esfera de los libros), la obra en la que Sergio Vegas y Natxo Mendaza dan forma a una idea que sobrevoló durante un programa de radio y que plasman después de un cuidadoso trabajo de entrevistas a algunos de los mejores actores de esta película.

Las comidas solían tener una estructura argumental, como una historia en tres actos que se desarrollaba sobre el mantel. Primero, segundo y postre. La dieta mediterránea se erigió sobre esta premisa; la gastronomía ganó en variedad con esta separación. Empezó como una moda, pero fue adquiriendo con los siglos el peso de la costumbre, hasta codificarse en el legado cultural. Sus orígenes se remontan a la España del siglo IX, pero después de más de un milenio como paradigma gastronómico, algo se empezó a quebrar en los últimos años. El menú de tres platos está muriendo. Los motivos son evidentes e irrevocables.
La Tertulia abrió sus puertas en Granada el 19 de abril de 1980. Nació como un bar —de copas, no de comida; el clásico pub de hace años—, pero sobre todo, como un espacio cultural. Un proyecto que venía soñado desde Suecia, donde su propietario, Horacio Tato Rébora, vivió un tiempo. Tato había llegado a Madrid desde Argentina huyendo de la dictadura del país americano en 1976. Estuvo unos meses, viajó por España, y se fue a Suecia, de donde volvió un par de años después. El éxito cultural fue inmediato y sigue hasta hoy; el negocio, el de la cervezas y licores de más rango, aguantó unas décadas, dando al empresario lo comido por lo servido pero en los últimos años ya no alcanza ni eso. Por ello, el 30 de mayo, La Tertulia, el lugar donde ha bebido y reído toda la intelectualidad que ha pisado la ciudad, echará la persiana 46 años después de aquel 19 de abril del 80.





Mustapha Brouzi Chairi, el principal implicado en la gran causa por narcotráfico en la que se ha descubierto el segundo narcotúnel de Ceuta, no perdonó que un supuesto transportista de hachís ayudara a la Guardia Civil a descubrir en febrero del año pasado la primera galería de tráfico subterráneo de drogas detectada en España. “Estaré detrás de él toda mi vida; si no lo detono, no me llamo Mustapha Brouzi”, dijo en una de las múltiples conversaciones interceptadas por la Policía Nacional. Esta última investigación, que acaba de enviarse a la Audiencia Nacional, revela que Brouzi, un importante narco al que fuentes de la investigación definen como pieza clave para que el hachís entrara en España desde Marruecos, presumía de ser el dueño de aquel primer narcopasadizo y de que la organización criminal que lideraba hizo contactos para matar Himad T.B., a quien consideraban un chivato por haber colaborado con los investigadores.
El Congreso de los Diputados ha puesto a disposición pública la veintena de documentos relacionados con el golpe del 23 de febrero de 1981 que guardaba en sus archivos y que estaban catalogados aún como secretos a pesar de que su contenido ya había sido difundido por la prensa hace años. El Parlamento se ha sumado así a la disposición publicada el 24 de febrero de este año en el BOE tras el acuerdo del Consejo de Ministros de desclasificar todos los papeles reservados en poder de cuatro ministerios sobre la intentona golpista. Entre el material disponible, al que ha tenido acceso EL PAÍS, figura el acta del pleno secreto que se convocó en el Congreso 24 días después del intento golpista, los informes de los secretarios de aquella Mesa de la Cámara, las notas internas que reflejan la tensión entre mandos y agentes de la Policía y de la Guardia Civil, y los balances de la Intendencia con todos los gastos de la comida, bebida y tabaco que se consumieron aquellas largas horas en las que la democracia estuvo seriamente en peligro.
Convertirse en propietario de una vivienda ha pasado a ser hoy un sueño inalcanzable para una parte significativa de la sociedad. No era así hace tanto. De hecho, la todavía legítima aspiración de muchos ciudadanos de comprarse una casa emana de una tradición propietaria que ha distinguido a la sociedad española de la de otros países del entorno, más propensas al alquiler. Los datos sirven para detallar con precisión esta aspiración ahora insatisfecha: entre 2008 y 2022, 14 años, los hogares que residen en una vivienda de su propiedad han caído más de diez puntos, hasta representar el 63,9% del total; lo que ha provocado, a su vez, que aquellos atados a un alquiler se hayan elevado hasta el 19,2% en este tiempo. Sin embargo, esta deslocalización de la propiedad no ha afectado a los propietarios que poseen también viviendas que alquilan a otros: han pasado de representar el 3,4% al 9,8% del total.

Falta de personal, caídas recurrentes, temperaturas en las habitaciones de más de 34 grados durante las olas de calor, residentes abandonados en las Urgencias del hospital, fallos en la supervisión de la alimentación, pocas actividades terapéuticas para los usuarios más dependientes: las quejas en la residencia de mayores Arabarren, de Vitoria, se acumulan desde su apertura hace tres años. “No se les da una atención digna”, se lee en un documento que han elaborado 18 familias de usuarios del centro tras un encuentro para denunciar su situación.
El juicio al que había acudido, recuerdan algunos, no debió terminar bien. Se encaró con el juez. O el juez con él, quién sabe. Soy amigo de los jugadores del Barça, le soltó al magistrado. Pero nada. O más bien, peor. Su señoría decretó su ingreso involuntario en un psiquiátrico por un supuesto cuadro psicótico. “A Sant Boi”, proclamaron en la sala, refiriéndose a la legendaria institución para acoger, fundamentalmente, a la mitad de locos de Catalunya. Pero ni Cristóbal estaba loco, ni el juez se había enterado de nada.
Supongo que son los inconvenientes de haber visto demasiada televisión. No tiene demasiada lógica, pero ocurre así: cuando me encuentro en petit comité y la conversación deriva hacia la relación entre artistas y periodistas, me asalta un añejo estribillo de Torrebruno. Seguro que muchos lo recuerdan: “Tigres, leones, todos quieren ser los campeones”.
No debe ser fácil ser Britney Spears. Nunca ha debido serlo. Siempre hay una sonrisa en su cara, siempre parece tener ganas de bailar, siempre prevalece la dulzura, la impostada inocencia que la coronó en la música y en el universo pop hace más de 25 años. Pero ya no hay engaño. Se entrevé, al fondo, el dolor. Lejos de cerrarse, las grietas de la artista, de 44 años, son cada vez más visibles, por mucho que se esfuerce en sonreír y negar. Las dos últimas han sido evidentes, y con apenas unas semanas de diferencia. A principios de marzo, fue detenida por conducir con más alcohol en su organismo del permitido cerca de su casa de California. Apenas un mes después, la princesa del pop, ganadora del Grammy, con 150 millones de discos vendidos, ingresaba en una clínica de rehabilitación. Por su propio pie. Y sin decir una sola palabra. Las señales del dolor eran evidentes.