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Elvira Sastre se ha colgado una cámara al hombro para tomar fotos y combatir así la muerte, la fugacidad. De ello deja prueba en su último libro, En defensa de la memoria (Lumen), donde combina imágenes con reflexiones en un tiempo de pérdidas y también descubrimientos. “Hago fotos porque me resisto a la muerte, para retener a los que se van”, asegura. “Hay algo muy valioso en esperar, jugártela a un disparo frente a lo que impera ahora misma. Y la foto me hace relacionarme con el fracaso”. Sastre (Segovia, 1992) es la invitada esta semana de Berna González Harbour en este capítulo de Qué estás leyendo, el podcast de libros de EL PAÍS, esta vez también en vídeo.

Es oportuno rescatar un viejo dicho en este oficio: las opiniones son libres, los hechos son sagrados. En este tiempo acelerado, son muchos los que se lanzan a opinar antes de saber, y parecen menos los que quieren saber antes de opinar. El periodismo se debe a los segundos. Los medios tienen opiniones: se llama línea editorial, pueden considerarse una ideología, pero es más exacto señalar que son valores que se comparten con una comunidad. EL PAÍS nació hace 50 años comprometido con las reformas democráticas que necesitaba la España en la que acababa de morir el dictador Franco: se definió en su fundación como “liberal, independiente, socialmente solidario, nacional, europeo y atento a la mutación que opera en la sociedad occidental". Los valores que ha representado EL PAÍS en este medio siglo permiten sumar algunos adjetivos: progresista, pluralista, igualitario. Pero por encima de cualquier adjetivo han estado siempre los hechos, es decir, la verdad. Nadie representó mejor los valores de EL PAÍS y, por tanto, la búsqueda obsesiva de la verdad que Soledad Gallego-Díaz, fallecida este martes. Nos dejó sin su guía apenas un día después de que el diario al que dedicó la mayor parte de su larga carrera celebrara por todo lo alto el 50º aniversario. En los fastos era notoria su ausencia, la que solo podía explicarse en que se encontraba en las últimas horas de una vida excepcional. La llamábamos Sol. Todavía duele conjugar el verbo en pasado.
Los responsables de la Organización Mundial de la Salud han comparado la situación vivida en el buque MV Hondius, donde ya han muerto tres personas, con otro brote de hantavirus que se dio en la Patagonia argentina entre 2018 y 2019. Tras la introducción del virus desde un reservorio de roedores, tres personas sintomáticas asistieron a eventos sociales concurridos: un cumpleaños, un funeral y la consulta del médico. Son eventos supercontagiadores, situaciones en las que un virus cuyo reservorio principal son los ratones pasa de humano en humano y crea un brote. Entonces hubo 34 contagios y 11 muertes.
A dos días de que el MV Hondius llegue a Granadilla de Abona, en Tenerife, quedan todavía varias incógnitas sobre cómo y cuándo acabará cada pasajero en su casa. Está claro que los 14 españoles serán trasladados por un avión militar a Madrid para hacer cuarentena en el Hospital Gómez-Ulla de Madrid, pero no tanto cuánto durará, ni qué pasará si alguno se negara a aislarse en el centro. Para los otros 133, de 22 nacionalidades, dependerá de las conversaciones con sus gobiernos para recogerlos. Los europeos, Estados Unidos y Reino Unido ya están llegando a acuerdos, pero queda mucho en el aire sobre qué sucederá con los ciudadanos de terceros países. “No va a salir nadie [del barco] que no vaya a salir directamente al aeropuerto para su país de origen”, ha dicho este jueves Virginia Barcones, directora general de Protección Civil y Emergencias, que ha indicado que Países Bajos será el responsable último en caso de no alcanzar consensos. Tampoco se sabe exactamente cómo ni quién se encargará de la desinfección del navío.
En Castilla-La Mancha proliferan los aeródromos privados vinculados a la caza. Solo la provincia de Ciudad Real cuenta con al menos cinco pistas de vuelo de este tipo, algunas a solo 30 kilómetros entre ellas. Y habrá otra más si el Gobierno regional autoriza la que la empresa Nortia proyecta levantar en la finca El Molinillo, en Retuerta del Bullaque, junto al Parque Nacional de Cabañeros.
A la dirección del Congreso se le agota la paciencia con los agitadores ultras Vito Zoppellari Quiles y Bertrand Ndongo. Los dos, amparados en las credenciales de prensa que les fueron concedidas, campan por la Cámara hostigando a políticos de izquierda, reventando ruedas de prensa y enfrentándose a periodistas de diversos medios. Quiles y Ndongo han protagonizado esta semana nuevos incidentes, que han derivado en tres denuncias más ante los servicios del Congreso, basadas en las disposiciones introducidas el pasado año en el Reglamento para ponerle coto a ese tipo de actitudes. Quiles ya acumulaba ocho expedientes tras diversas denuncias presentadas por grupos políticos o por la propia Asociación de Periodistas Parlamentarios (APP). Ndongo, otros dos. La Mesa, en la reunión del próximo miércoles, se dispone a aprobar las primeras sanciones contra ellos, que con toda probabilidad derivarán en la retirada temporal de sus acreditaciones.

Andrea García-Santesmases Fernández (Madrid, 37 años) estudió Antropología en la Complutense porque tenía claro que quería mirarlo todo con óptica política: “La Carlos III, donde hice Sociología, era una universidad más señorial, a pesar de ser pública”. Pronto se dio cuenta de que, dentro del movimiento estudiantil, las chicas siempre tenían roles secundarios. Acabó fundando un colectivo llamado Mantys, ese insecto que devora al macho después del sexo (aunque también acrónimo de Mujeres Antipatriarcales y Subversivas). Esta Doctora en Sociología, actual profesora de la UNED, llevea años investigando el deseo con perspectiva de género. En su último libro, ‘Un nuevo contrato sexual’ (Ariel, 2026) propone darle una vuelta a los roles en las relaciones heterosexuales. Y para hacerlo, entre otras cosas, se ha sentado muchas horas a hablar con gigolós.
