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Així com la protagonista de Benvolguda, l’anterior novel·la d’Empar Moliner (Santa Eulàlia de Ronçana, 1966), Remei Duran, dibuixant d’èxit de cinquanta i tants anys, sexualment apàtica i amb “el certificat de menopàusica oficial”, mare d’una criatura i casada amb un músic, preveu sense cap mena de dubte la pròxima infidelitat del marit, i gèlidament i furiosament determina intervenir-hi perquè les coses inevitables almenys passin segons com ella vol, Clàudia Pruna, polèmica articulista, loquaç tertuliana radiofònica i aclamada novel·lista, la protagonista d’Instruccions per viure sense ella, també decideix agafar el timó i governar, amb la construcció d’una tramoia desaforada, el rumb que han pres les circumstàncies irremeiables que l’abocaran a la mort en un futur horripilantment immediat: el diagnòstic mèdic és inequívoc i el càncer ha entrat ja en una fase terminal. Llegim Instruccions per viure sense ella, situable com a mínim a la mateixa altura qualitativa de Benvolguda, i ens preguntem on és aquella Empar Moliner que amb una incontenible i vitalíssima violència fustigava la insatisfeta existència i els fútils anhels d’una classe mitjana que no sabia com aprofitar el seu benestar, en quin moment de la seva obra es produeix el clic que la impulsa cap a la contundent i sàvia profunditat literària on es troba ara. Jo diria que el localitzem en un conte molt breu inclòs a És que abans no érem així, ‘La garsa’: “Enmig de la carretera hi ha el cadàver aixafat d’una garsa. Al seu costat, una altra garsa crida, s’esgargamella, potser avisa les altres. Entén, a la seva manera, que la garsa de la carretera, plana, com una taca de pintura, ha deixat de tenir vida i ja no s’aixecarà. Crida, crida, crida. De seguida se la comença a menjar”.

La eslovena Marta Kos (Slovenj Gradec, 60 años) pertenece a esa generación de dirigentes centroeuropeos cuya biografía puede describir también la transformación de Europa. Nacida en la antigua Yugoslavia, se formó como periodista y pasó por la diplomacia y la política eslovena antes de desembarcar en Bruselas como responsable de la ampliación de la Unión Europea, un proceso que marca el futuro del continente en plena redefinición histórica.

Se respira una sensación de bienestar en las oficinas de Primavera Sound en Barcelona. Desde una séptima planta, las paredes de vidrio lucen vistas al mar y luz natural. En el parque del Fòrum, que se ve desde las ventanas, se celebra la edición principal del festival que en 2019 fue el primero de gran escala en presentar un cartel con paridad de género y que, tras 25 años de historia, hoy se replica en ocho ciudades de Europa y América Latina.

“Cuando me pongo delante de alguien, me pongo a preguntar. No puedo evitarlo”. Espídico como es, Juan Cruz asaetea al fotógrafo con preguntas de todo tipo. También al entrevistador, que por una vez no es él mismo. Maestro de periodistas y amigo de todo el mundo, Juan Cruz (Puerto de la Cruz, Tenerife, 77 años) compila en Inolvidables (Galaxia Gutenberg) algunas de las más importantes entrevistas de su larga carrera. Desde la primera que hizo en su isla natal a los 13 años, a algunos de los nombres mayores de la cultura de las últimas décadas: de María Zambrano a Günter Grass, pasando por Mario Vargas Llosa o Cristina Fernández Cubas, todos han comparecido delante de la grabadora del periodista. ¿Se atreve a dar una cifra tentativa de cuántas ha hecho en su vida? Se atreve: “3.000″.


Al principio no di mucho crédito a lo que oí de unos exploradores que aseguraban haber resuelto el misterio del oasis perdido de Zerzura. Lo atribuí a un intento de desprestigiar al aventurero conde Lászlo Almásy, que había dejado resuelto el tema en los años treinta, y en consecuencia, dado que es uno de mis héroes favoritos, me lo tomé como algo personal. Más aún por la sospechosa coincidencia con la aparición de mi nuevo libro, en cuyas páginas iniciales rindo sentido tributo al explorador húngaro que inspiró El paciente inglés. A lo mejor era un complot para hundirnos a los dos.




Aunque no rebaja a ninguno de sus monstruos —espectáculo mediático, multitudes, emporios del lujo, polémicas geopolíticas—, la 61ª Bienal de Venecia celebra con obstinación didáctica uno de los postulados más rentables de la filosofía kantiana: la ilusión de que el juicio estético, sin ser estrictamente conocimiento, funciona como si lo fuera. No corrige el mercado —nada lo hace—, pero moviliza algo más eficaz: la idea de una comunidad global que se reconoce en lo que siente. En este marco, el arte ya no funciona como mera producción simbólica, sino como una tecnología de consenso blando, el espacio donde es posible coincidir sin necesidad de votar.
“Paso demasiado tiempo en mi propia cabeza”, le dijo Aldous Harding a Jude Rogers en una entrevista para The Guardian en 2019. Ciertamente, la música de esta cantautora evoca esa suerte de estado mental, porque casi siempre suena como si estuviera intentando contarnos las conversaciones que mantiene consigo misma mientras el mundo gira y ella gira alrededor del mundo. Su quinto álbum, Train on the Island, también es así y, al igual que sus predecesores, se divide entre las canciones arregladas de manera más corriente y otras mantenidas por los sonidos justos. Pero incluso cuando Harding suena más tradicional, o cercana, o como lo queramos llamar, continúa sumergida en una dimensión que solamente ella conoce. Imbuida por los paisajes de su Nueva Zelanda natal, de Harding se ha dicho que es una “fantasmagórica cantautora de folk gótico rural”. La acumulación retórica no le quita razón a la frase.
